Juan X (marzo 914 - mayo 928)
Victoria en el Garellano. De pronto surgió una gran figura, Juan de Tossignano (Romana). Era arzobispo de Rávena en el momento de su elección, lo que le colocaba en estrecha y útiles relaciones de amistad con Berenguer de Friul, rey de Italia. Los clérigos que heredaban la antigua posición de los formosianos, protestaron: si su jefe había sido condenado por cambiar un obispado sufragáneo por el de Roma, más grave era el caso de un metropolitano. Liutprando de Cremona, venenosa pluma, dice que Teodora, «la mayor», promovió su elección porque años atrás Juan había sido su amante, pero esto parece falso. La senadora moriría poco tiempo después. Puede en cambio atribuirse esta designación a otra circunstancia: el gravísimo peligro que significaban los musulmanes; completada la conquista de Sicilia, lanzaban fuertes ataques sobre Italia meridional y central. De modo que Roma necesitaba de un hombre enérgico que pudiera reunir tantos poderes dispersos y, desde luego, Juan podía ser ese hombre.
Inmediatamente el papa organizó la alianza triple con Adalberto de Toscana, Alberico de Spoleto, el marido de Marozia, y Landulfo de Capua, que aportó el poderoso auxilio de una flota bizantina. Tras un cerco de tres meses, la gran fuerza reunida se apoderó de la fortaleza del Garellano y arrojó a los musulmanes de Italia (agosto 915). Hay cierto paralelismo con la pacificación de Normandía y con la victoria leonesa en Simancas, que revelan que la cristiandad europea estaba en condiciones de superar las invasiones. Muy pocos años más tarde los monarcas alemanes lograban derrotar a los magyares. Se vislumbraba ya el final de los tiempos difíciles. Juan X decidió entonces volver a la situación de Luis II o de Lamberto de Spoleto, coronando emperador a Berenguer de Friul (diciembre del 915). Pero había un error de apreciación: el verdadero héroe de la batalla del Garellano había sido Alberico de Spoleto; él y su esposa se aprestaban a ejercer el poder que ya tuvieran sus padres.
Restablecimiento del primado. Durante ocho años Juan X pudo desplegar las funciones que como primado le correspondían, ateniéndose al contenido de las Falsas Decretales. Intervino directamente para zanjar conflictos en las sedes de Narbona y de Lovaina. En septiembre del 916 sus legados presidieron el Concilio de Hohcnallheim, apoyando la posición de Conrado I (911-918). Envió precisas instrucciones a las sedes de Rouen y de Reims acerca de las medidas a adoptar para asegurar el cristianismo entre los normandos. Restableció la unidad con la Iglesia oriental mediante una fórmula ambigua y acertada: el matrimonio de León VI era legítimo pero «excepcional», dejando a salvo la costumbre de aquélla que limitaba a tres el número posible de veces para recibir el sacramento.
Dos decisiones sumamente importantes señalan también este pontificado. El año 929 otorgó a la abadía de Cluny, fundada en el 909 y en trance de convertirse en una gran congregación de monasterios, la exención de la autoridad del obispo correspondiente, pasando a depender tan sólo del papa. Aceptó también la norma que vendría a llamarse «investidura», es decir, que los reyes o príncipes soberanos diesen posesión a" los obispos electos de sus respectivas sedes, sin cuya condición no podrían ser consagrados. Se invocaba así la colaboración de los poderes temporales en apoyo de la disciplina. Las cosas cambiaron más adelante, pero en aquellos momentos la investidura se presentaba bajo un aspecto positivo. La reorganización de la schola cantonan de Letrán revela la importancia que concedía a la educación de los futuros clérigos.
El asesinato. Marozia tenía que contemplar con preocupación este crecimiento de poder que amenazaba el suyo propio. Es evidente que Juan X estaba maniobrando para independizarse de la tutela de la aristocracia romana. Para ello utilizaba a su hermano Pedro, un laico a quien confiaba oficios cada vez más elevados dentro de la administración romana: llegó a nombrarle cónsul, esto es, magistrado supremo. El 12 de marzo del 924 Berenguer de Friul fue asesinado y la nobleza franco-lombarda llamó entonces a un hijo de Lotario II y de Waldrada, Hugo, y le coronó rey de Pavía (926-947). El papa perdía uno de sus puntos de apoyo. Para remediarlo, Juan X llegó a un acuerdo con Hugo: debía acudir a Roma para ser coronado emperador. Marozia se adelantó. Acababa de enviudar y contrajo de inmediato segundo matrimonio con el hijo de Adalberto, Guido, marqués de Toscana. En sus manos estaban los dominios del padre, del primer esposo y del nuevo marido: era, desde Roma, la más poderosa de las nobles de Italia. Se organizó contra el cónsul Pedro la acusación de que había llamado a los magyares en su auxilio; fue asesinado en LeIrán y en presencia del papa a finales del 927. Y en mayo del 928 Juan X fue depuesto, encerrado en Sant’Angelo, y probablemente asesinado pocos meses más tarde.
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