Gregorio XIII (13 mayo 1572 - 10 abril 1585)
Personalidad y carrera eclesiástica. Hugo Boncompagni nació en Bolonia el 1 de enero de 1502 y era hijo de Cristóbal, mercader acomodado, y de Ángela Marescalchi. Estudió derecho en la Universidad de Bolonia y a los 28 años consiguió el grado de doctor en ambos derechos. Después de enseñar en la universidad de su ciudad durante los años 1531-1539, marchó a Roma, llamado por el cardenal Parisio, y comenzó la carrera eclesiástica en la curia.
A pesar de su buena formación jurídica y de su carácter reservado, no fue inmune al espíritu y estilo de vida del Renacimiento que se respiraba en Roma, y en 1548, siendo ya clérigo, tuvo un hijo natural. Sin embargo, este hecho no parece que influyera negativamente en su carrera eclesiástica, quizás porque en los años siguientes se comportó de manera irreprensible y ejemplar. Esto explica el trato de favor que le mostró el austero Paulo IV, que en enero de 1556 le nombró miembro de la comisión encargada de la reforma de la Iglesia. Este mismo año acompañó al cardenal nepote Carlos Caraffa en su legación a Francia y a la corte de Felipe II (1556-1598), que se encontraba en Bruselas. El 20 de julio de 1558 fue nombrado obispo de Veste y, como tal, tomó parte activa en los trabajos de la última etapa del Concilio de Trento. El 12 de marzo de 1565, en reconocimiento de los servicios prestados a la Iglesia, Pío IV le confirió el capelo cardenalicio con el título de San Sixto y pocos meses después lo envió como legado a España, donde consiguió el aprecio de Felipe II. Poco después de la muerte de Pío IV (9 diciembre 1565), Pío V le puso al frente de la Secretaría de breves.
Al morir san Pío V, gracias al decidido apoyo de Felipe II, el cardenal Boncompagni fue elegido papa en un cónclave que duró menos de veinticuatro horas. La elección tuvo lugar el 13 de mayo de 1572 y tomó el nombre de Gregorio XIII en honor de san Gregorio Magno, en cuya festividad había sido creado cardenal. Como papa, Gregorio XIII más pareció orientarse por el ejemplo de Pío IV que por el de san Pío V. Su conducta no sólo fue irreprochable sino verdaderamente ejemplar. Gregorio XIII se mostró profundamente celoso de su independencia, hasta el punto que a su consejero más íntimo, el cardenal Tolomeo Galli, sólo le permitió una intervención limitada en los asuntos.
La política religiosa. En la política eclesiástica, Gregorio XIII fue notablemente más ponderado y capaz que su predecesor, aunque no siempre sus actuaciones se vieron coronadas por el éxito. Los intentos por organizar una liga contra los turcos fracasaron después que la república de Venecia en 1573 y España en 1581 firmaran la paz con la potencia otomana. En Francia, a pesar de que la matanza de hugonotes, conocida con el nombre de «Noche de San Bartolomé» (1572), se celebró en Roma (por la insuficiente información del papa) como una victoria sobre los herejes, los hugonotes mantuvieron sus posiciones. No produjo mejores resultados la política papal contra Isabel de Inglaterra, pues la esperanza de destronarla con la ayuda de Felipe II y de los católicos irlandeses tuvo que ser abandonada después que fracasaron dos intentos de invasión y una conjura interior. Incluso el éxito inicial que se consiguió en Suecia con la conversión secreta del rey Juan III Vasa (1568-1592), pronto se vino abajo, porque Gregorio XIII no aceptó las exigencias del monarca: el matrimonio de los sacerdotes, la supresión del culto a los santos y la comunión bajo las dos especies, etc., y Juan III volvió a la fe luterana.
En otros países la política papal cosechó algunos frutos. El apoyo que Gregorio XIII dio a Felipe II en su lucha contra los rebeldes de los Países Bajos, vio el retorno de las provincias meridionales a la soberanía española (paz de Arras, 17 de mayo de 1579) y con ello el triunfo definitivo del catolicismo en la zona sur de los Países Bajos. También en Polonia resultó decisivo para la recuperación del catolicismo el reconocimiento del papa a la discutida elección del rey Esteban Bathory (1575-1586).
La reforma tridentina. La actuación de Gregorio XIII en el ámbito propiamente religioso resultó de capital importancia en la aplicación de la reforma tridentina, pues desde el inicio de su pontificado se preocupó de que se aplicaran los decretos conciliares. En Italia promovió un programa sistemático de visitas apostólicas en las provincias eclesiásticas del norte y centro de la península. En otros países utilizó las nunciaturas como instrumento de reforma eclesiástica (P. Blet, Histoire de la représentation diplomatique du Saint-Siége, Cittá del Vaticano, 1982). A las ya existentes en las cortes de Viena, París, Madrid, Lisboa, Venecia, Florencia y Saboya, se sumaron ahora las de Lucerna para Suiza (1579), la de Graz para el Austria interior (1580) y la de Colonia para la Baja Alemania (1584). No obstante, con el fin de garantizar la situación de la Iglesia en el noroeste alemán permitió, en abierta oposición a las disposiciones tridentinas, que Ernst de Wittelsbach reuniera en su mano no menos de cinco obispados. En la elección de cardenales el papa se rigió por unos principios severos, aunque se mostró más generoso de la cuenta con los hijos de las familias principescas. Así, en 1576 concedió la púrpura cardenalicia a Andrés de Austria, hijo del archiduque Fernando II del Tirol, que había contraído grandes méritos con la Iglesia de su país, aunque el joven no tenía la edad canónica requerida ni pertenecía al estado clerical.
