Nicolás I, san (24 abril 858 - 13 noviembre 867)
Un gran papa. Nacido en Roma hacia el año 820, Nicolás era hijo de un alto oficial de nombre Teodoro, y durante los tres últimos pontificados había ocupado una posición sumamente influyente. Fue elegido después de que el cardenal Adriano rechazara por segunda vez el nombramiento, y con la aprobación de Luis II que se había apresurado a acudir a Roma al conocer la muerte de Benedicto. Hombre de formidable energía, una de sus primeras y sorprendentes decisiones consistió en llamar a la corte a Anastasio que, durante muy corto tiempo, jugara el papel de antipapa. Es cierto que, como destaca E. Perels (Papst Nikolaus I und Anasthasius Bibliotekarius, Berlín, 1920), se trataba de un hombre de cualidades extraordinarias, conocedor del griego, precisamente por su estrecha relación con la colonia helénica existente en Roma en aquellos tiempos. Consejero de Nicolás, especialmente para cuestiones bizantinas, el apellido con que se le conoce responde al oficio que se le confió mucho más larde por Adriano II.
Nicolás completaba su energía con una gran altura moral: defensor de la dignidad humana, negaba que pudiera aplicarse la tortura, ni siquiera a ladrones o bandidos manifiestos; coincidía con las Falsas Decretales en la concepción de una estructura jerárquica para la Iglesia; y, en su correspondencia con los reyes, trataba de hacerles distinguir entre la legitimidad de origen que corresponde al nacimiento y la de ejercicio que se identifica con la justicia. Sentía verdadera obsesión por esa justicia, enfrentándose con cuantos se oponían a ella o a los principios de la moral, sin preocuparse por las consecuencias.
Nicolás I es uno de los grandes papas en la historia de la Iglesia. Vicario de Cristo, representante de Dios en la tierra, tenía el convencimiento de que le asistía autoridad completa sobre toda la Iglesia, siendo los patriarcas y metropolitanos engranajes para la comunicación con los obispos, y los sínodos instrumentos para la corrección de cualquier deficiencia o desviación en materia de fe o de costumbres. Negaba a los poderes laicos derechos a intervenir en cuestiones religiosas; pero él se sentía llamado a ejercer la vigilancia sobre la moralidad del emperador, los reyes y sus mandatarios. El 861 excomulgó al arzobispo de Rávena, Juan, porque oprimía a los sufragáneos y se adueñaba del patrimonio que pertenecía al pontífice. El prelado huyó a Pavía buscando la protección de Luis II, y éste le aconsejó que se sometiera. Juzgado en Roma por un sínodo, alcanzó la absolución después de jurar que iría a Roma cada dos años y no ordenaría a ningún obispo sufragáneo sin la autorización pontificia.
Conflicto con los carlovingios. Hincmaro, mencionado con anterioridad, era un sabio y eminente obispo de Reims que, en su calidad de metropolitano, aspiraba a ejercer un dominio completo sobre las demás sedes de Francia. La deposición de su antecesor, Ebbo, había sido debida a motivos estrictamente políticos, relacionados con las luchas entre los hijos de Luis el Piadoso (sínodo de Thionville, 835); restaurado el 840 por influencia del emperador Lotario y vuelto a deponer el 843, había tomado una serie de decisiones en el tiempo en que ocupó la sede; entre ellas, ordenaciones presbiterales. Fueron todos estos actos los que el mencionado sínodo de Soissons (853) declaró nulos. Para Hincmaro este sínodo, cuyas actas confirmara Benedicto III sub conditione, era la piedra de toque de su legitimidad. Ahora uno de aquellos presbíteros ordenados por Ebbo, Wulfado, consejero de Carlos el Calvo, a quien éste quería promover obispo de Bourges, apeló al papa. Nicolás I explicó a Hincmaro cuál era la alternativa: o restituía por su propia autoridad a los presbíteros ordenados por Ebbo, o consentía que éstos apelaran al papa (primavera del 860). Un sínodo, de nuevo en Soissons (agosto del 860), rechazó la idea de un nuevo proceso y recomendó que el papa concediera por sí mismo la gracia. Ambas partes buscaban apoyo argumental en las Falsas Decretales.
Sin esperar a una decisión definitiva, Wulfado fue obispo. A esta cuestión se mezcló, sobre la marcha, otra. Hincmaro excomulgó al obispo Rotado de Soissons, por desobediencia, encerrándole en un monasterio (861-862). En ambos casos Nicolás hizo valer la autoridad suprema que como a primado le correspondía: ordenó llevar las causas a Roma. El 24 de diciembre del 864 fueron devueltas a Rotado las insignias episcopales; dos años después se declaraba legítimos a todos los sacerdotes ordenados por Ebbo. En el sínodo de Troyes (25 de octubre del 867) los obispos aplaudieron esta decisión, dando por liquidado el episodio —era una victoria que obtenían sobre sus metropolitanos— y solicitaron del papa que, a falta de la legislación pertinente, él fijara mediante decretos los poderes y facultades que correspondían a los arzobispos. Por primera vez, durante esta contienda se hizo desde Roma referencia expresa a las Falsas Decretales: se ha supuesto que fueron llevadas a Roma por Rotado, desde Soissons, en apoyo de su causa.
