Laicado
Es importante actuar partiendo de valores cristianos, pero esforzándose por llegar a gestos que, sin perder nada de la fuerza evangélica, alcancen al hombre en esos valores profundos que son previos a cualquier confesionalidad y comunes a todos los hombres. Hay que manifestar concretamente la carga de humanidad que radica en la fe en Cristo, cuyo origen no podríamos negar sin negarnos a nosotros mismos y sin presumir de algo que no es nuestro, ya que se trata de un mero don de Dios que estamos llamados a comunicar a cada hombre de diferentes maneras y a través de distintas formas culturales. El discípulo del evangelio también es llamado a guardar la «diferencia», o sea, a saber manifestar el desbordamiento de la caridad evangélica, su fuerza escatológica, y no solamente su dimensión históricosocial. Precisamente porque viene del misterio, la caridad de la Iglesia está en condiciones de conferir a los programas humanos una dirección, una orientación, una reserva de energías; también la crítica, cuando haga falta. A fin de que esta aportación no parezca superficial o abstracta, necesitamos la inteligente mediación de competencias y01 habilidades, técnicas y políticas, con vistas a plasmar las estructuras de una sociedad compleja, conscientes de sus múltiples interdependencias. En el plano institucional, la diferencia peculiar de la fe se traduce en una participación solidaria de los cristianos, y a la vez en una riqueza de ideales de vida con respecto a la justicia meramente legal, lo cual es señal y anticipación de unas relaciones humanas éticamente más densas y abiertas a un horizonte trascendente.
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