Mateo 8
Nuevo Testamento CEBIHA ›1JESUS, OBRADOR DE MILAGROS. CURA UN LEPROSO (Mc 1,40; Lc 5,12).— Cuando bajó del monte, le siguieron las turbas.
2Y he aquí que un leproso, se le acerca y se postra ante Él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
3Y tendiendo la mano, le tocó y dijo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra.
4Dícele Jesús: Mira, a nadie lo digas, sino anda, muéstrate al sacerdote y ofrece el don que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio.
5FE DEL CENTURIÓN (Lc 7,1).— Habiendo entrado Él en Cafarnaúm, se le acercó un centurión suplicándole:
6“Señor, mi siervo yace paralítico en casa, terriblemente atormentado.
7Dícele Jesús: Yo iré a curarle.
8Y respondió el centurión: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; pero dilo sólo de palabra, y quedará curado mi siervo.
9Porque, siendo yo un hombre sujeto al mando, tengo bajo mis órdenes soldados y digo a éste: Ve, y va; ya otro: ven, y viene, y a mi siervo: haz esto, y lo hace.
10Al oírlo Jesús, se admiró y dijo a los que le seguían: Os aseguro que en nadie de Israel encontré tanta fe.
11Os digo, pues, que muchos del Oriente y del Occidente vendrán, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos;
12pero los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y crujir de dientes.
13Y dijo Jesús al centurión: Anda, sucédate como creíste. Y sanó el siervo en aquella misma hora.
14CURACIÓN DE MUCHOS (Mc 1,29; Lc 4,38).— Cuando vino Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste, que yacía en cama y con fiebre;
15le tomó la mano, y le desapareció la fiebre; se levantó, y le servía.
16Caída ya la tarde, le presentaron muchos endemoniados, y expulsó a los espíritus con su palabra, y curó a todos los que se hallaban mal;
17para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta Isaías: Él tornó nuestras flaquezas, —y cargó con nuestras enfermedades.
18EXIGENCIAS DE LA VOCACIÓN (Lc 9,57).— Viendo Jesús muchas gentes en torno suyo, ordenó marchar a la otra orilla.
19Entonces llegóse un escriba, y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.
20Dícele Jesús: Las raposas tienen cuevas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
21Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya a sepultar a mi padre.
22Dícele Jesús: Sígueme y deja que los muertos sepulten a sus muertos.
23TEMPESTAD CALMADA (Mc 4,35; Lc 8,22).— Y subiendo Él a una barca, le siguieron sus discípulos.
24De pronto, se alborotó el mar en tal manera, que las olas cubrían la barca; pero Él dormía.
25Acercáronse los discípulos y le despertaron, diciendo: Señor, sálvanos, que perecemos.
26Díceles: ¿Por qué tembláis, hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar y sobrevino la gran calma.
27Y, maravillados, decían los hombres: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?
28LOS POSESOS DE GERASA (Mc 6,1;Lc 8,26).— Al llegar Él a la orilla opuesta, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados salidos de los sepulcros, tan furiosos, que nadie podía pasar por aquel camino.
29Y gritaron: ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Viniste aquí antes de tiempo para atormentarnos?
30Pacía lejos de ellos una gran piara de cerdos;
31y los demonios le rogaban: Si nos echas, envíanos a la piara de los cerdos.
32Díjoles: Andad. Y saliendo ellos, se fueron a los cerdos; y al instante toda la piara se arrojó al mar por un precipicio, y murieron en las aguas.
33Los porqueros huyeron y, llegando a la ciudad, contaron todo, y también lo de los endemoniados.
34Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús, y, al verle, le rogaron que se retirase de sus confines.