Lucio III (1 septiembre 1181 - 25 noviembre 1185)
Elección. Ubaldo Alluncingoli, nacido en Lucca hacia el 1110, ingresado en la orden del Cister bajo el patrocinio de san Bernardo y cardenal obispo de Ostia y de Velletri, había sido el negociador de dos documentos esenciales, el tratado de Benevento y la paz de Venecia. Gozaba de la confianza de Federico Barbarroja, que le había propuesto como uno de sus interlocutores para aclarar las secuelas del acuerdo. El 21 de noviembre de 1184 hará un importante regalo a su orden: la absoluta inmunidad respecto a los poderes episcopales. Como no estaba seguro de la fidelidad de los romanos ni de su Senado de veinticinco miembros, descontentos porque ni se habían tenido con ellos las acostumbradas larguezas ni se les había dejado vengarse de Tusculum, no se hizo consagrar en San Pedro sino en Velletri (5 de septiembre de 1181); hasta el mes de noviembre no hizo su entrada en Roma, donde fue recibido con evidente frialdad. Aquí permaneció cinco meses. No tenía otra garantía de conservar la sumisión de sus habitantes que las tropas del obispo Christian de Maguncia; pero la muerte de éste, a causa de las acostumbradas fiebres, en septiembre de 1183, le dejó prácticamente sin cobertura.
Lucio III era un anciano sediento de paz. Desde el 22 de julio de 1184 se instaló en Verona aguardando a Federico Barbarroja, que se demoró hasta el mes de septiembre porque se hallaba negociando en Constanza una paz más amplia con las ciudades lombardas, hacia las que se mostró tan generoso que las comunas llegaron a proponerle el cambio de nombre de la ciudad de Alejandría por el de Cesárea. En octubre y noviembre los consejeros del papa y del emperador estuvieron negociando; no faltaban las disensiones, pero el ambiente, en términos generales, podía definirse como de cordialidad. La presencia del patriarca Heraclio de Jerusalén y de los maestres de las órdenes milita res, enviados por Balduino IV (1176-1185), provocó que se antepusiera a cual quier otra cuestión el angustioso trance que atravesaba el reino de los cruzados desde que Saladino consiguiera unir en una sola mano Damasco y Egipto. Se acordó la predicación de una nueva cruzada, que habría de ser la tercera; quedó entendido que en ella iría el emperador.
Albigenses. De esta cruzada y de otra, contra los herejes del mediodía francés, se había hablado ya en Letrán. Lucio publicó, el 4 de noviembre de 1184, una bula, Ad abolendum, que según H. Maisonneuve (étude sur les orí gines de l’Inquisition» París, 1960) debe considerarse como la primera raíz del procedimiento inquisitorial. Era indudable que a los obispos incumbía el deber y el derecho de juzgar a los herejes en sus respectivas diócesis. Pero, de mu mentó, en las conversaciones de Verona no se trataron con detalle los métodos a emplear en la extirpación de la herejía: era un problema demasiado complejo y se acordó confiarlo a otro concilio que habría de reunirse en Lyon próximámente. Tampoco en el pleito suscitado por la provisión de la sede de Treveris quiso el papa complacer al emperador. Se dispuso que los dos candidatos acudiesen a Roma para seguir el proceso regular en tales casos. Cuando Fede rico le pidió que coronase emperador a su joven hijo, Enrique, también se negó: dos emperadores simultáneos parecían cosa poco conveniente.
El 29 de octubre de 1184, en un golpe genial del emperador, fruto de largas negociaciones, se concertaron los desposorios de este joven príncipe con Constanza, hija de Guillermo, y llamada a ser la heredera de Sicilia. Parece que el papa aceptaba este matrimonio, que evitaba nuevos enfrentamientos y, sobre todo, proporcionaba con Sicilia la base para la cruzada, pero los cardenales le advirtieron del peligro que significaba el hecho de que ahora el Patrimonium Petri se encontrara como entre los dos brazos de una tenaza. Lucio III identificaba el éxito de la próxima cruzada con la presencia en ella del emperador. Sin embargo, sus relaciones con éste habían vuelto a hacerse difíciles en el momento de la muerte del papa.
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