Bonifacio VIII (24 diciembre 1294 - 12 octubre 1303)
La persona. Restablecida por Celestino V la constitución del Concilio de Lyon, los cardenales se reunieron en el Castilnuovo de Nápoles, diez días después de la abdicación de aquél, y habiendo rechazado la elección Mateo Rosso Orsini, escogieron precisamente a Benito Gaetani. Nacido en Anagni en 1240 de una familia de baja nobleza, educado por su tío el obispo de Todi, había adquirido una sólida formación en ambos derechos, estudiando en Bolonia. Había prestado importantes servicios como legado en Francia e Inglaterra, mostrándose favorable a la primera, y Martín IV le premió haciéndole cardenal diácono en 1281 y presbítero en 1291. En ambos casos retuvo importantes beneficios que le permitían acumular considerables propiedades en favor de su familia: empleaba sus recursos en la adquisición de propiedades que diesen origen a un patrimonio para los Gaetani.
Sus mayores éxitos antes de la elección le ponían en relación con Francia: negoció el tratado de Tarascón de 1291, que aparentemente ponía fin a las hostilidades con Aragón y evitaba una ruptura con Inglaterra, y defendió brillantemente a los mendicantes en su pleito con la Universidad de París. Los «espirituales» fueron sus enemigos declarados porque le atribuían la eliminación del «papa angélico». Apenas elegido, Bonifacio anularía todas las disposiciones de su antecesor, despegándose de la influencia angevina y limpiando la curia de partidarios de Carlos II. Se instaló en Roma, donde fue coronado el 23 de enero de 1295.
T. R. S. Boase (Boniface VIII, Londres, 1933) pone en guardia contra uno de los errores más frecuentes: reducir este importantísimo pontificado a uno sólo de sus aspectos, el de la lucha contra el rey Felipe IV de Francia. Probablemente, como Heinz Góring (Die Beamten der Kurie unter Bonifaz VIII, Konigsberg, 1934) estableciera, a él corresponde una reforma fiscal de grandes proporciones, que proporcionó a la curia recursos abundantes. Tres casas de banca florentinas se encargaron, naturalmente con beneficios para ellas, de manejar tales fondos, que permitieron, ante todo, una política de pacificación interna aplicada con energía, mediante la cual el papa tuvo verdadera posesión de los Estados Pontificios. Sus cartas demuestran que se consideraba árbitro supremo entre todos los poderes de la cristiandad, mostrando empeño en desempeñar un papel decisivo: fue este empeño, precisamente, el que según G. Digard (Philippe le Bel et le Saint Siége, 1285-1304, 2 vols., París, 1966) le condujo al enfrentamiento que provocó la grave derrota del pontificado.
Caltabellota. Confirmando su política como cardenal quería que se entregase Sicilia a Carlos II de Anjou, según lo previsto en el tratado de Tarascón, y que cesaran las hostilidades entre Francia e Inglaterra reanudadas durante el interregno en el pontificado. Sobre esta base negoció con los tres enviados de Jaime II, Manfredo Lanza, Juan de Prócida y Roger de Launa: el rey se comprometía a evacuar Calabria y entregar Sicilia, casándose con una hija del angevino. Fadrique sería compensado mediante su matrimonio con Catalina de Courtenay y con los dominios que en Oriente pertenecían a esta señora. Se negociaba también en torno a la entrega de Córcega y Cerdeña, feudos de la Iglesia, al soberano aragonés. Pero el proyecto fracasó: Felipe IV no quiso consentir en el matrimonio de Catalina, y los sicilianos reafirmaron su independencia, coronando rey a Federico en Palermo (26 marzo 1296). Con natural repugnancia, Jaime II prometió el envío de una flota y de un ejército para combatir a este hermano rebelde que, entre tanto, estaba lanzando su ofensiva sobre Apulia y Calabria. Recibiendo mucho dinero, el aragonés adquirió el compromiso de emprender la lucha en 1297; en la práctica el ataque sólo se produjo en 1299. La flota catalana obtuvo una victoria en cabo Orlando (5 julio 1299), pero cuando los angevinos intentaron la invasión de la isla fueron estrepitosamente derrotados en Falconaria. De modo que la solución final fue muy distinta a la que Bonifacio preconizara: la paz de Caltabellota (1302) reconoció la independencia de Sicilia.