Uno de los cometidos que desde la Sede Apostólica se reclamaba era la vigilancia del orden moral, que abarcaba también a los reyes en cuanto miembros de la Iglesia. Lotario II había contraído matrimonio con Teutberga por razones políticas relacionadas con la Alta Saboya; de ella no tuvo descendencia, pero de su amante Waldrada habían nacido dos hijos, Hugo y Gisela. Deshacer el primer matrimonio para legitimar a estos hijos era importante para la pervivencia del conjunto de dominios que iban de los Alpes al mar del Norte y que estaban siendo llamados con el nombre de Lotaringia. Teutberga fue acusada de haber cometido incesto con su hermano Huberto antes de la boda. Ella acudió a un juicio de Dios en que, sin que ningún Lohengrin tuviera que aparecer, probó su inocencia (858). Pero más tarde, y sometida a malos tratos, confesó su culpa: los arzobispos Gunther de Colonia y Tietgaudo de Tréveris admitieron esta confesión (860), y el año 862 un sínodo admitió el segundo matrimonio del rey. Teutberga consiguió huir refugiándose en la corte de Carlos el Calvo —personalmente interesado en que no hubiera descendencia legítima de su sobrino^— y apeló a Roma. Un largo escrito de Hincmaro de Reims acompañaba esta apelación: la reina era inocente y, de todas formas, su culpabilidad no permitía un segundo matrimonio.
El año 862 Nicolás I despachó dos legados, los obispos Rodoaldo de Porto y Juan de Cervia, con el encargo de presidir un sínodo en Metz: en él debían debatirse dos asuntos: el del matrimonio de Teutberga y el de Godescalco, un teólogo condenado por defender la predestinación, cuya causa había sido elevada a Roma. La muerte de Carlos de Provenza retrasó la prevista reunión del concilio: sus hermanos se repartieron la herencia, asunto nada fácil. Así que las sesiones no pudieron comenzar hasta el mes de junio del 863. La sentencia contra Godescalco, por herejía, fue confirmada; el acusado murió poco tiempo después. Pero en cuanto al otro caso, los legados aceptaron la opinión del sínodo respecto a la nulidad del matrimonio de Teutberga y la autorización a Lotario II para contraer nuevas nupcias. Gunther de Colonia y Tietgaudo de Tréveris fueron los encargados de llevar a Roma las actas sinodales. Con plena serenidad, Nicolás reunió en Letrán una asamblea de clérigos y obispos, haciendo comparecer ante ella a los dos embajadores del sínodo: entonces las actas del sínodo quedaron anuladas y los dos obispos depuestos. Gunther y Tietgaudo acudieron a Luis II en busca de amparo, pero él se limitó a recomendarles que se sometiesen al papa.
También Lorario II se sometió: recibió a Teutberga como su esposa y puso a Waldrada en poder de los legados pontificios. Durante el viaje, sin embargo,, la dama huyó, volviendo a reunirse con su amante. Fue una gran oportunidad que aprovecharon Carlos el Calvo y Luis el Germánico: reunidos en Metz (mayo del 867) acordaron que, ante la perspectiva de la falta de sucesión, se repartirían los dominios de Lotario II cuando se produjera su muerte, sin tener en cuenta a Luis II. Ante esta perspectiva, Lotario anunció su propósito de peregrinar a Roma, donde la influencia de su hermano era muy grande, con la esperanza de alcanzar alguna especie de reconciliación en el papa. La muerte de Nicolás I frustró este propósito, pero es indudable que el papa, en la cuestión del matrimonio, no hacía concesiones: el sacramento es intangible.
Toda la política en relación con Bizancio se encuentra dentro de las mismas coordenadas: la Sede Apostólica es primera y suprema autoridad, aunque estaba dispuesta a reconocer a Constantinopla el segundo puesto. Las relaciones con el patriarca Ignacio (797-877), hijo de Miguel I Rangabé (811-813) y consejero de la emperatriz regente Teodosia, eran buenas. Dos facciones se le oponían: una clerical, dirigida por Gregorio Asbesta, un metropolitano de Siracusa, refugiado en Bizancio tras la invasión de Sicilia por los musulmanes, y la otra palatina, dirigida por Bardas, tío del emperador, a quien Ignacio negaba la comunión porque vivía en relación incestuosa con su nuera, Eudoxia. Cuando Miguel III (842-867) alcanzó la mayoría de edad, ambos partidos se pusieron de acuerdo para enviar a Teodosia a un monasterio y deponer a Ignacio, que fue acusado de alta traición. Para sustituirle escogieron a un laico, Focio (820? - 895), maestro brillante, famoso y de buena familia, a quien Asbesta inmediatamente confirió las órdenes. Focio envió a Nicolás I sus cartas sinodales, redactadas en forma muy correcta, en las cuales se daba a entender que Ignacio había renunciado a su cargo para poder recluirse en un monasterio. El papa respondió por medio de dos legados con instrucciones para enterarse de lo sucedido. Ellos se dejaron ganar por los honores tributados —resultaba especialmente significativa la aclamación al primado de Roma— y presidieron el sínodo (abril del 861) en que se confirmó a Focio. Una vez más, aunque inútilmente, los romanos reclamaron la jurisdicción del Iliricum.
