Hechos 22
Biblia del Peregrino (1993) ›1Hermanos y padres, escuchad mi defensa.
2Al oír que les hablaba en hebreo, se estuvieron más quietos. Él dijo:
3Soy judío, natural de Tarso de Cilicia, aunque educado en esta ciudad, instruido con toda exactitud en la ley de nuestros antepasados, a los pies de Gamaliel, entusiasta de Dios como todos vosotros lo sois actualmente.
4Yo perseguí a muerte ese Camino, arrestando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres,
5como pueden atestiguarlo el sumo sacerdote y el senado en pleno. De ellos recibí carta para los hermanos y me puse en camino hacia Damasco para arrestar a los de allí y conducirlos a Jerusalén para ser castigados.
6Yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia el mediodía, de repente una luz celeste, intensa, resplandeció en torno a mí.
7Caí en tierra y escuché una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
8Contesté: ¿Quién eres, Señor? Contestó: Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.
9Los acompañantes veían la luz, pero no oían la voz del que hablaba conmigo.
10Yo le dije: ¿Qué debo hacer, Señor? Contestó el Señor: Álzate y ve a Damasco; allí te dirán lo que está dispuesto que hagas.
11Como no veía, deslumbrado por el brillo de aquella luz, los acompañantes me llevaron de la mano y así llegué a Damasco.
12Un tal Ananías, hombre piadoso y observante de la ley, de buena reputación entre todos los judíos de la ciudad,
13vino a visitarme, se presentó y me dijo: Hermano Saulo recobra la vista. En aquel momento pude verlo a él.
14Me dijo: El Dios de nuestros padres te ha destinado a conocer su designio, a ver al Justo y a escuchar directamente su voz;
15pues serás su testigo ante todo el mundo de lo que has visto y oído.
16Por tanto no tardes: bautízate y lávate de los pecados invocando su nombre.
17Cuando volví a Jerusalén, estando en oración en el templo, caí en éxtasis
18y lo vi que me decía: Sal a toda prisa de Jerusalén, porque no van a aceptar tu testimonio acerca de mí.
19Repliqué: Señor, ellos saben que yo arrestaba a los que creían en ti y los azotaba en las sinagogas.
20También que, cuando se derramaba la sangre de tu testigo Esteban, yo estaba allí, aprobando y guardando la ropa de los que lo mataban.
21Él me dijo: Ve que yo te envío a pueblos lejanos.
22Hasta ese punto habían estado escuchando, después alzaron la voz diciendo: Echa del mundo a ése; no puede seguir viviendo.
23Como seguían gritando y rasgándose los vestidos y echando polvo al aire,
24el comandante mandó que lo introdujeran en la fortaleza y lo interrogasen a latigazos para averiguar por qué motivo clamaban contra él.
25Cuando lo estiraban con correas, Pablo dijo al centurión allí presente: ¿Os está permitido azotar sin proceso a un ciudadano romano?
26Al oírlo, el centurión fue a avisar al comandante: ¿Qué vas a hacer? Ese hombre es romano.
27El comandante se acercó y le preguntó: Dime, ¿eres romano? Contestó: Sí.
28Repuso el comandante: Yo he comprado la ciudadanía por una buena suma. Pablo dijo: Yo la poseo de nacimiento.
29Inmediatamente se apartaron de él los que lo iban a interrogar. El comandante se asustó al saber que lo tenía arrestado siendo romano.
30Al día siguiente, queriendo apurar con certeza las acusaciones que le hacían los judíos, lo soltó y mandó reunirse a los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno. Después hizo bajar a Pablo y se lo presentó.