Sacrificio
latín, sacrificium, algo convertido en sagrado. Ofrenda presentada a una divinidad, en un ritual, como muestra de amor y agradecimiento; para calmar su cólera; o para pedir su favor o alejar una amenaza o una desgracia y encontrar auxilio. Los sacrificios podían ser cruentos, el ofrecimiento de víctimas humanas o animales; e incruentos, de frutas, flores, vino. Los griegos primitivos, por ejemplo, sacrificaban animales a sus dioses, y comían de la víctima en un banquete sagrado para sellar la unión con la divinidad.
En la Ley se establecen varios tipos de s. y se distingue entre cruentos e incruentos. Entre los primeros está, el holocausto, Se distinguían varias formas de s.: el holocausto, ola, lo que sube al altar o lo que sube al cielo en forma de humo, más citado en el A. T.; se presentaba como s. entero, 1 S, 79, o quemado totalmente, sin la sangre. Se hacía el sacrificio diario, uno por la mañana, otro por la tarde, Nm 28, 3; 2 R 16, 15. También se hacía en grandes festines, Nm 8; 1 R 9, 25. Como el holocausto era un homenaje a Dios se sacrificaban animales como corderos, toros o cabritos; y en caso de pobreza, una tórtola o una paloma, que debían ser machos y sin defecto.
Otro s. el más antiguo, era el de paz, seba selamin, se celebraba en una cena, y se ofrecía un animal en holocausto, luego los oferentes celebraban la fiesta, después de haberse purificado y regocijado en Dios.
Otro tipo de s. era el propiciatorio o por el pecado que era el más importante para la expiación de los pecados.
Otro el s. por la culpa, asam, relacionado con el s. por el pecado. Cristo es identificado como víctima del sacrificio, 1 Co 5, 7; Ef 5,2; Hb 10, 12-13. Además se hacían s. humanos que se practicaban por los pueblos vecinos de los israelitas; entre éstos estaban expresamente prohibidos, Lv 18, 21.
Los cananeos solían sacrificar a sus propios hijos en situaciones precarias; como Mesá, rey de Moab, que ante la situación en que los israelitas habían conquistado casi todo su reino, tomó a su primogénito y sucesor en el trono y le ofreció en holocausto sobre la muralla, 2 R 3, 27. Abraham, por mandato de Dios, debía ofrecerle en holocausto a su hijo Isaac, Gn 22.
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