Juan VIII (14 diciembre 872 - 16 diciembre 882)
La persona. Romano, hijo de Gundo, había servido como archidiácono a las órdenes de Nicolás I, demostrando energía, capacidad de gobierno e inteligencia. En línea con dicho papa, marca sin embargo el tránsito desde un tiempo de crecimiento, afectado ya por las concesiones de Adriano II, a otro de oscuridad. Su biografía no aparece en el Líber Pontificalis. Tendría que enfrentarse a tres grandes problemas: el de la expansión y refuerzo de una Iglesia que seguía ampliando sus horizontes; el de la lucha contra los sarracenos en el exterior y contra la nobleza en el interior; y el de la conservación de la unidad, tan afectada por las crecientes diferencias entre Oriente y Occidente.
Con energía consiguió la liberación de Metodio, defendiéndole de los obispos bávaros, y le llamó a Roma el 879 para reiterarle su plena confianza. Hasta su muerte el 884, este gran misionero —el año 882 haría incluso un viaje a Constantinopla para deshacer malos entendidos— trabajaría para que las nuevas Iglesias de Moravia, Eslavonia y Czechia, permaneciesen firmemente unidas a Roma. En Francia, Juan VIII, con el apoyo de Carlos el Calvo, restauró la calidad de vicario en el obispo de Sens, no dudando en enfrentarse con el poderoso Hincmaro. Y en el otro extremo de la cristiandad, aunque tengamos que considerar apócrifa la carta que se le atribuye, hay que registrar los primeros esbozos de relación con Alfonso III de Asturias y León, que se preparaba a restaurar la monarquía visigoda sobre algo menos de la tercera parte de la península: la autorización de consagrar Compostela y la elevación de Oviedo a metropolitana, pueden ser invenciones posteriores, pero no deja de ser verdad el hecho de que Roma comenzara a contar con los reinos españoles.
Los sarracenos. La amenaza de los sarracenos seguía pesando. La presencia de Luis II —un emperador al lado del papa— demostraba su eficacia, tanto en esta lucha contra el poderoso enemigo como en el sosiego de la aristocracia que se iba haciendo más poderosa. Juan VIII no tuvo inconveniente en tomar él mismo el mando de su pequeña flota y de las milicias romanas; ordenó rodear de muros defensivos la basílica de San Pablo y buscó la unión de los pequeños principados del sur de Italia. Había algo de precario en la situación: carente de hijos, se abrió una crisis sucesoria en el momento de su muerte el año 875. Por otra parte, los principados que se desgajaran del poder bizantino, como Amalfi, Salerno, Gaeta y Nápoles, que colaboraron con Luis, no parecían dispuestos a hacerlo con autoridades de menor rango. Desde años atrás se venía negociando reconocer como emperador a Carlos el Calvo. Juan convocó al clero y al pueblo en Roma, e hizo que le aclamasen, invitándole a viajar hasta allí para ser coronado. Este gesto entrañaba un malentendido: para Carlos el título imperial significaba que se le reconocía como cabeza de la dinastía, quedando sometidos a él todos los carlovingios, mientras que el papa necesitaba de un emperador que, de hecho, residiera en Italia y fuera coordinador de todas las fuerzas para su defensa.
Carlos viajó a Italia, después de haber otorgado a sus nobles el reconocimiento de la herencia en los feudos (una norma que tendría graves consecuencias para la Iglesia) y fue coronado el día de Navidad del 875. Tomó decisiones muy distintas de las que se esperaban: dejó a su suegro Boso en Pavía para que rigiese el reino lombardo y encomendó a los duques de Spoleto (Lamberto) y de Camerino (Guido, hermano del anterior) que ejerciesen la protección del papa. Compensó a este último mediante la ampliación teórica de los Estados Pontificios a Spoleto, Benevento, Nápoles y toda Calabria. En adelante no sería necesaria la presencia de los missi imperiales para proceder a la elección. Era una solución poco adecuada. Nápoles se volvió contra el papa. Lamberto de Spoleto (880-898) acaudilló una revuelta romana, en la que estaba mezclado Formoso, obispo de Porto y antiguo legado en Bulgaria, tratando de cambiar la protección en dominio. Por su parte, Boso raptó a Irmgarda, la última descendiente de Lotario, se casó con ella y reivindicó la herencia de los derechos correspondientes a aquel emperador. Carlos el Calvo tuvo que deshacer todo lo hecho otorgando a Juan VIII poderes para gobernar directamente todo el sur de Italia (sínodo de Ponthieu, 876) y destituyendo a Boso. La muerte de Luis el Germánico, acaecida ese mismo año (tres hijos, Luis en Franconia (876-882), Carlos en Suabia (876-887) y Carlomán en Baviera (876-880) se repartieron el reino), complicó todavía más las cosas. Carlos el Calvo soñaba incluso con restaurar la unidad del Imperio, pero fue derrotado.
