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Mateo 8

Biblia del Peregrino (1993)

1Cuando bajaba del monte le seguía una gran multitud.

2Un leproso se le acercó, se postró ante él y le dijo: Señor, si quieres, puedes sanarme.

3Él extendió la mano y le tocó diciendo: Lo quiero, queda sano. Y en ese instante se sanó de la lepra.

4Jesús le dijo: No se lo digas a nadie; ve a presentarte al sacerdote y, para que les conste, lleva la ofrenda establecida por Moisés.

5Al entrar en Cafarnaún, un centurión se le acercó y le suplicó:

6Señor, mi criado está en casa, acostado con parálisis, y sufre terriblemente.

7Jesús le contestó: Yo iré a sanarlo.

8Pero el centurión le replicó: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que pronuncies una palabra y mi criado quedará sano.

9También yo tengo un superior y soldados a mis órdenes. Si le digo a éste que vaya, va; al otro que venga, viene; a mi sirviente que haga esto, y lo hace.

10Al oírlo, Jesús se admiró y dijo a los que le seguían: Os lo aseguro, una fe semejante no la he encontrado en ningún israelita.

11Os digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios.

12Mientras que los ciudadanos del reino serán expulsados a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

13Al centurión, Jesús le dijo: Ve y que suceda como has creído. En aquel instante [su criado quedó sano.

14Entrando Jesús en casa de Pedro, vio a su suegra acostada con fiebre.

15La tomó de la mano, y se le fue la fiebre; entonces ella se levantó y se puso a servirle.

16Al atardecer le trajeron muchos endemoniados. Él con una palabra expulsaba los demonios, y todos los enfermos se sanaban.

17Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías: Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades.

18Al ver Jesús la multitud que lo rodeaba, dio orden de atravesar el lago.

19Entonces se acercó un letrado y le dijo: Maestro, te seguiré adonde vayas.

20Jesús le contestó: Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero este Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.

21Otro discípulo le dijo: Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre.

22Jesús le contestó: Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos.

23Cuando subía a la barca le siguieron los discípulos.

24De pronto se levantó tal tempestad en el lago que las olas cubrían la embarcación, mientras tanto, él dormía.

25Los discípulos se acercaron y lo despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!

26Él les dijo: ¡Qué cobardes y hombres de poca fe sois! Se levantó, increpó a los vientos y al lago, y sobrevino una gran calma.

27Los hombres decían asombrados: ¿Quién es éste, que hasta los vientos y el lago le obedecen?

28Al llegar a la otra orilla y entrar en territorio de gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados salidos de los sepulcros; eran tan violentos que nadie se atrevía a pasar por aquel camino.

29De pronto se pusieron a gritar: ¡Hijo de Dios!, ¿qué tienes contra nosotros? ¿Has venido antes de tiempo a atormentarnos?

30A cierta distancia había una gran piara de cerdos hozando.

31Los demonios le suplicaron: Si nos echas envíanos a la piara de cerdos.

32Él les dijo: Id. Ellos salieron y se metieron en los cerdos. La piara en masa se lanzó por un acantilado al lago y se ahogó en el agua.

33Los pastores huyeron, llegaron al pueblo y contaron lo que había sucedido con los endemoniados.

34Toda la población salió al encuentro de Jesús y al verlo le suplicaban que se marchara de su territorio.

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