Italia y Alemania. Idénticos fracasos, según H. Finke (Vorreformatione geschichtlichen Forschungen. Aus den Tagen Bonifaz VIII. Funde und Forschungen, Münster, 1902), se registraron en todas o casi todas las cuestiones en que el papa se empeñó en intervenir. Nunca pudo lograr la reconciliación entre Genova y Venecia, a las que trataba de interesar en la cruzada, ni sostener la independencia de Escocia frente a Inglaterra, ni menos hacer triunfar la causa de Carlos Roberto de Hungría. La experiencia que se estaba recogiendo marcaba la diferencia con los días de Inocencio III: los poderes fácticos de las monarquías eran ya superiores. Únicamente se registra un éxito en Italia al extender a Toscana la tutela de la Santa Sede; pero esta influencia era tan sólo el resultado de los compromisos adquiridos con la banca florentina que ligaban a la Iglesia con los llamados «negros» de la parte güelfa, es decir, los elementos más conservadores.
En 1298 Adolfo de Nassau (1292-1298), rey de Romanos, fue derrotado y muerto en Gollheim por Alberto de Habsburgo (1298-1308), el cual le sustituyó en el trono. Bonifacio trató de oponerse a este último comprometiéndose incluso con los príncipes que en 1301 intentaron una insurrección. Pero la rebelión fue dominada y el papa, por la bula Aeterni Regís (30 abril 1303), se vio obligado a reconocer la legitimidad de Alberto. éste se comprometió a no ayudar a Francia en la polémica que entonces alcanzaba su punto más agudo y a desentenderse de los asuntos italianos: los vicarios imperiales en Lombardía y Toscana requerirían, para su nombramiento, la aquiescencia de la Santa Sede. Pero este cambio de política no era mérito de Bonifacio, sino resultado de un giro en la orientación que se registraba en Alemania. La época del dominium Mundi había pasado para siempre.
Primera fase del conflicto. La causa de la guerra franco-británica estaba en los feudos de Guyena: iniciada cuando la sede romana estaba vacante, los dos reyes, Eduardo y Felipe, comenzaron a recabar tributos sobre las rentas del clero sin el preceptivo consentimiento de la curia. Protestaron los simples clérigos, guiados por cistercienses, pero no los obispos. El 24 de abril de 1296 Bonifacio publicó la bula Clericis laicos, no dirigida específicamente a Francia, pero que endurecía las penas canónicas contra quienes, sin permiso, cobrasen tributos. En Inglaterra fue aprovechada por los eclesiásticos, y también por los barones, para negarse a contribuir. El 18 de agosto del mismo año, Felipe IV publicó una disposición que prohibía la salida de metales, moneda y letras de cambio: las rentas pontificias en Francia, las más cuantiosas, quedaron bloqueadas. Se presentó la medida no como una réplica, sino, simplemente, como emergencia en caso de guerra, pero Bonifacio entendió que estaba dirigida en contra suya. El 20 de septiembre escribió al rey una carta quejándose; en ella negaba taxativamente que la Clericis laicos estuviese dirigida contra Francia.
Surgió una polémica doctrinal bastante agria. Los colaboradores de Felipe recurrieron a panfletos, como el titulado Disputas del clérigo y el caballero, en que se defendían tres tesis fundamentales:
La autoridad temporal debe ayudar a la espiritual sin que esto suponga reconocimiento de ninguna clase de superioridad.
La Iglesia limita sus funciones a los aspectos espirituales, la palabra, los sacramentos y el sacrificio, sin intervenir para nada en los temporales.
Al rey corresponde la defensa de la comunidad en todos los aspectos, incluyendo a su Iglesia, por lo que los clérigos están obligados a contribuir en sus necesidades.
A ninguna de las partes convenía endurecer las posiciones. Menos que a nadie a la banca florentina, que estaba manejando las rentas pontificias. Fue por eso un banquero, Juan Francesi, llamado Musciato, quien intervino como mediador, logrando que el papa redujera sus pretensiones y accediendo a contestar afirmativamente a una demanda de contribución por parte del clero. Felipe envió entonces una embajada, presidida por Pedro Flotte, a Roma. El enviado descubrió una magnífica oportunidad en el choque entre el papa y los Colonna. Se trataba de una cuestión entre familias relacionada con la adquisición de ciertas fincas en Campania, pero a ella se mezclaron los «espirituales» franciscanos, descontentos porque no se les consentía formar una congregación aparte. En 1297 Esteban Colonna robó el dinero que el papa enviaba desde Anagni a Roma para completar la compra de Narni. Aunque los agresores devolvieron el botín (9 de mayo), Bonifacio excomulgó a los Colonna, deponiendo además a los dos cardenales de esta familia, Jacobo y Pedro, exigiendo el depósito de todas las fortalezas que ocupaban.
