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Lucas 8

La Buena Noticia - Felipe de Fuenterrabía (NT)

1Las proveedoras de Jesús. Algún tiempo después, andaba Jesús recorriendo las ciudades y aldeas y predicando la buena nueva del reino de Dios. Le acompañaban los doce

2y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades, como María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios,

3Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les atendían con sus bienes. /par

4Parábola del sembrador. Con ocasión de un gran concurso de gente que había acudido a él de todas las ciudades, les dijo empleando una parábola:

5Salió un sembrador a sembrar su simiente; y según iba sembrando, una parte cayó en el camino, donde fue pisada y comida por las aves del cielo.

6Otra parte cayó sobre roca; y, apenas nacida, se secó por falta de humedad.

7Otra cayó entre espinos; crecieron éstos al mismo tiempo, y la ahogaron.

8Y otra cayó en tierra buena; y, después que creció, produjo el ciento por uno. El que tenga entendimiento que discurra. /par

9Razón por la que Jesús habla en parábolas. Como le preguntasen luego los discípulos qué quería decir aquella parábola,

10les dijo: A vosotros ha concedido Dios conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás se propone en parábolas, de forma que, viendo, no vean, y oyendo, no entiendan. /par

11Jesús explica la parábola del sembrador. Este es el sentido de la parábola: la semilla es la palabra de Dios.

12Los que están en el camino son los que la han escuchado; pero viene luego el diablo y arrebata de su corazón la palabra para que no crean y se salven.

13Los que sobre la roca son aquellos que, oída la palabra, la recogen con alegría, pero no tienen raíces. Creen por algún tiempo; pero, cuando viene la tentación, sucumben.

14Lo que cayó entre espinos son aquellos que, después de haberla escuchado, viven ahogados por las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida, y no dan fruto.

15Finalmente lo que se sembró en tierra buena son aquellos que con un corazón noble y generoso escuchan y retienen la palabra; y dan fruto con constancia. /par

16Parábola de la lámpara. Nadie enciende una lámpara para cubrirla con una vasija ni para ponerla debajo de la cama; sino que la pone sobre un candelero, a fin de que los que entren tengan luz.

17Puesto que no hay nada oculto que Dios no ponga al descubierto; ni secreto que no dé a conocer y saque a luz.

18Por lo tanto mirad cómo escucháis, pues al que tiene, Dios dará; pero al que no tiene, aun aquello que parecía tener, ha de quitar. /par

19La verdadera parentela de Jesús. Y su madre y sus hermanos vinieron a donde él estaba; pero no podían acercarse a él por el gentío que había.

20Alguno le pasó este aviso: Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y te quieren ver.

21Jesús les respondió: Mi madre y mis hermanos son éstos, los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra. /par

22Jesús apacigua la tempestad. Un día entró Jesús en una barca con sus discípulos, y les dijo: Vamos a pasar a la otra parte del lago. Y se hicieron a la mar.

23Y durante la travesía se quedó dormido; entretanto una violenta tempestad caía sobre el lago y se iban llenando de agua con peligro de hundirse.

24Llegáronse a él y lo despertaron, gritando: Maestro, maestro, que perecemos. Despertó Jesús e increpó al viento y a las olas alborotadas; éstas se aquietaron y el mar quedó luego en calma.

25Entonces les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Y, llenos de temor y admiración, se preguntaban unos a otros: Pero, ¿quién es éste? Hasta al viento y al mar da órdenes y le obedecen. /par

26Jesús cura al endemoniado de Gerasa. Arribaron luego a la región de los gerasenos, que está en la ribera opuesta de Galilea.

27Y, luego que saltó Jesús a tierra, le salió al encuentro un endemoniado de la ciudad, que desde hacía mucho tiempo no se cubría con vestido alguno ni vivía en casa, sino que hacía su vida en los sepulcros.

28Apenas vio a Jesús, dando alaridos, vi no a postrarse ante él; y en alta voz le dijo: Yo no tengo que ver nada contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo. Te pido por favor que no me martirices.

