Inocencio VII (17 octubre 1404 - 6 noviembre 1406)
Nueva elección. El cónclave romano no necesitó mucho tiempo para llegar a la elección de Cosimo Gentile de Migliorati, arzobispo de Bolonia y cardenal presbítero, un hombre que iba a cumplir 70 años y cuya más importante trayectoria le situaba en el estudio del derecho. Legado en Toscana y Lombardía, había prestado grandes servicios a Bonifacio IX. Los cardenales se negaron a atender los ruegos de los embajadores de Benedicto, que proponían retrasar la elección hasta llegar a un acuerdo que permitiera la liquidación del cisma. El que pasó a llamarse Inocencio VII se había comprometido bajo juramento, antes de su elección, a poner todos los medios a su alcance para restaurar la unidad, incluyendo su propia abdicación. Presionado por el rey de Romanos, accedió a convocar un concilio que debería reunirse en Roma el 1 de noviembre de 1405, pero los embajadores de Benedicto XIII, rescatados al fin, regresaron a Marsella con el convencimiento de que nada iba a hacerse. De hecho el concilio, pospuesto dos veces, acabaría siendo olvidado.
Benedicto XIII abandonó Marsella el 2 de diciembre de 1404, dirigiéndose a Italia: con él viajaban sus dos grandes aliados, Luis II de Anjou y Martín I; suya era la flota que les transportaba. Los colectores de Francia y el soberano aragonés contribuyeron a reunir la suma de 128.000 francos de oro en que se cifraban los costes de la operación. El 21 de diciembre llegaba a Niza. Monaco envió al papa las llaves. Toda la Costa Azul se declaraba en favor suyo. El 16 de mayo de 1405 fue recibido en Genova con todo honor. San Vicente Ferrer, con su palabra y sus prodigios, contribuía a dar un ambiente popular a la expedición. Las noticias que llegaban del otro campo eran muy favorables: a causa de los disturbios acaecidos en Roma, Inocencio VII había tenido que refugiarse en Viterbo. Benedicto comunicó que estaba dispuesto a ir a esta ciudad, si se le proporcionaba un salvoconducto, para tener allí la entrevista. Pero Inocencio se negó en redondo a ambas cosas. Una gran decepción se produjo en todo Occidente cuando Benedicto regresó a Marsella el 4 de diciembre del mismo año.
Interviene Ladislao. En el fondo, Inocencio era un instrumento en manos del rey Ladislao, que temía que una reconciliación con Luis II de protagonista significara el desconocimiento de sus derechos a Nápoles: hizo jurar al papa que ninguna clase de acuerdo concluiría sin que se incluyese la confirmación de su legitimidad. Las tropas napolitanas habían aprovechado la ausencia del papa para adueñarse de Roma, incluyendo el castillo de Sant’Angelo. Aunque Inocencio llegó a fulminar la excomunión contra Ladislao por estas usurpaciones (marzo 1406), no le quedaba otro remedio que rendirse: fuera de Ladislao no tenía ningún otro punto de apoyo. Y así el 1 de septiembre de 1406 le nombraría gonfaloniero de la Santa Sede y protector de los Estados Pontificios.
Cuando Benedicto XIII envió a París al cardenal Antonio Challant para dar cuenta de sus gestiones, fue recibido con absoluta frialdad. El duque de Borgoña, que gobernaba en nombre de Carlos VI, a quien la pérdida de razón incapacitaba, se mostró declarado enemigo de don Pedro de Luna, cuya abdicación exigía sin condiciones. Una embajada de Enrique III volvió a insistir: la vía cessionis era la más conveniente. En una nueva asamblea del clero, Simón Cramaud se mostró sumamente crítico no sólo en relación con ambos papas, sino con la institución misma del pontificado, tal y como había salido de la experiencia centralizadora de Avignon. Cuando la asamblea clausuró sus sesiones, el 4 de enero de 1407, quedó flotando en el aire la idea de que había que reclamar a toda costa las «libertades de la Iglesia de Francia». Los medios prácticos para acabar con el cisma estaban pasando a un segundo plano ante esta explosión de galicanismo. En este momento llegó la noticia de que Inocencio VII había muerto en Roma el 4 de enero de 1406.
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