Job
personaje central del libro sapiencial del A. T., del mismo nombre.
Los escasos datos que se conocen de J. son de su mismo libro donde se dice que era del país de Us, tal vez, al sur de Edom, mencionado en Gn 36, 28; Lm 4, 21; además de dos alusiones, una en Ez 14, 14, nombrado al lado de Noé y Daniel; otra en St 9, 11, donde se le pone como ejemplo de paciencia. Algunos creen que J. fue redactado desde muy antiguo, hasta se le atribuyó a Moisés; pero, la mayor parte de los estudiosos lo sitúan en la época postexílica, 500 al 250 a. C. Posiblemente, su autor se inspiró en una historia popular, en una epopeya israelita o edomita de los comienzos de la monarquía en Israel. El libro de J. tiene cinco secciones: 1. Un prólogo en prosa, capítulos 1 y 2. Job era un hombre justo, recto, piadoso, temeroso de Dios y apartado del mal. También un hombre acaudalado, padre de una numerosa familia. Un día, los Hijos de Dios se presentaron ante Yahvéh, y entre ellos Satán. Dios pregunta a Satán si se había fijado en J., pues nadie en la tierra como él, íntegro, temeroso de Dios, apartado del mal. Satán respondió que su conducta se debía a que había sido rodeado de toda clase de comodidades y riquezas; que bastaba poner la mano sobre sus posesiones para que maldijese a Dios. Dios convino en que J. fuera probado y Satán procedió a quitarle a J. sus riquezas y sus hijos; sin embargo J. no maldijo a Dios, dijo: “Yahvéh me lo ha dado y Yahvéh me lo ha quitado. Bendito sea el nombre de Yahvéh”, 1, 21. Posteriormente, Satán hirió a J. con úlceras malignas, que invadieron toda su humanidad. Con todo, J. se negó a maldecir a Dios. Su mujer le insistió en que maldijera a Dios y le recriminó que aun así persistiera en su integridad. J. le dijo: “¡Resulta que estamos dispuestos a recibir de Dios lo bueno y no lo estamos para recibir lo malo!”, 2, 10. Tres amigos de J., Elifaz de Temán, Bildad de Súaj y Sofar de Naamat, conocieron de su desgracia y fueron a consolarlo. Ante el terrible sufrimiento de J., sus amigos lloraron, rasgaron sus mantos, echaron ceniza en sus cabezas y se sentaron al lado de su amigo, durante siete días y siete noches sin pronunciar palabra. 2. Un ciclo de discursos, diálogo entre J. y los tres de amigos, capítulos 3 al 31. J. comienza por maldecir el día de su nacimiento, dice: “¿Por qué no morí antes de nacer o salí del vientre ya cadáver? ¿Por qué me acogieron dos rodillas, dos pechos para amamantarme?”, 3, 12-13. Los amigos, entonces, intervienen por turnos. Elifaz habla moderadamente; Sofar, por su juventud, habla vehementemente; y Bildad se mantiene en el término medio. Pero los tres coinciden en el concepto de la retribución terrestre, lo que quiere decir que si J. es castigado con tal sufrimiento es porque ha pecado. J., en su interior puede juzgarse justo, pero no lo es a los ojos de Dios. J. proclama firmemente su inocencia, se irrita ante sus amigos, que endurecen su posición. J. busca una explicación a su dolor y choca con el misterio de Dios justo que atormenta al justo. Forcejea entre la rebeldía y la sumisión. En esta oscilación, J. llega a dos puntos culminantes, su fe inquebrantable, 19: “Yo sé que vive mi Defensor, que se alzará el último sobre el polvo, que después que me dejen sin carne, veré a Dios”, 19, 25-26; y la apología de su inocencia, en la que pide ser pesado en una balanza fiel, 31. 3. Diálogo entre Job y Elihú, un cuarto amigo, capítulos 32 al 37; esta parte añadida por otro escritor o por el editor del libro. Elihú, menor que los demás, refuta tanto a J. como a sus tres amigos. A J. “porque pretendía tener razón frente a Dios”, 32, 2; y a los tres magos de J. “por no haber encontrado respuesta y haber dejado así culpable a Dios”, 32, 3.
Elihú termina diciendo: “No podemos llegar hasta Shadday sublime por su fuerza y equidad, maestro de justicia que no oprime”, 37, 23. 4. Los discursos de Yahvéh, 38, 1 a 42, 6. Yahvéh interviene “desde el seno de la tormenta”, 38, 1. Yahvéh ataca a J. y lo reta a que se defienda. Parece que Yahvéh ignora la petición de J. de una explicación a su dolor. Por el contrario, lo increpa por su presunción de querer comprender los caminos y la omnipotencia de Dios, y, podría decirse, acudiendo a una expresión bíblica, “con los ojos de la carne”: “¿Quién es éste que denigra mi designio diciendo tales desatinos?”, 38, 2; lo llama “el censor de Shadday”, 40, 2.
Yahvéh habla y revela su trascendencia sus misterios y designios y J. queda en silencio. J., entonces, reconoce que ha hablado neciamente: “Hablé a la ligera, ¿qué replicaré? Mejor si me tapo la boca con la mano”, 40, 4. J., al fin, capta el misterio de Dios y se inclina ante su omnipotencia.
Sus preguntas quedan sin respuesta pero comprende que Dios no tiene por qué dar explicaciones, que su sabiduría puede dar sentido a realidades como el dolor humano, como la muerte. J. dice, en este sentido: “Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos”, 42, 5. 5. Epílogo, 42, 7-17. En este final, en prosa, Yahvéh dice a los tres amigos de J. que está enfadado con ellos “pues no habéis hablado bien de mí, como mi siervo J.”, 42, 7; y que no los castigará por consideración a su siervo J. Yahvéh, entonces, cambió la suerte de J., duplicó sus posesiones, le bendijo con siete hijos y tres hijas. J. murió de ciento cuarenta años, habiendo conocido a sus nietos y bisnietos.
Jobab, hijo de Reuel el madianita, suegro de Moisés, Nm 10, 29. En Jc 1, 16 y 4, 11 J. aparece como suegro de Moisés, pero, lo más seguro es que era hijo de ® Jetró, suegro de Moisés. Los descendientes de J. se asentaron en Judá, al sur de Arad. Jodá, bisnieto de Zorobabel que aparece en la genealogía de Jesús, Lc 3, 26.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.