Soledad
Entiendo por soledad la situación de todos aquellos que están privados de la ayuda y la compañía que de algún modo necesitan, y que debido a eso se encuentran en un estado de postración, de sufrimiento, a veces de desesperación. Está la soledad de los ancianos, que viven solos en su casa (¡cuántos hay en nuestra ciudad!), o que están solos, uno al lado del otro, en los asilos: unos ancianos que casi siempre están enfermos, o tienen achaques que no les permiten cuidar convenientemente de sí mismos. Está la soledad de muchos enfermos que no se sienten adecuadamente asistidos por las estructuras públicas, que tienen que guardar colas agotadoras para recibir los cuidados que les corresponden, que no sienten a su alrededor —incluso cuando reciben los indispensables cuidados físicos— ese cariño y esa dulzura que tanto necesitarían en su sufrimiento. Está la soledad de los minusválidos, sobre todo de los disminuidos psíquicos, de los enfermos mentales y de sus familias. También está la soledad de los presos, de los que están en espera de juicio, expuestos cada día a unas tensiones agotadoras; la soledad y las penalidades de quienes, por diversos motivos, trabajan en la cárcel. Y la soledad de los extranjeros anónimos que viven, por decenas de miles, al margen de la legalidad, sin protección ni trabajo fijo. Y, finalmente, están esas soledades que se crean en el seno mismo de las familias y de las comunidades, debido a la incomprensión y a la falta de diálogo. ¡Hay tantas lágrimas amargas que nadie conoce!
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