De este modo Pedro Flotte pudo disponer en Roma de los servicios de un fuerte partido, que utilizó contra el papa, sin mezclarse en sus cuestiones: los Colonna depositaron en el altar de San Pedro un documento en que acusaban a Bonifacio de ilegitimidad, herejía, simonía y las acostumbradas y negras denuncias que formaban su secuela. El papa ordenó entonces a la Inquisición incoar un proceso. Pero ante los franceses se doblegó: el 31 de julio declaró que la Clericis laicos no era de aplicación en Francia y que el monarca estaba facultado para decidir cuándo necesitaba percibir impuestos. Otros abundantes privilegios fueron concedidos. Pero gracias a este repliegue los «espirituales» tuvieron que someterse y las tierras de los Colonna fueron ocupadas. Palestrina, principal de sus fortalezas, tomada en octubre de 1298, fue arrasada. Los dos cardenales se sometieron y volvieron a la comunión, pero no recuperaron el capelo.
Primer Año Santo. El año 1300 era considerado de especial significación. Movido por fuertes presiones el papa publicó la bula Antiquorum habet fidem, en la que, declarándolo santo, por primera vez se otorgaba indulgencia plenaria a quienes, tras la debida confesión, visitasen las tumbas de los dos apóstoles: esta indulgencia podían lucrarla quince veces los peregrinos y treinta los romanos. De este modo se estableció la norma que ha continuado hasta hoy. La afluencia de peregrinos fue extraordinaria y las iglesias romanas se beneficiaron de las abundantes ofrendas. Bonifacio no obtuvo un gran rendimiento económico, pero sí un enorme prestigio que le proporcionó conciencia, tal vez excesiva, de su propio poder. Cuando el conflicto con Felipe IV rebrotó, se mostró sumamente fuerte, nada inclinado a complacencias.
Camino hacia Anagni. En 1295, al crear la diócesis de Pamiers, el papa nombró, sin consulta previa, a Bernardo Saisset, preboste de los canónigos regulares de san Agustín. Saisset, que había chocado antes con el rey, se enfrentó al conde de Foix que, por cesión de Felipe IV, ejercía el patronato sobre Pamiers; apeló entonces al papa, profiriendo amenazas muy duras contra el conde. Frases imprudentes del obispo fueron causa de que se le detuviera, embargándose sus bienes (24 de octubre de 1301), y de que se le juzgara por un tribunal que presidía precisamente Flotte: los cargos eran insulto al rey, rebeldía, alta traición, simonía y herejía. La sentencia, condenatoria, fue comunicada al papa a fin de que éste pronunciara la degradación del obispo. Pero la respuesta de Bonifacio (5 diciembre 1301) fue contundente: Saisset tenía que ser puesto en libertad y reintegrado a su sede. Una bula, Salvator mundi, puso nuevamente en vigor la Clericis laicos, convocando a los obispos franceses a un sínodo que debía celebrarse en Roma el 1 de noviembre de 1302.
El papa envió al rey una carta, Ausculta filii, en que hacía exposición de los agravios que la Iglesia estaba recibiendo. Pedro Flotte la interceptó, sustituyéndola por otra, Deum time, redactada por él mismo. Esta falsificación, llamada a demostrar que el papa hacía injurias al rey, circuló conjuntamente con una supuesta réplica de Felipe IV, Sciat máxima tua fatuitas, en que se descendía al terreno de los insultos. En el fondo, la batalla se estaba planteando en términos doctrinales. El papa invocaba para sí la supremacía espiritual única. El rey reclamaba un poderío «absoluto», esto es, sin limitaciones ni dependencias.
Los Estados Generales, con escasa asistencia de obispos, apoyaron decididamente a Felipe IV, refiriéndose a la Deum time como si se tratara de un documento auténtico. En consistorio de cardenales, Bonifacio denunció la falsificación, y mantuvo que él no trataba de imponer ninguna clase de vasallaje a Francia, sino de pedir cuentas a un cristiano, el rey, ratione peccati. Al sínodo de Roma asistieron 39 obispos franceses, desafiando la cólera de Felipe IV. Inmediatamente después se hizo pública la bula Unam sanctam (18 noviembre 1302), uno de los documentos más controvertidos y, al mismo tiempo, más claros, cuyo probable redactor fue el cardenal francés Mateo de Acquasparta, que utilizaba la doctrina teológica elaborada en el siglo xiii, incluyendo a santo Tomás de Aquino: siendo la salvación eterna el único verdadero fin de la existencia humana, quien resiste al vicario de Cristo resiste a Dios; y todo hombre, si quiere salvarse, debe someterse al obispo de Roma. Era por tanto una pretensión absoluta de someter la existencia al espíritu. Pero esto, para las nacientes monarquías en las que el «poderío real absoluto» incluía ambos aspectos, el temporal y el espiritual de la existencia, resultaba ya intolerable.
