Concilio de Constanza (1414-1418)
Para situarnos en el contexto histórico de este concilio, es de capital importancia tener presente que la Iglesia de Occidente estaba afectada por un gran cisma, que la dividía en tres obediencias: Gregorio XII (1406-1415), Juan XXIII (1410-1415) y Benedicto XIII (1394-1423). Otro factor a considerar es el movimiento nacionalista de Bohemia capitaneado por Juan Hus (1369-1415), que tenía también connotaciones heréticas, amén de los problemas políticos que planteaba a los alemanes. Estos hechos explican, en buena medida, el interés del monarca alemán Segismundo (1410-1437) por impulsar la realización de un concilio en la ciudad de Constanza, que propiciara la unidad de la Iglesia. El emperador anunció este fausto acontecimiento el día 30 de octubre de 1413, después de haber realizado intensas negociaciones con los tres papas del momento.
Debido a las presiones de Segismundo, Juan XXIII convocó el Concilio de Constanza el 9 de diciembre de 1413 con una bula en la que manifestaba el deseo de extirpar la herejía husita, poner fin al gran cisma y promover la anhelada reforma de la Iglesia. Juan XXIII consideraba este concilio como una continuación del de Pisa, puesto que si se reconocía la legitimidad de este último concilio se afirmaría la validez de su elección y, en consecuencia, la licitud de la convocatoria del Concilio de Constanza.
El 5 de noviembre de 1414, Juan XXIII comenzó la primera sesión conciliar con una misa del Espíritu Santo en la iglesia catedral. La participación fue muy numerosa, puesto que además de los obispos y prelados, que superaban el número de trescientos, se reconoció el derecho a voto de los representantes de príncipes, doctores y procuradores de universidades y cabildos. Con ello el número de votantes ascendía a unos dieciocho mil. Ante tal cifra de votantes se acordó expresar el voto por naciones, y ésta sería una de las características más propias de este concilio.
El monarca Segismundo llegó a Constanza en la Navidad de 1414 y poco después comenzaron a oírse acusaciones contra Juan XXIII en el seno del concilio. Al ver frustradas sus esperanzas de ser confirmado papa por el concilio, se fugó a Schaffhausen el 20 de marzo de 1415, para estar bajo la protección de Federico de Austria. Con esta acción pretendió, sin conseguirlo, la disolución del concilio. La oportuna intervención de Segismundo, junto con la de Ludovi-co, conde del Palatinado, fueron decisivas para la continuación del concilio. Juan Gerson, canciller de la Universidad de París, pronunció el 23 de marzo un gran discurso en favor de la continuidad conciliar, fundándose en ideas tomadas del conciliarismo. Esas ideas fueron recogidas por el concilio en su famoso decreto Sacrosancta del 6 de abril, que sostiene la superioridad del concilio sobre el papa. No se debe perder de vista que este decreto vio la luz a raíz de la fuga del papa y que fue dictado ante un caso de necesidad extrema.
En la sesión duodécima fue depuesto Juan XXIII, como culpable de cisma, simonía y vida escandalosa. Un poco más tarde, en la sesión decimocuarta, el cardenal Juan Dominici, en nombre de Gregorio XII, legitimó el concilio, convocándolo de nuevo, y confirmó cuanto se hiciera en adelante. En esa misma sesión presentó su renuncia al pontificado por medio de su legado Carlos Malatesta. Por lo que se refiere a Benedicto XIII, resultaron vanos los esfuerzos llevados a cabo para que renunciara, así que el concilio tuvo que deponerlo el 26 de julio de 1417. Con ello quedaba libre el camino para la elección de un nuevo papa. Durante la 40.a sesión, el 30 de octubre de 1417, se llegó a un acuerdo, antes de proceder a la elección del nuevo papa, con la publicación de un programa de reforma que el futuro papa debía llevar a cabo «en la cabeza y en los miembros» de la Iglesia.
El 8 de noviembre de 1417 se reunieron en cónclave los 53 electores, a saber, los cardenales y seis representantes por cada nación conciliar. El 11 de noviembre resultó elegido Otón Colonna, que tomó el nombre de Martín V (1417-1431).
Otro punto programático que se llevó a término fue el proceso y la condena de Juan Hus. éste se había presentado en Constanza con salvaconducto imperial. En la decimoquinta sesión del 6 de julio de 1415 el concilio lo declaró hereje y tomó la lamentable decisión de consignarlo al brazo secular, que lo condenó a la hoguera. Igual suerte le cupo un año más tarde a su discípulo y amigo Jerónimo de Praga. Sus ideas estaban inspiradas en las tesis de Juan Wyclef, que había sido condenado el 4 de mayo de 1414. En la misma sesión en que se condenó a Hus se reprobaron las tesis del franciscano Juan Petit acerca de la licitud del tiranicidio.
En cuanto a la reforma interna de la Iglesia, se puede afirmar que no fue abordada en profundidad y se reenvió su tratamiento a un próximo concilio. Martín V, en la sesión 43.a (21 de marzo de 1418), promulgó siete artículos genéricos de reforma sobre los beneficios, la tonsura y el hábito eclesiástico, los diezmos papales y los impuestos de otras autoridades eclesiásticas. Tienen interés también los llamados «concordatos» (no en el sentido moderno) estipulados entre Martín V y las naciones de Francia, España e Italia, con una duración de cinco años, excepto el firmado con Inglaterra, que era por tiempo indefinido. En ellos se estipulaba, entre otras cosas, el reconocimiento por el papa de las elecciones de obispos y abades, la restricción de las indulgencias, el pago de las contribuciones a la curia romana por la colación de dignidades, etc.
En la sesión 44.a del 19 de abril de 1418 se determinó que sería Pavía la sede del próximo concilio ecuménico. Por último, Martín V clausuró el concilio el 22 de abril de 1418. El carácter ecuménico del Concilio de Constanza fue objeto de una declaración de Eugenio IV (1431-1447) en 1446, en la que se precisaba, frente a posibles veleidades conciliaristas, que esta aprobación la hacía el papa «sin perjuicio del derecho, dignidad y preeminencia de la Sede Apostólica». Un buen resumen de lo que fue este concilio lo encontramos en el diario del cardenal Fulastre, cuando escribió: «El Concilio de Constanza fue más difícil de convocar que todos los concilios precedentes, su marcha fue más singular y admirable, pero también más peligrosa; por último, también los sobrepasó en duración.»
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