Tiempo
«Él guarda tus idas y venidas, ahora y por siempre.» El Dios de la Biblia cuida el tiempo del hombre y vela por nosotros a lo largo de los acontecimientos humanos: «Y como velé sobre ellos para arrancar y arrasar, para derribar y destruir y para acarrear calamidades, así velaré sobre ellos para edificar y plantar». Cada fragmento del tiempo es custodiado y velado por la fidelidad de su amor. La vigilancia de Dios sobre el tiempo, su ser guardián del tiempo, le confiere a éste una dignidad y un valor indecibles. El tiempo del hombre es el séptimo día de Dios, que el relato de la creación proclama santo: «Bendijo Dios el día séptimo y lo consagró». ¡Es el tiempo del Padre que vela esperando el regreso del hijo que se ha alejado, para que no se sienta definitivamente perdido! El tiempo no es entonces un espacio vacío, un lugar neutro, sino una participación en la vida divina, algo que procede de Dios, algo en lo que Dios se hace presente y que está abierto a Dios en cada instante; algo que refleja la procedencia, la presencia y el porvenir del Amor eterno. El tiempo viene de la Trinidad, ha sido creado con la creación del mundo; se desarrolla en el seno de la Trinidad, porque todo cuanto existe, en Dios existe: en él vivimos, nos movemos y existi01 mos; está destinado a la gloria de la Trinidad, cuando todo sea recapitulado en el Hijo y entregado al Padre, para que sea todo en todos. Vivir seriamente el tiempo significa, por tanto, vivir en la Trinidad; intentar evadirse del tiempo es huir del regazo divino que nos envuelve. El cristianismo no es la religión que nos salva del tiempo y de la historia, es la que salva el tiempo y la historia.
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