29Jesús apremiaba al espíritu impuro a que saliese de aquel hombre. Muchas veces en verdad lo arrebataba violentamente; y, por más que le ponían encima grillos y cadenas para tenerlo sujeto, hacía saltar las ataduras; y, hostigado por el demonio, se escapaba a los parajes desiertos.

30¿Cuál es tu nombre?, le preguntó Jesús. Y él respondió: Legión. Porque eran muchos los demonios que en él habían entrado.

31Y le pedían que no les mandara volver al abismo.

32Como andaba por allí una gran piara de puercos, paciendo en el monte, le pidieron que les dejase entrar en ellos. Jesús se lo permitió.

33Saliendo, pues, los demonios de aquel hombre, entraron en los puercos; y la piara se lanzó con toda furia por una pendiente al mar, ahogándose todos en él.

34Viendo los porqueros lo que había sucedido, fueron corriendo a contarlo a la ciudad y a los caseríos;

35la gente salió a ver lo que había ocurrido; y, cuando llegaron a donde estaba Jesús, se encontraron con que aquel hombre de quien habían salido los demonios, estaba escuchándole vestido y en su sano juicio, por lo que quedaron espantados.

36Y los que habían estado presentes les refirieron cómo había sido curado el endemoniado.

37Con eso toda la gente de la región de los gerasenos comenzó a rogarle que se marchara, porque estaban poseídos de mucho miedo. Jesús entró en la barca y se retiró de allí.

38El hombre aquel de quien habían salido los demonios, le suplicaba que lo llevase en su compañía; pero él lo despidió con estas palabras:

39Vuélvete a tu casa, y cuenta todo lo que Dios ha hecho en tu favor. Así fue recorriendo la ciudad, dando a conocer el beneficio que Jesús le había dispensado. /par

40Jesús cura a la hemorroísa y resucita a la hija de Jairo. /par Cuando ya volvía Jesús, fue recibido por la gente, pues todos le estaban esperando.

41De improviso se presentó un hombre llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga. Y, postrándose a los pies de Jesús, le instaba a que viniese a su casa,

42porque tenía una hija única de unos doce años, que se estaba muriendo. Jesús, según iba camino adelante, iba sufriendo las apreturas de la gente.

43Y una mujer, que padecía flujo de sangre desde hacía ya doce años y que había gastado en médicos toda su hacienda, sin conseguir de ninguno la curación,

44se acercó por detrás y tocó la extremidad de su vestido. Al instante cesó su flujo de sangre.

45Entonces Jesús preguntó: ¿Quién me ha tocado? Como todos dijesen que no, saltó Pedro diciendo: Maestro, la gente te estrecha y apretuja por todas partes.

46Pero Jesús añadió: Alguno me ha tocado porque yo he notado que ha salido de mí una virtud curativa.

47La mujer, viéndose descubierta, se llegó temblando; y, echándose a sus pies, declaró ante la gente el motivo, por qué lo había tocado y cómo al instante había quedado sana.

48Jesús le dijo: Hija mía, tu fe te ha curado, vete en paz.

49Aún estaba él hablando, cuando llegó un hombre, mandado por los familiares del jefe de la sinagoga con la siguiente noticia: Tu hija ha muerto; no molestes ya al maestro.

50Jesús, al oír sus palabras, dijo al padre de la niña: No te apures. Basta que creas y vivirá.

51Y, una vez llegados a casa, prohibió que lo acompañase nadie fuera de Pedro, Juan y Santiago y el padre y la madre de la niña.

52Mientras tanto, todos estaban llorando, haciendo duelo por ella. Jesús les dijo: No lloréis. La niña no está muerta. Está dormida.

53Y se burlaban de él, porque sabían que estaba bien muerta.

54Jesús, tomándola de la mano, exclamó en voz alta: Niña, levántate.

55Y su alma volvió a entrar en ella, con lo que al momento se levantó. Luego Jesús dio orden de que diesen de comer a la niña.

56Sus padres quedaron llenos de estupor. Pero él les mandó que no contasen a nadie lo sucedido.

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