Eternidad
Con la resurrección de Jesús, la eternidad ya está aquí, la vida nueva y definitiva ya ha entrado en mi experiencia. La vida nueva nace de mi abandono en Jesús muerto y resucitado, de mi abandono en el Padre, como Jesús se abandonó en él. Así, la eternidad de Jesús que ha vencido a la muerte entra en mí y desde ahora forma parte de mi vida. El pensamiento de la muerte física no desaparece, sino que es sublimado y transfigurado por la certeza de que la eternidad forma parte de mi experiencia actual, de que yo estoy en la eternidad de Jesús, en su vida gloriosa y definitiva, de que él está en mí y de que yo estoy con el Padre que desde siempre ha vivido y vivirá. Experimento todo esto cada vez que realizo un acto de fe y de amor; cada vez que recibo la eucaristía u otro sacramento; cada vez que tomo una decisión seria, buena, importante desde el punto de vista ético. Experimento ya la eternidad, la he interiorizado gracias a Jesús resucitado que está en mí. La experiencia de eternidad está implícita, por la gracia del Resucitado, en cada acto moral verdaderamente gratuito, en cada acción que realizamos no por utilidad, sino porque es justa y verdadera, aunque vaya en contra de nuestro interés. Cada vez que uno de nosotros hace un acto éticamente bueno, participa del don que Dios nos hace de su ser eterno, de su ser de Dios eternamente verdadero y justo, absolutamente bueno, que se ha mostrado así en la verdad, en la fidelidad, en el amor, en la justicia de Jesús. Así, la resurrección está cerca de nosotros, la eternidad entra en nosotros y Jesús nos vivifica, el Espíritu Santo habita en nosotros, el Padre nos grita que somos sus hijos y nosotros podemos invocarle como Padre.
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