Aflicción
¿Cuál es la realidad que oculta esta misteriosa frase de Jesús: «Bienaventurados los que sufren»? ¿Quiénes son los afligidos? ¿Cuál es la situación interior que determina su actitud? Recordemos cuando Jesús llora por su ciudad o por su amigo Lázaro recién fallecido. Es un llanto que sale de una dramática contradicción interna. Cuando una persona se expresa con el gesto de las lágrimas es porque se siente desgarrada por la comparación entre el deseo y la visión interior del reino de Dios y de su plenitud de vida y de paz, y la visión contradictoria de muerte que la rodea. No se trata, pues, de una simple emoción negativa por la privación de un bien que nos era querido: se trata de un desgarrador contraste entre el sumo bien de Dios, el don de su amistad y las intolerables situaciones de miseria y de muerte que nacen del rechazo del amor de Dios. La aflicción, proclamada como bienaventuranza, fluye de una mirada contemplativa hacia el misterio infinito de Dios, y a la vez de una consideración llena de amor, ternura y compasión, sobre la condición humana. Por eso esta actitud es propia de los santos, es decir, de quienes han sabido mirar con amor y realismo al hombre, habiendo sido sus ojos purificados y hechos compasivos por la visión de Dios. Comprendemos entonces que la santidad no consiste en evadirse de lo humano, ni en perderse en los sueños. La santidad es la capacidad de captar, con una mirada pura, el drama del ser humano, sus sufrimientos y la contradicción de su situación histórica. De esta mirada nacen las denuncias y las exhortaciones proféticas.
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