Cruz
Tanto para los paganos como para los griegos, la cruz significaba en general la necedad, la incomprensible pretensión de Cristo de ser Mesías, de ser hombre de Dios. Las cualidades del Crucificado no pueden ser de ningún modo —a los ojos de paganos y griegos— las cualidades de Dios. El Crucificado no tiene nada de la fuerza, potencia, superioridad que parecen características de la divinidad: demuestra, más bien, sumisión, inferioridad, debilidad. En el Crucificado no se ve ni a un Dios ni a un héroe, y su clase de muerte ni siquiera se puede comparar con la de un sabio, corno Sócrates, que muere en la calma y la nobleza de su decisión. En el caso de Jesús, hay dramáticos sobresaltos, sangre, oscuridad, crueldad. Tanto menos divina aparece la muerte de cruz de Cristo cuanto más sublime es la idea que se tiene de lo divino: Dios como alguien incapaz de participar en el mundo, incapaz de sentir misericordia por quienes están por debajo de él. Por lo tanto, la cruz rompe totalmente los esquemas según los cuales son concebidos tanto lo divino como lo humano. Sólo conseguiremos superar esta contradicción cuando, a la luz de la resurrección de Cristo, tengamos el valor de mirar con los ojos de la fe al crucificado Jesús de Nazaret y de ver que precisamente allí, en esa cruz, él es para nosotros poder y sabiduría de Dios, justicia, santificación y redención. En la cruz y desde la cruz, Jesús nos revela al Padre.
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