Predicación
Predicar la Palabra de Dios significa decir «Jesucristo». Antes de predicar las «cosas» cristianas, hay que ir al fundamento, es decir, hay que volver a centrar la predicación en Jesucristo. Tenemos que ayudar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo a acercarse al fundamento, es decir, a Jesucristo: él es el camino que lleva a reconocer a Dios y a invocarlo con el nombre del Padre; él es ei evangelio que inaugura un modo de vivir que es realmente grato a los ojos de Dios, porque está animado por la caridad que sabe llegar hasta la entrega de uno mismo, Quisiera que cada uno advirtiera en estas palabras no solamente el peso de una responsabilidad que asusta, sino también la alegría por el don que nos es dado compartir. Poder anunciar a Jesucristo hoy significa participar, de manera directa y con palabras llenas de esperanza, en ei mayor drama que la humanidad está viviendo: el de decidir entre encerrarse en el círculo impenetrable de ia autosuficiencia —dentro de los sofocantes confines de una existencia limitada a los horizontes del tiempo, y con la ilusión de confiar sólo en las cosas— o abrirse a la búsqueda del rostro del Dios vivo, dador de vida. Hacerse predicadores de la Palabra que es Jesucristo significa vivir como protagonistas el sentido más profundo de la historia de los hombres. Los ministros de la Palabra estamos llamados a compartir la historia de nuestro tiempo, para ayudar a iluminar el camino de los hermanos, a fin de que sepan distinguir la dirección adecuada, y para alentar a los que están cansados de buscar.
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