Crisis final. Y, mientras tanto, Juan VIII, que había tenido que abandonar Roma ante las presiones de los spoletanos, celebraba en Rávena un sínodo que le revelaba el apoyo con que podía contar entre los obispos de Italia. Era imprescindible que un emperador reapareciera en Italia; sin él, la península se rompería en pedazos. Carlos el Calvo y el papa se reunieron en Vercelli y fueron juntos a Pavía. En ese momento Carlomán de Baviera cruzaba los Alpes entrando en Italia, sin que se conozcan bien sus intenciones. La muerte del Calvo inspiró a Juan VIII un recurso supremo: coronar a Carlomán emperador. Para eso era necesario que el papa volviese a Roma en donde prácticamente se convirtió en un prisionero de Lamberto de Spoleto y de Adalberto de Toscana (847-890), los máximos exponentes de la nobleza del Patrimonium Petri que, a pesar de su nombre, era ya un reino con todos sus defectos y problemas. Aquella nobleza, mezcla de sangre lombarda, franca y romana, entendía que a ella debía corresponder, como en los demás reinos, el ejercicio de un poder fuertemente feudalizado. El papa consiguió huir en abril del 878, refugiándose en Genova. Carlomán moriría el año 880 sin haberle podido prestar ninguna ayuda.
La confusión reinante y la estricta necesidad de disponer de un soberano temporal capaz de restablecer el orden, explican que el papa recurriera a la desesperada a candidatos como Luis el Tartamudo (877-879), de Francia, al propio Boso, que prefirió encastillarse como rey en Borgoña, y finalmente a Carlos el Gordo, un inútil que fue coronado emperador en febrero del 881. Demasiado tarde. Los sarracenos acampaban en el Careliano y la indisciplina se había adueñado de Roma.
Unidad con Oriente. F. Dvornik (The Phocian Schism, Cambridge, 1948) ha conseguido aclarar la muy complicada política oriental de Juan VIII, un esfuerzo desesperado para evitar la ruptura entre las dos Iglesias. Apenas consagrado, el papa envió dos legados, Pablo y Eugenio, a Constantinopla, con carlas en que de nuevo se reivindicaba la sumisión de la Iglesia búlgara, pero en que se abogaba abiertamente por el acercamiento de posiciones entre ambas partes. Encontraron una situación cambiada: san Ignacio había muerto y de nuevo era Focio el patriarca. Es cierto que se trataba de un Focio que había renunciado a la cólera de antaño y buscaba también el reconocimiento. El emperador escribió a Juan VIII proponiendo la convocatoria de un concilio en Santa Sofía, que aclarase los malentendidos, y el papa aceptó. Previamente el sínodo romano aprobó un commonitorium con las condiciones que debían exigirse: ante el concilio, Focio debía mostrar arrepentimiento por las irregularidades cometidas, reconocer el primado de Roma y renunciar a sus pretensiones sobre la Iglesia búlgara. Acudieron al concilio (noviembre del 879) más de 400 obispos. Ante este masivo apoyo los legados romanos aceptaron una suavización del commonitorium y no se habló para nada del arrepentimiento de Focio; la cuestión búlgara se convirtió en un simple ruego. Nadie aludió al conflictivo Filioque, si bien se reconoció la supremacía romana en cuestiones de doctrina. Parecía, pues, que Focio había sido restaurado en Constantinopla de acuerdo con el papa.
Los orientales supieron que habían conseguido una victoria. Los misioneros romanos se retiraron de Bulgaria. Un motivo más de resentimiento en Formoso, antiguo legado en aquel país, ahora anatematizado por el papa. Se había reconocido el primado romano, pero asegurando a las actas de Focio legitimidad. Juan VIII confirmó los acuerdos del concilio: necesitaba de la ayuda bizantina para la defensa del sur de Italia y era, además, consciente de que la Iglesia oriental, teológicamente más desarrollada que la occidental, poseía características propias que debían ser respetadas; unidad y univocidad no debían confundirse. Sin embargo Marino, que era uno de los legados, manifestó su oposición a esta política.
El 15 de diciembre del 882 murió el papa Juan. Los Anales de Fulda aseguran que hubo una nueva conspiración en su contra y que fue envenenado. Como la ponzoña no hiciera los efectos esperados, los conspiradores remataron su obra a martillazos. Es difícil establecer la absoluta corrección de esta noticia, que abre desde luego una de las etapas más tristes de la historia de la Iglesia. Desaparecido el Imperio, durante un siglo el pontificado iba a verse a merced del creciente poder de la aristocracia romana.
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