Extranjeros
A menudo nuestras ciudades presentan un rostro cansado, manifiestan el malestar de una convivencia desordenada, la opresión de una creciente degradación ambiental, el hastío por las cuestiones políticas, la falta de interés por la vida; todo esto afecta, sobre todo, a los enfermos, a los débiles, a los ancianos. Existe también una especie de saturación frente a un «exceso» de propuestas, de evasiones, de diversiones. Ante todos estos problemas, la colectividad y los individuos tienden a encerrarse en sí mismos, descargando tal vez sobre el «distinto», sobre el extranjero, la irritación, la insatisfacción por una realidad que no consiguen afrontar. Sin embargo, los extranjeros que invaden nuestras ciudades son un precioso signo de los tiempos, que nos sacude y nos cuestiona. No son una presencia fastidiosa e inoportuna, y mucho menos la causa de una decadencia que nos prepara un futuro amenazador. En definitiva, no son una mal dición: representan una chance, que influye también en la renovación de nuestra vida. A nosotros nos toca elegir si esta invasión será pacífica o conflictiva, si nuestra incompetencia o nuestra falta de tolerancia desencadenará una intolerancia social, política o religiosa, aún más terrible. A nosotros nos toca decidir si queremos que un trabajo de generaciones —el patrimonio cultural y moral de nuestra tradición occidental— se convierta en objeto de rapiña y destrucción, o si queremos preparar, en la generosidad y en la acogida, un camino de solidaridad con el pobre y el distinto, hacia un futuro común. A nosotros nos corresponde, en la gracia del Espíritu Santo, hacer que la utopía de las naciones que se juntan en el valle de Josafat acompañe la realización de la nueva Jerusalén.
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