Solidaridad
En una primerísima aproximación, podríamos decir que ser solidarios significa estar dispuestos a reconocer al otro —incluso al que parece extraño y no es próximo— como alguien que me atañe a mí. Así entendida, la solidaridad expresa un rostro muy peculiar de la caridad: el rostro que ésta toma cuando es vivida dentro del marco de una relación de interdependencia material entre los hombres. En este contexto, de mis comportamientos depende la situación del otro, y de los suyos mi situación, independientemente de nuestras intenciones. En semejante circunstancia, la solidaridad tiene la misión de transformar la interdependencia material, que es objetiva y casi mecánica, en proximidad humana. O, mejor dicho, la solidaridad nos lleva a reconocer, en la necesidad física de tener que remitirnos al otro y a sus comportamientos y de tener que depender materialmente de él, el signo de una fraternidad innata entre los hombres. Actualmente, las relaciones de interdependencia material entre los individuos y los distintos grupos humanos se van haciendo cada vez más densas e intrincadas. Ahora bien, es precisamente la intensificación y complicación de la red de relaciones sociales lo que hace más urgente la tarea de la solidaridad.
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