Acababa de morir Flotte en la batalla de Courtenay (11 julio 1302) y al lado de Felipe aparecía un nuevo personaje, Guillermo de Nogaret, cuyo protagonismo, desde que fuera establecido por R. Holtzmann (Wilhelms vori Nogaret, Rat und Grossiegelbelwahrer Philipps des Schonen vori Frankreich, Friburgo, 1898), no ha sido nunca discutido. Fue un gran daño para la causa de Bonifacio VIII que el cardenal Le Moine, a quien nombrara legado en Francia, se pasara al enemigo. El 12 de marzo de 1303 Nogaret presentó ante el consejo real, acusaciones formales contra el papa que coincidían con las que en 1297 formularan los Colonna, haciendo hincapié en la ilegitimidad y la herejía. Un concilio debía reunirse para juzgarle. El 13 de abril Bonifacio replicó fulminando la excomunión, pero su bula fue interceptada y nunca se dio a conocer. La acusación fue asumida por una asamblea general a mediados de junio, repitiéndose la apelación al concilio. Los clérigos que dirigidos por cistercienses y franciscanos osaron resistir, fueron encarcelados o desterrados. Una asamblea del clero (24 de junio 1303) se sumó a la acusación. Fue entonces cuando según R. Fawtier («L’attentat d’Anagni», Mél. école Franq. á Rome, LX, 1948, pp. 153-79), Nogaret, con sólo algunos acompañantes, emprendió el viaje a Roma para formular la acusación, citar a Bonifacio ante el concilio, y declararlo acusado bajo la protección del rey de Francia.
Los Colonna vieron llegada la hora de su venganza personal y prepararon un atentado más violento. Bonifacio, instalado en Anagni, había redactado la bula Super Petri solio, que excomulgaba a Felipe y desligaba a sus súbditos del juramento de fidelidad. Iba a ser publicada solemnemente el 8 de septiembre de 1303. Pero el día anterior Nogaret, con Sciarra Colonna (t 1329) y hombres armados, se apoderó de Anagni invadiendo el palacio. Bonifacio, revestido de pontifical, desafió a sus acusadores mostrándose dispuesto a entregar su vida. Nogarel no se atrevió a llegar tan lejos. Los moradores de la ciudad, hasta entonces pasivos, tomaron las armas y liberaron al pontífice, obligando a los agresores a huir. Pero Bonifacio era ya un hombre acabado: regresó a Roma el 25 de septiembre y falleció el 12 de octubre.
Las reformas. Graves defectos se han achacado a Bonifacio VIII: soberbia y arrogancia, nepotismo y desprecio hacia sus colaboradores, excesiva preocupación por el enaltecimiento de su familia. Pero, al mismo tiempo, poseyó extraordinarias cualidades. Muchas de sus realizaciones permanecieron largo tiempo. Publicó una nueva colección de cánones, el Líber Sextus, promulgada el 3 de marzo de 1298 e incorporada a las Decretales de Gregorio IX. Fue en realidad la obra de una comisión dirigida por Guillermo de Mandagout, arzobispo de Embrun, formada por 108 decretos de los papas anteriores, 251 del propio Bonifacio y los cánones de los concilios de Lyon. Supo dar estructura jurídica a la posición de aquellos obispos cuyas sedes estaban en territorio hostil (in partibus infideliuní), determinando que tendrían funciones espirituales pero no pastorales. Afirmó la inamovilidad de los obispos, estableciendo la norma de que se nombrara coadjutor, siempre con consentimiento del cabildo, en casos de enfermedad o ausencia prolongada. Reorganizó la Audiencia, formada por 14 jueces, en forma de Colegio (Audientia sacri palatií), que entendían en todas las causas, civiles o penales, de la competencia de la Santa Sede. Mediante la bula Super cathedram (18 febrero 1300) reguló las relaciones entre los mendicantes y el clero secular: tendrían libertad de predicación en sus iglesias propias, pero necesitarían de la licencia del párroco para predicar en otras, y del obispo para confesar; aunque podían tener enterramientos, la tercera parte del llamado derecho de estola correspondería a la parroquia del difunto. Aunque los mendicantes protestaron, estas disposiciones han seguido vigentes hasta hoy.
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