Concilio de Nicea (325)
Este concilio es el primero de los llamados ecuménicos. Su convocatoria por el emperador Constantino (306-337) está motivada, sobre todo, por el arrianismo y, en menor medida, por el problema de la fecha de la Pascua. En cuanto al número de los participantes suele aducirse el de 318, en clara alusión a los 318 siervos de Abraham (Gen 14, 14), aunque en realidad debió de oscilar entre 250 y 300, si nos atenemos al testimonio del historiador Eusebio de Cesarea y de san Atanasio. La mayor parte de los asistentes procedían del Oriente cristiano; de Occidente sólo fueron cinco representantes, entre los que ; destacaba Osio de Córdoba y los dos legados del obispo de Roma. Algunos de los obispos asistentes llevaban en sus cuerpos los estigmas martiriales de las últimas persecuciones, como el obispo Pablo de Neocesarea y el egipcio Pafnucio. La reunión de este considerable número de padres conciliares se vio facilitada por Constantino, que puso a su disposición el servicio de postas imperiales.
Las sesiones conciliares se celebraron en Nicea de Bitinia, en el palacio de verano del emperador. Comenzaron el 20 de mayo y terminaron el 25 de julio del 325. Constantino ocupó el lugar de más alto rango en la inauguración y pronunció un discurso en latín para exhortar a la concordia; luego dejaría la palabra a la presidencia del concilio. Parece que la presidencia eclesiástica fue desempeñada por Osio, por ser hombre de confianza del emperador. ’
Las primeras actuaciones corrieron a cargo de Arrio y sus secuaces, que expusieron su doctrina sobre la inferioridad del Verbo de Dios. Tras largas deliberaciones logró imponerse la tesis ortodoxa sobre la consubstancialidad del Verbo propugnada por el obispo Marcelo de Ancira (Ankara), por el obispo Eustacio de Antioquía y por el diácono Atanasio de Alejandría. Sobre la base del credo bautismal de la Iglesia de Cesarea se redactó un símbolo de la fe, que recogía de forma inequívoca que el Verbo es «engendrado, no hecho, consubstancial (homousios) al Padre». Este símbolo fue aprobado por el concilio el 19 de junio del 325, a excepción de Arrio y de dos obispos que, al no suscribirlo, fueron excluidos de la comunión de la Iglesia y desterrados.
En relación con otros temas de menor cuantía hubo unanimidad de acuerdo. Así sucedió con la determinación de la fecha de la Pascua, que se fijó en el primer domingo siguiente al primer plenilunio de primavera —o domingo siguiente al 14 de Nisán en el calendario hebreo—, que era la praxis de la Iglesia de Roma y de la mayor parte de las Iglesias.
El concilio se ocupó también de algunas cuestiones disciplinares, dando unas breves disposiciones (cánones) sobre ellas. Son en total veinte cánones, que tratan de aspectos relacionados con la vida intraeclesial, y tienen el carácter de reafirmar normas canónicas anteriores. Así, el canon 1 prohíbe a los eunucos que sean promovidos al clero. El canon 2 confirma una prohibición ya existente, según la cual los recién bautizados no podían acceder al presbiterado o al episcopado. Según el canon 4 se necesitaba la presencia de tres obispos para que se pudiera celebrar la ordenación de un obispo. El canon 6 establece —reafirmando también una antigua costumbre— la subordinación a la autoridad del obispo de Alejandría de todos los metropolitanos de Egipto, Libia y Tebaida. Hay también otros cánones que se ocupan de la disciplina eclesiástica de los clérigos (cc. 15-18), y dentro de ellos destacaríamos el c. 17 contra la usura. Los padres de Nicea legislaron igualmente sobre la readmisión en la Iglesia de cismáticos y herejes (cc. 8 y 19), así como sobre la penitencia pública (cc. 11-14) y la liturgia (cc. 18 y 20).
Una vez concluidas las reuniones conciliares, el emperador Constantino, que celebraba por aquel entonces las fiestas del 20 aniversario de su elevación a la dignidad imperial, invitó a los obispos a un banquete solemne, en el que pronunció el discurso de clausura.
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