Clemente III (19 diciembre 1187 - 30 marzo 1191)
Elección. Ahora todo se hallaba pendiente de la cruzada. El 3 de julio de 1187 Saladino (1138-1193) había destruido a la caballería cristiana en Hattin y era dueño de Jerusalén y de casi la totalidad del reino; los cruzados conservaban algunas posesiones en la costa en situación angustiosa. Los cardenales, reunidos en Pisa, sabían que era necesario elegir un papa que fuera capaz de organizar la cruzada. Pensaron en Teobaldo, obispo de Ostia, que declinó la oferta, y se decidieron en favor de Pablo Scolari, cardenal obispo de Prenestc (Palestrina), un miembro muy rico de la aristocracia romana, aunque de mala salud. Desde niño se le había preparado cuidadosamente para el servicio de la Iglesia y era un hombre muy hábil, capaz de conservar la paz. Cumplió estas esperanzas.
Gracias a un buen entendimiento con León de Monumenta, senador de Roma y colaborador de Federico Barbarroja, se alcanzó un acuerdo con el gobierno de la ciudad, poniendo fin a un exilio de seis años. Desde febrero de 1188 el papa pudo reinstalarse con los suyos en Letrán. Un pacto con el Senado (31 de mayo) le aseguró el reconocimiento de éste con juramento de fidelidad, así como el abono de todas las rentas pontificias. A cambio, Clemente III se comprometió a pagar con cargo a éstas fuertes subvenciones y a consentir la entrega de Tusculum a la merced de los romanos.
El emperador va a la cruzada. El tratado de Estrasburgo (3 de abril de 1189) lograba también la reconciliación con el emperador. Las tropas de Enrique VI (Federico Barbarroja estaba ahora al frente de la cruzada) accedieron a retirarse de los Estados Pontificios, pero se reservaba en ellos el honor Impedí, es decir, la soberanía temporal del emperador. Los antiguos dominios de Matilde no fueron jamás devueltos. Y el papa se comprometió a coronar a Enrique emperador. Sin duda las concesiones pontificias parecieron excesivas: pero la situación de la Cámara era tan desastrosa (Cencío Savelli fue entonces nombrado tesorero con la dificilísima misión de poner orden en unas rentas que estaban profundamente quebrantadas) y la necesidad de cruzada de tanto agobio, que difícilmente hubiera podido procederse de otra manera.
Clemente III hizo los mayores esfuerzos en favor de la tercera cruzada, comprometiendo su propio prestigio. Logró la paz entre Genova y Pisa y la reconciliación de Venecia y Hungría a fin de disponer de fuerzas marítimas. El cardenal de Albano, por su encargo, consiguió una reconciliación entre Felipe II de Francia (1180-1223) y Ricardo I de Inglaterra (1189-1199). Por primera vez los tres grandes reyes de Europa tomaban la cruz, aunque cada uno mandaba su propio ejército. Para dar mayor realce a la liturgia de la misa Ciernenle III ordenó entonces que se practicase la elevación de la forma y del cáliz después de la consagración.
El 18 de noviembre de 1189, cuando todos los caminos resonaban al paso de los cruzados, murió Guillermo de Sicilia sin hijos varones y le sucedió su yerno, Enrique VI. Pero el reino no se le entregó. Un nieto de Roger II, Tancredo de Lecce (1190-1194), organizó una resistencia armada a los alemanes: logró consolidarse en Sicilia y penetró también en Apulia y Calabria. Esto afectó a la cruzada porque Ricardo reconoció a Tancredo, mientras Felipe se mantenía al laclo de Enrique VI. Para el nuevo emperador, ahora era Ricardo un enemigo. Clemenle III luvo tiempo de ver el fracaso final de la obra por la que tanto había trabajado: Felipe II regresó inmediatamente después de la conquista de Acre, obteniendo del papa el reconocimiento de que él ya había cumplido su voto. Y además llegó la noticia de que Federico Barbarroja, la suprema esperanza, había muerto el 10 de junio de 1190, cuando se bañaba en las aguas frías del río Saleph.
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