Clemente II (24 diciembre 1046 - 9 octubre 1047)
El primero de los papas de la nueva serie respondió a una sugerencia directa del emperador: se trataba de Suidger, obispo de Bamberg en Baviera, conde de Morsleben y Hornburg, que tomó el nombre de Clemente II. Se había ofrecido la tiara previamente a Adalberto de Hamburgo-Bremen (1000? - 1072?), pero este prelado de enorme prestigio se negó a aceptarla. El nuevo papa tenía tras de sí una larga y fructífera carrera eclesiástica. Su primer acto, el mismo día de Navidad, consistió en coronar emperadores a Enrique III y su esposa. El monarca volvió a asumir el título de «patricio de los romanos» y acompañó al papa en la presidencia del sínodo que se inició el 5 de enero de 1047 y en el que se adoptaron nuevas disposiciones en la lucha contra la simonía. Los papas de origen germánico, como ya señalara K. Guggenberger (Die deutschen Papste, Colonia, 1916), iban a mostrarse como hombres profundamente religiosos, denodados luchadores en favor de la reforma. Entre los obispos alemanes comenzaban a surgir voces críticas: el «cesaropapismo», es decir, el sometimiento de los papas al emperador, no resultaba conveniente. Wazon, en Lorena, estaba ya sosteniendo algunos argumentos como que la abdicación forzada de Gregorio VI no era legítima y que la reforma tenía que ser emprendida desde el interior de la Iglesia y no desde el Imperio.
Concluido el sínodo, Clemente II acompañó al emperador en su viaje por el sur de Italia: pronunció el anatema sobre Benevento cuando esta ciudad se negó a abrir las puertas a Enrique. Volvió a Roma en febrero. No tenemos no ticias de que Miguel Cerulario (1043-1058), nuevo patriarca de Constantinopla, le enviara las cartas sinódicas acostumbradas; desde luego el nombre del papa había dejado de figurar desde bastantes años antes en los dípticos. Clemente acumuló privilegios sobre la sede de Bamberg, a la que no había renunciado. Pero también se volcó en favor de Cluny. Un hombre honesto, espiritual, aunque probablemente no genial, impulsaba desde dentro la vida de la Iglesia. Murió en la abadía de San Tommasso, cerca de Pésaro, el 9 de octubre de 1047. Su cadáver sería enviado a Bamberg para su inhumación.
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