Susa
capital del antiguo reino de Elam, región asiática al norte del golfo Pérsico y al este del río Tigris, que hoy corresponde al suroeste de Irán. Varios soberanos de Elam se denominaban reyes de Ansan y S. En el año 645 la ciudad de S. fue conquistada y saqueada por Assurbanipal, rey asirio, quien deportó a sus habitantes a Samaría y Transeufratina, Esd 4, 9. El profeta Daniel tuvo la visión del carnero y el macho cabrío, en la orilla del río Ulay, que pasaba por la ciudad de S., cuando esta formaba parte del Imperio babilónico, Dn 8, 2. Cuando Ciro II el Grande conquistó Babilonia, Elam pasó a manos de los aqueménidas, y S. fue convertida en residencia real de invierno de los reyes persas, Ne 1, 1. En esa ciudad se encontraba Nehemías, que era escanciador del rey de Persia, cuando recibió noticias de Jerusalén y pidió permiso a Artajerjes I, en el año 445 a. C., para ir a reconstruir las murallas de la ciudad santa, Ne 2, 1-10. La historia de Ester se desarrolla en la ciudad de S., donde vivía con su tío Mardoqueo, en tiempos del rey Asuero, o Jerjes I, rey de Persia. Susana, hebreo lirio. Nombre propio de mujer. 1. Personaje de una de las adiciones griegas hechas al libro de Daniel, con el título de Susana y el juicio de Daniel, Dn 13. Estas adiciones son consideradas apócrifas por el canon hebreo así como por el protestante; pero forman parte de los textos deuterocanónicos para el catolicismo y los ortodoxos.
S. según Daniel, era una muchacha bella, honrada y fiel a Dios, formada en el acatamiento a la Ley de Moisés, casada con un judío importante llamado Joaquín y con quien vivía en Babilonia. S. se bañaba un día en el jardín de su casa y dos ancianos, jueces del pueblo, amigos de Joaquín, pretendieron infructuosamente de seducirla. Los ancianos, frustrados en su intento lascivo, acusaron a la virtuosa mujer de adulterio con un joven, y fue condenada a la lapidación, según manda la Ley para las adúlteras.
Cuando llevaban a S. a las afueras de la ciudad para ejecutar la sentencia apareció Daniel, quien hizo caer en contradicción a los ancianos, interrogándolos separadamente, cada uno de los cuales respondió que había visto a S. con el joven bajo un árbol diferente: el uno, que fue bajo una encina; el otro, que bajo una acacia. Esto salvó de la muerte injusta a S., mientras los dos ancianos perecieron apedreados, aplicándoseles la sentencia que ellos habían dictado contra la mujer de Joaquín. 2. Una de las mujeres que acompañaban a Jesús y a los doce y los asistían con sus propios bienes, Lc 8, 3.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.