Lengua
La l. puede ser al mismo tiempo un castigo por el pecado de orgullo de los hombres (confusión de lenguas Gn 11, 1-9) y señal de la pluralidad de la raza humana (cfr. Gn 10, 5). En el relato bíblico llama la atención el hecho de que si bien es cierto que Dios habla, no posee una determinada l., sino que en sus relaciones con los hombres siempre se expresa en la l. que le es propia. Esto distingue la comprensión bíblica de Dios de las tradiciones de otros pueblos basadas en los oráculos. Tampoco existe diferenciación alguna en la Biblia entre l. sagrada y profana. Hasta el judaísmo postbíblico no se dan tales consideraciones al declarar el hebreo como l. de Dios (Biblia) y el arameo como l. coloquial.
Este hecho pone de manifiesto que las Sagradas Escrituras no pretenden representar un dictado literal divino, sino un relato de las experiencias históricas emanadas de Dios.
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