En su programa de regeneración espiritual, Gregorio XIII se valió de la ayuda de las nuevas órdenes religiosas, sobre todo de los jesuítas y de los capuchinos. A éstos les levantó la prohibición, que todavía pesaba sobre ellos, de extenderse fuera de Italia y, juntamente con los jesuítas, constituyeron uno de los instrumentos más eficaces en manos de la Iglesia para llevar a cabo la reforma católica. Pero no se olvidó de las restantes órdenes regulares, impulsando la reforma de aquellas que lo necesitaban, como los trinitarios de España y Portugal, confirmando la reforma de las carmelitas descalzas promovida por santa Teresa de Ávila (1580) y aprobando la fundación de la congregación del Oratorio de san Felipe Neri (1575).
El papa se mostró muy interesado en la formación del clero, pero como la creación de seminarios sacerdotales, prevista en el Concilio de Trento, comportaba graves dificultades en Alemania y otros países, Gregorio XIII promovió la creación de colegios romanos. Especialmente generoso se mostró con el colegio romano de los jesuítas, que habría de ser un centro de formación científica para todo el orbe católico, hasta el punto que en su nombre actual de Pontificia Universidad Gregoriana pervive la memoria de este papa. El 1573 otorgó al colegio germánico, que había sido erigido por Julio III, el palacio de San Apolinar; en 1579 erigió el colegio inglés. También fundó un colegio griego, otro maronita y un tercero armenio para la formación del clero católico de rito oriental. Gracias a Gregorio XIII, Roma se convirtió en el principal centro de los estudios eclesiásticos.
Gregorio XIII mostró un gran interés por la expansión misionera en Asia y América. Asignó a los jesuitas, que ya estaban en Japón, la misión de evangelizar el país; mientras que los agustinos y franciscanos se encargaron de la difusión del cristianismo en Filipinas, donde se erigió la diócesis de Manila en 1579. En América apoyó la acción evangelizadora que los misioneros realizaban con la ayuda de la corona española. También mostró gran interés por la unión con Roma de las Iglesias cismáticas de Oriente, aunque murió sin ver ningún resultado positivo.
Durante este pontificado se reforzó el gobierno central de la Iglesia, que ya se había iniciado bajo los papas Pío IV y san Pío V. Como ya se ha indicado, las nunciaturas existentes y las nuevamente creadas se convirtieron en un instrumento para aplicar la reforma tridentina y fortalecer el centralismo romano. En la misma dirección, se ampliaron las competencias de la Congregación cardenalicia de Obispos, creada por san Pío V en 1572, de forma que en pocos años se convirtió en el organismo de discusión de los problemas más importantes de la vida religiosa de las iglesias diocesanas, especialmente de las italianas.
Gregorio XIII también se preocupó de la cultura y el arte. Encargó a César Baronio la tarea de preparar el nuevo Martyrologium Romanum, que vería la luz en 1586; en 1582 mandó publicar el Corpus iuris canonici, cuya elaboración se había iniciado en el pontificado de Pío IV. El mismo año reformó el calendario juliano después de consultar a numerosos científicos y escuchar a una comisión de técnicos. El nuevo calendario, conocido como gregoriano, fue promulgado el 24 de febrero de 1582 con la bula ínter gravissímas, suprimiendo los días comprendidos entre el 4 y el 15 de octubre de aquel año a fin de ganar los diez días de retraso que el calendario juliano había ido acumulando. A pesar de las recomendaciones de los astrónomos Brahe (1546-1601) y Kepler (1571-1630), los Estados protestantes sólo aceptaron el calendario gregoriano a partir del siglo xviii y la Iglesia ortodoxa en el xx.
En Roma promovió múltiples empresas de carácter urbano y artístico. Buena parte de las obras se llevaron a cabo con motivo del jubileo de 1575, que Gregorio XIII quiso que se celebrase con gran solemnidad. Enriqueció la ciudad con cuatro fuentes artísticas construidas en las plazas del Popolo, Navona y Pantheon, y con el palacio del Quirinale. En el Vaticano recuerda su memoria la Gallería delle Carte geografiche, con los dieciséis mapas monumentales de Ignazio Danti. Murió en Roma el 10 de abril de 1585, cuando contaba 83 años de edad, y fue enterrado en la capilla Gregoriana de la basílica de San Pedro (diseñada por Della Porta) en un magnífico sepulcro de mármol.
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