Miedo
Si miramos a nuestro alrededor y observamos el mal que actualmente padece hoy la sociedad europea, nos daremos cuenta de que es el miedo y la angustia: miedo a perder la patria, en esas naciones que luchan de manera sangrienta, con una crueldad feroz, para independizarse de otros, o para oprimir a otros (recordemos, por ejemplo, el terrible drama de la ex Yugoslavia); miedo a ser privados de nuestro bienestar (recordemos los desórdenes raciales en Alemania, contra los inmigrantes); en nuestro país tenemos miedo a perder el bienestar económico, porque la barca del Estado hace agua. ¿A qué se debe este miedo que nos alcanza a todos, antes o después? Es un miedo que no podemos quitarnos de encima del todo porque tiene que ver con la libertad. Cuando la libertad se concibe como algo absoluto, ya no existe ni el antes ni el después, todo es incierto, oscuro, se me viene el mundo encima, todo me aplasta, ya no puedo fiarme de nadie. Es la exasperación de la libertad convertida en algo absoluto, sin fundamento y sin referencias. San Ignacio enseña que, en cambio, cuando busco la libertad con fundamento, empiezo a mirar a la cara mi miedo, a superarlo, comienzo a exorcizar la angustia, porque me doy cuenta de que el fundamento de mi libertad es Dios, y que él me ama, que me ha creado, que me conoce. Es él quien me libera, quien me indica el camino. Y si miro al futuro de mi libertad, sé que está en las manos de Dios, que es siempre Dios el que me llama, el que me guía. Si miro al presente, es Dios quien sostiene y promueve mi libertad; es, por así decirlo, un aficionado mío, desea que yo triunfe. De este modo, mi libertad se sitúa en el lugar que le corresponde, y mis sentimientos negativos de angustia, de miedo, pueden seguir existiendo allí en el fondo, puesto que la vida es dura y ardua para todos, pero están en otra dimensión. Yo sé en quién puedo confiar, sé de quién me puedo fiar, sé en quién puedo apoyarme.
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