Hebreos 6
Biblia del Peregrino (1993) ›1Por eso dejaremos lo elemental de la doctrina cristiana y nos ocuparemos de lo maduro. No vamos a echar otra vez los cimientos, o sea: el arrepentimiento de las obras muertas, la fe en Dios,
2las enseñanzas sobre el bautismo y la imposición de manos, la resurrección de los muertos y el juicio definitivo.
3Así procederemos, si Dios nos lo concede.
4Pues los que una vez han sido iluminados, han gustado el don celeste, han participado del Espíritu Santo,
5han saboreado la Palabra buena de Dios y el dinamismo de la edad futura,
6si después apostatan, no pueden contar con otra renovación, crucificando de nuevo y exponiendo al escarnio, para su arrepentimiento, al Hijo de Dios.
7Una tierra que bebe la lluvia frecuente y produce plantas útiles para los que la cultivan recibe una bendición de Dios;
8pero si da cardos y espinas, es inútil y poco menos que maldita, y acabará abrasada.
9Aunque os hablamos así, queridos, creemos de vosotros lo mejor, lo que conduce a la salvación;
10ya que Dios no es injusto y no olvida vuestras obras ni el amor que mostrasteis en su Nombre sirviendo antes y ahora a los consagrados.
11Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre hasta el final la misma diligencia, hasta que se cumpla lo que esperáis;
12que no seáis perezosos, sino imitadores de los que, por la fe y la paciencia, heredan lo prometido.
13Cuando Dios hizo una promesa a Abrahán, como no tenía nadie más grande por quien jurar, juró por sí mismo
14diciendo: Te he de bendecir, he de multiplicar tu descendencia.
15Abrahán tuvo paciencia y alcanzó lo prometido.
16Los hombres juran por alguien más grande, y el juramento confirma y zanja cualquier discusión.
17Así Dios, queriendo probar abundantemente a los herederos de la promesa que su decisión era irrevocable, interpuso un juramento.
18Así, con dos actos irrevocables, en los que Dios no puede mentir, tenemos un consuelo válido los que hemos buscado refugio agarrándonos a la esperanza propuesta.
19Ella es como un ancla firme y segura del alma, que penetra hasta dentro de la cortina,
20a donde Jesús entró como precursor nuestro, nombrado sumo sacerdote perpetuo en la línea de Melquisedec.