En el intervalo, Nicolás I había recibido noticias de partidarios de Ignacio que le daban una versión distinta y más correcta del proceso. Al mismo tiempo tenía informaciones acerca de la penetración misional que, al margen de la autoridad pontificia, se estaba produciendo en Bulgaria y Moravia. Un sínodo celebrado en Letrán en agosto del 863 anuló las actuaciones de los legados en Constantinopla, reconoció a Ignacio como legítimo patriarca y rechazó a Focio no por ser laico, sino por haber ocupado una sede que no estaba vacante. Bardas se encolerizó, amenazando al papa con la ruptura de relaciones. El jefe de los búlgaros, que acabaría titulándose tsar (cesar) y había sido bautizado por sacerdotes griegos que le enviaron Focio y Miguel, mudando su nombre de Boris por el del propio emperador (864), aspiraba a conseguir para la Iglesia de su reino alguna clase de autocefalia, reclamando una sede metropolitana, cosa que ni Focio ni Miguel estaban dispuestos a conceder. Entonces Boris se dirigió a Nicolás I, que envió dos legados para que respondiesen a las cuestiones pastorales y litúrgicas planteadas por el rey, al que explicaron el propósito romano de que, como en otras partes, hubiera también en su reino una sede metropolitana. Boris quiso que uno de estos legados, Formoso, fuera nombrado para dicha sede. Nicolás rechazó la demanda, alegando uno de los cánones vigentes que prohibía a quien ya era obispo posesionarse de otra sede. De cualquier modo, Bulgaria entraba en la obediencia de Roma.
La misión eslava. En una obra ya clásica y fundamental, F. Dvornik (Les légendes de Constantin et de Methode, vues de Byzance, Praga, 1933) ha conseguido desenmarañar estas difíciles cuestiones. Por el tiempo en que Boris (852-889) contactaba con Roma, un príncipe eslavo, Rostislav de Moravia, se había dirigido a Bizancio solicitando misioneros que instruyeran a su pueblo en la fe.
Fueron designados dos hermanos, Cirilo y Metodio, oriundos de Tesalónica, pero que hablaban el eslavo y que en el 860 realizaron con gran éxito una misión cerca de los khazaros de Crimea. Fue durante este viaje cuando Cirilo encontró una traducción de los Evangelios al ruso, que le sirvió de base para emprender su propia versión de la Biblia. Para expresar los sonidos de las lenguas eslavas tuvo necesidad de adaptar los signos gráficos del alfabeto griego: así nació la escritura que aún se llama cirílica. El año 867 Nicolás I llamó a ambos hermanos a Roma, para que rindiesen cuenta de su trabajo y recibir nuevas instrucciones, y ellos obedecieron. Nicolás no pudo conocerles personalmente, ya que talleció antes de que llegaran a la Ciudad Eterna.
En ambos casos se trataba de una victoria romana: los eslavos se preparaban para entrar en el cristianismo a través de la obediencia a la Sede Apostólica. Las relaciones entre Roma y Bizancio se endurecieron. Sin embargo, Nicolás I no quería una ruptura: el 28 de septiembre del 865 escribió nuevamente a Miguel III y a Focio, proponiendo negociaciones en torno a los acuerdos tomados en el sínodo laterano del 863. Fue Focio quien optó por la guerra. Encontró que en las respuestas llevadas por Formoso a los búlgaros había un grave desprecio hacia las costumbres litúrgicas orientales y lanzó graves acusaciones en una carta en que denunciaba a la Iglesia de Occidente por desviaciones en la conducta, imposición del celibato a los clérigos e introducir en la doctrina la doble procedencia del Espíritu Santo (cuestión del Filioque). Subyacía en todo este asunto la preocupación política por la presencia latina en Bulgaria y Moravia. En el verano del 867, un concilio presidido por Focio en Constantinopla declaró depuesto y excomulgado a Nicolás I, bajo acusación de herejía. El emperador llegó a proponer a Luis II, que había buscado la estrecha alianza con Bizancio para defenderse de los musulmanes, que tomara la iniciativa de expulsar a Nicolás de Roma. El papa se dirigió a Hincmaro de Reims, buscando una especie de movilización en su favor de los obispos occidentales. Fue entonces, en el calor de la discordia, cuando se escribieron dos primeros libros en que se abordaban los supuestos errores doctrinales de los griegos: la carta de Odón de Beauvais y el tratado Adversas graecos de Eneas de París.
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