Ternura
La ternura es un amor respetuoso, delicado, concreto, atento, festivo. La ternura es un amor80 sensible, abierto a la reciprocidad: un amor que no es ávido, ni codicioso, ni pretencioso, ni posesivo; su fuerza es su debilidad, es eficaz y victorioso, desarmado y que desarma a la vez. La verdad es que estamos poniendo adjetivos uno detrás de otro, porque nos damos cuenta de que es difícil definir ¡a ternura, a pesar de que intuimos lo que es y sabemos que es importante, que es un poco el ingrediente de toda la comunicación humana. Si la idea que tenemos de Dios es la de un Dios violento que impone su voluntad como ley inexorable, jamás podremos comprender la ternura y mucho menos vivirla, tanto en nuestra relación con Dios como en nuestra relación con los otros, ni podremos entender a ¡as personas en las que más resplandece la ternura de Dios, como María, Jesús, los niños. La ternura necesita una disciplina, incluso física: disciplina de ¡os ojos, del corazón, renuncia a la avidez sensual. Para llegar a la ternura hay que tener el valor de dar pequeños pasos y de hacer pequeñas muestras de afecto (una sonrisa, una palabra, un «gracias», una felicitación en el momento adecuado, una frase como: «aquí tienes el periódico... te hago un café... te dejo el programa de la tele...»). Es la sabiduría de los gestos discretos que constituyen el tejido de la vida diaria; el valor de adelantarnos con un gesto cariñoso, que siempre constituye un pequeño riesgo, porque no sabemos si encontrará corno respuesta nerviosismo o agradecimiento. La ternura requiere la contemplación, el silencio, que son experiencias del respeto hacia Dios, y del respeto hacia el hombre, la naturaleza y las cosas. De esta contemplación se alimenta la ternura.
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