Paulo III (13 octubre 1534 - 10 noviembre 1549)
Personalidad y carrera eclesiástica. Pocos datos exactos se conocen sobre el nacimiento y primeros años de Alejandro Farnese. Nació a finales de febrero de 1468 problamente en Canino (Viterbo) de una familia noble romana. Recibió una buena formación humanista y pronto comenzó a recibir prebendas y beneficios. Inocencio VIII le nombró protonotario apostólico; Alejandro VI le creó cardenal del título de San Cosme y Damián (20 septiembre 1493), le concedió el obispado de Corneto y Montefiascone, y le designó tesorero de la Cámara apostólica y legado en Viterbo para que se entrevistase con Carlos VIII de Francia; Julio II le otorgó el rico obispado de Parma en 1509; León X y Clemente VII le colmaron de beneficios y fue legado ante el emperador Carlos V. Alejandro Farnese llevó una vida fastuosa y tuvo varios hijos ilegítimos: Pierluigi, futuro duque de Parma, y Paolo, fueron legitimados por Julio II, mientras que Constanza y Ranuccio lo fueron por León X en 1518. Después de recibir las órdenes sagradas, morigeró sus costumbres y concentró todas las energías en el ejercicio de la diplomacia, en la que demostró ser un gran maestro a la hora de tratar con los imperiales, evitando a León X cometer muchos errores. A la muerte de Adriano VI (1523) fue uno de los papables, y la elección de Clemente VII supuso para él una importante pérdida de influencia, porque el nuevo pontífice no siguió sus consejos y se embarcó en una política de enfrentamientos que terminó con la catástrofe del sacco di Roma (1527). No obstante, consiguió mantener su popularidad en la curia y, a la muerte de Clemente VII, en un cónclave que sólo duró dos días, fue elegido papa por unanimidad el 13 de octubre de 1534, y tomó el nombre de Paulo III.
Aunque Paulo III fue todavía un hombre del Renacimiento y no se le puede considerar como el primer papa de la reforma católica, ciertamente hay que verlo como su precursor. Todos los retratos del papa irradian una rara prudencia. Y, efectivamente, en todas sus actuaciones puso de manifiesto una cuidadosa reflexión, recabando no pocas veces el parecer de varones experimentados. El excesivo favoritismo a su familia es ciertamente una gran sombra en la figura del papa Farnese. A su hijo Pierluigi le nombró confaloniero de la Iglesia en 1537 y después, en 1545, duque de Parma y Piacenza. A sus nietos, sobre todo a los hijos de Pierluigi, también les favoreció descaradamente: Alejandro fue el claro favorito del papa, obteniendo obispados, abadías, prioratos y el cargo de vicecanciller. A Octavio, que casó en 1538 con Margarita de Austria, hija bastarda de Carlos V y viuda de Alejandro de Médicis, le entregó el pequeño ducado de Camerino, que después cambió por el de Castro. Y a Orazio le entregó la prefectura de Roma.
La reforma católica y el Concilio de Trento. Paulo III fomentó la reforma mediante el nombramiento de una serie de cardenales con un profundo sentido eclesial, la constitución de una comisión para la reforma y, sobre todo, con la convocatoria del Concilio de Trento y el apoyo a las congregaciones religiosas de fundación reciente.
Es verdad que en la promoción de nuevos cardenales comenzó nombrando a dos nietos suyos: Alejandro Farnese, hijo de Pierluigi, y Guido Ascanio Sforza, hijo de Constanza; pero también incorporó al sacro colegio a hombres con grandes valores espirituales, como san Juan Fisher (1469-1535), condenado a muerte un año después por Enrique VIII de Inglaterra; Contarini, ex embajador de Venecia en Roma y amigo de Victoria Colonna; Caraffa, futuro Paulo IV; Sadoleto, gran defensor de la reforma católica; Pole, nieto de Eduardo TV de Inglaterra; Cervini, futuro Marcelo II; Cortese, reformador de los benedictinos; Morone, defensor de la corriente espiritualista, etc. Todos eran personas destacadas, a las que preocupaba de un modo muy particular la renovación de la Iglesia, y no es exagerado decir que, mediante tales nombramientos, se reformó el colegio cardenalicio.
