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2 Corintios 3

Nuevo Testamento (AFM 1995)

1¿Empezamos de nuevo a alabarnos? ¿O es que, como otros, necesitamos cartas de recomendación para vosotros o de vosotros?

2Nuestra carta sois vosotros, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres;

3porque es manifiesto que sois una carta de Cristo redactada por nosotros, y escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas que son corazones de carne.

4Esta es la confianza que por Cristo tenemos ante Dios.

5No es que por nosotros mismos seamos capaces de pensar algo como propio, sino que nuestra capacidad viene de Dios,

6que nos ha hecho idóneos para ser ministros del Nuevo Testamento, no de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, pero el Espíritu vivifica.

7Y si el ministerio de la muerte, grabado en letras sobre piedras, resultó glorioso hasta el punto de no poder mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, si bien pasajera,

8¿cómo no va a ser más glorioso el ministerio del Espíritu?

9Pues si fue glorioso el ministerio de la condenación, mucho más lo aventajará en gloria el ministerio de la justicia.

10En este sentido, deja de ser glorioso aquel ministerio, comparado con esta gloria sobreeminente.

11Pues si aquello que era pasajero fue glorioso, mucho más glorioso será lo permanente.

12Teniendo, por tanto, esta esperanza, caminamos con mucha seguridad;

13y no como Moisés, que se ponía un velo sobre su rostro para que no vieran los hijos de Israel el fin de lo que era pasajero.

14Pero se embotaron sus inteligencias. De ahí que hasta el día de hoy permanece sin descorrer ese mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento, ya que solo en Cristo ha sido removido.

15Hasta hoy, al leer a Moisés, continúa puesto el velo sobre sus corazones.

16Pero cuando se conviertan al Señor, se descorrerá el velo.

17Pues el Señor es Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.

18Y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como espejos la gloria del Señor, nos vamos transformando en su misma imagen, cada vez más gloriosos, según la acción del Espíritu del Señor.

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