El año 1536 Paulo III instituyó una comisión de cuatro cardenales (Contarini, Caraffa, Sadoleto y Pole) y cinco prelados para que hicieran un informe sobre los capítulos que había que reformar en la disciplina de la Iglesia. Los comisionados redactaron el informe y lo entregaron al papa, que aprovechó algunas sugerencias para expedir varias bulas de carácter reformista, y guardó el dictamen de la comisión para presentarlo al concilio. En él se analizaban los abusos de la curia romana y trazaba el programa de trabajo para el cometido reformista del concilio.
Otra medida de Paulo III fue la reorganización de la Inquisición en 1542. Una congregación romana de seis cardenales, que más tarde se llamó Sanctum Officium, tenía la misión de auxiliar al papa en las cuestiones dogmáticas, actuar como tribunal supremo en materias de fe y velar por la pureza de la doctrina en toda la Iglesia, procediendo contra los sospechosos de herejía. Su presidente fue el severísimo cardenal Caraffa, el futuro Paulo IV, que pronto nombró delegados en los distintos territorios italianos.
El mayor mérito de Paulo III en relación con la renovación católica fue la convocatoria del Concilio de Trento (H. Jedin, Historia del Concilio de Trento, I, Pamplona, 1972). Ya en 1536 había convocado un concilio en Mantua, al año siguiente en Vicenza y en 1542 en Trento, pero el enfrentamiento que mantenía Francia y el Imperio hizo inviables las iniciativas pontificias. Sólo con la firma de la paz de Crespy entre Francisco I y Carlos V el año 1544 pudo convocarse el concilio en la ciudad de Trento, donde se celebró la solemne apertura el día 13 de diciembre de 1545. La elección de la ciudad de Trento se debió a su posición geográfica y a su estatuto jurídico. Su carácter predominantemente italiano la hacía bienquista a la curia romana, mientras que su pertenencia política al Imperio la hacía atractiva a los alemanes. Después de vencer múltiples dificultades, en la sesión sexta se definió la doctrina de la justificación, que sin duda es el decreto más importante de la primera etapa del concilio.
Como el papa quería librar al concilio de la influencia imperial, el inicio de una epidemia en Trento le ofreció el pretexto para trasladarlo a Bolonia en la primavera de 1547. El emperador, que acababa de lograr la victoria de Mühlberg (1547) sobre la liga protestante de Esmalcalda, se sintió molesto por tan repentino traslado y, mediante el denominado Interim de Augsburgo (1548), quiso regular interinamente la situación religiosa en Alemania, haciendo algunas concesiones a los protestantes, a la espera de lo que decretara el concilio. Ante esta situación, el papa dispuso la suspensión del concilio el 13 de septiembre de 1549.
El papa alentó las órdenes y congregaciones religiosas de fundación reciente, como los teatinos, capuchinos, barnabitas, somascos y ursulinas. El 26 de septiembre de 1540, por la bula Regimini militantis Ecclesiae, Paulo III aprobó la Compañía de Jesús, que se convirtió en la punta de lanza de la reforma católica.
El conflicto entre Francia y el Imperio favoreció la expansión de los turcos, que en junio de 1536 invadieron la Puglia y se apoderaron de la isla de Corfú que pertenecía a Venecia. El 18 de junio de 1538, Paulo III consiguió que Carlos V y Francisco I firmasen en Niza una tregua de diez años y se comprometiesen a organizar una expedición contra Enrique VIII, que había sido excomulgado años antes. Sin embargo, poco después, al conceder Carlos V la investidura del ducado de Milán a su hijo Felipe, se reanudó la guerra y los turcos aprovecharon la situación para apoderarse de Buda y de la región del alto Danubio.
Paulo III, al que Copérnico había dedicado en 1543 su obra revolucionaria Sobre los cursos de los cuerpos celestes, contrajo también grandes méritos en el campo del arte. Encomendó a Miguel Ángel que diera un nuevo aspecto al Capitolio; en la capilla Sixtina pintó el Juicio Final, terminado en 1541, y después los frescos de la capilla Paolina. Finalmente, en 1547 le confió la dirección de las obras de la basílica de San Pedro. Vasari (1511-1571) exaltó el pontificado de Paulo III en los frescos que pintó en la Sala dei cento giorni del palacio de la Cancillería, y Guillermo della Porta le erigió en la basílica de San Pedro uno de los sepulcros más hermosos. Cuando Paulo III murió el 10 de noviembre de 1549 estaba fuera de toda duda que con su pontificado, pese a todas las sombras, se había iniciado una nueva era.
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