PECADO ES TODA ACCIÓN U OMISIÓN VOLUNTARIA CONTRA LA LEY DE DIOS, que consiste en decir, hacer, pensar o desear algo contra los…
La Confesión
56. PECADO ES TODA ACCIÓN U OMISIÓN VOLUNTARIA CONTRA LA LEY DE DIOS, que consiste en decir, hacer, pensar o desear algo contra los mandamientos de la Ley de Dios o de la Iglesia, o faltar al cumplimiento del propio deber y a las obligaciones particulares
56,1. «En sus juicios acerca de valores morales, el hombre no puede proceder según su personal arbitrio. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer... Tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente».
Puede ser interesante mi vídeo: El pecado: la gran bajeza, la gran locura, la gran primada, la gran canallada.
«El pecado es un misterio, y tiene un sentido profundamente religioso. Para conocerlo necesitamos la luz de la revelación cristiana. (...) El pecado escapa a la razón. Ni la antropología, ni la historia, ni la psicología, ni la ética, ni las ciencias sociales pueden penetrar su profundidad».
Algunos dicen que Dios no es afectado por el pecado.
El pecado, efectivamente, no afecta a la naturaleza divina, que es inmutable; pero sí afecta al «Corazón del Padre» que se ve rechazado por el hijo a quien Él tanto ama.
Si el pecado no ofendiera a Dios sería porque Dios no nos quiere. Si Dios nos ama, es lógico que le «duela» mi falta de amor. Lo mismo que le agradaría mi amor, le desagrada mi desprecio: hablo de un modo antropológico. Pero es necesario hacerlo así, para entendernos. Si Dios se quedara insensible ante mi amor o mi desprecio, sería señal de que no me ama, que le soy indiferente.
A mí no me duele el desprecio de un desconocido; pero sí, si viene de una persona a quien amo.
No es que el hombre haga daño a Dios. Pero a Dios le «duele» mi falta de amor.
El bofetón de su niñito no le hace daño a una madre, pero sí le da pena. Ella prefiere un cariñoso besín. Es cuestión de amor.
La inmutabilidad de Dios no significa indiferencia. La inmutabilidad se refiere a la esfera ontológica, pero no a la afectiva. Dios no es un peñasco: es un corazón. El Dios del Evangelio es Padre. La Filosofía no puede cambiar la Revelación.
Es un misterio cómo el pecado del hombre puede afectar a Dios. Pero el hecho de que el pecado afecta a Dios es un dato bíblico.
La Biblia expresa la ofensa a Dios del pecado con la imagen del adulterio.
«El pecado es ante todo ofensa a Dios».
El pecado ofende a Dios por lo que supone de rebelión.
David, arrepentido de su pecado, exclamaba: «Contra Ti pequé, Señor»30.
«El pecado es un no deliberado dado al amor redentor de Cristo, y esta negativa lastima a Cristo».
Hay hechos que tienen un significado importante.
Por eso Pío XI se negó a pagar al Estado Italiano una lira al año de contribución, pues eso suponía que el Estado Vaticano no era independiente.
«La Iglesia ha condenado la opinión de quienes sostenían que puede darse un pecado puramente filosófico, que sería una falta contra la recta razón sin ser ofensa de Dios».
«La Iglesia ha condenado la idea de que pueda existir un pecado meramente racional o filosófico, que no mereciera castigo de Dios».
El pecado está en la no aceptación de la voluntad de Dios, más que en la transgresión material de la ley.
Por eso, puede haber pecado sin transgresión material de la ley si existe el NO a Dios en la intención; mientras que puede haber transgresión de la ley sin pecado, si no se ha dado el NO a Dios voluntariamente.
El pecado no es algo que nos cae inesperadamente, como un rayo en medio del campo. El pecado se va fraguando, poco a poco, dentro de nosotros mismos.
Las repetidas infidelidades a Dios, los apegos desordenados consentidos, el irresponsable descuido de las cautelas, van preparando la caída.
56,2. La moral no consiste en el cumplimiento mecánico de una serie de preceptos, sino en nuestra respuesta cordial a la llamada de Dios que se traduce en una actitud fundamental en el servicio de Dios.
La opción fundamental es la orientación permanente de la voluntad hacia un fin.
Esta actitud «debe explicitarse en el fiel cumplimiento de los preceptos, no de modo rutinario, sino vivificado por el dinamismo que el Espíritu imprime en nuestros corazones.
»La opción fundamental no consiste en liberarse del cumplimiento de determinadas normas o preceptos, sino muy al contrario, en hacer una llamada a la interiorización y profundización de la vida de cada cristiano.
»La opción fundamental por Dios consiste en colocar a Dios en el centro de la vida.
»Concebirle como el Valor Supremo hacia el cual se orientan todas las tendencias, y en función del cual se jerarquizan las múltiples elecciones de cada día».
La opción fundamental es una decisión libre, que brota del núcleo central de la persona, una elección plena a favor o en contra de Dios, que condiciona los actos subsiguientes, y es de tal densidad que abarca la totalidad de la persona, dando sentido y orientación a su vida entera.
«Es claro que las actitudes determinan nuestro comportamiento moral de forma positiva o negativa».
Las actitudes son predisposiciones estables o formas habituales de pensar, sentir y actuar en consonancia con nuestros valores.
Son, por tanto, consecuencia de nuestras convicciones o creencias más firmes y razonadas de que algo «vale» y da sentido y contenido a nuestra vida. Constituyen el sistema fundamental por el que orientamos y definimos nuestras relaciones y conductas con el medio en que vivimos.
Evidentemente que en el hombre tienen más valor las actitudes que los actos. Hay «actos que expresan más bien la periferia del ser y no el ser mismo del hombre».
»Los actos verdaderamente valiosos son los que proceden de actitudes conscientemente arraigadas.
»Se ve claramente que, aunque la actitud sea lo que define auténticamente al ser moral del hombre, los actos tienen también su importancia, porque, repetidos, conscientes y libres van camino de convertirse en actitud».
Incluso podemos decir que hay actos de tal trascendencia que, si se realizan responsablemente y sin atenuantes posibles, son el exponente de una actitud interna.
No hace falta que el acto se repita para que sea considerado grave.
Por ejemplo: un adulterio o un crimen planeado a sangre fría, con advertencia plena de la responsabilidad que se contrae, buscando el modo de superar todas las dificultades, y sin detenerse ante las consecuencias con tal de conseguir su deseo, ¿qué duda cabe que compromete la actitud moral del hombre?
«La opción fundamental puede ser radicalmente modificada por actos particulares».
No es sincera una opción fundamental por Dios, si después esto no se confirma con actos concretos. Los actos son la manifestación de nuestra opción.
«Si la opción fundamental no va acompañada de actos singulares buenos, se ha de concluir que la tal opción se reduce a buenas intenciones».
«Es en las acciones particulares donde la opción fundamental de servir a Dios se puede vivir de verdad. (...) La ruptura de la opción fundamental no es sólo por apostasía».
Lo que sí parece cierto es que la actitud no cambia en un momento.
Los cambios vitales en el hombre son algo paulatino.
El pecado mortal que separa al hombre definitivamente de Dios es la consecuencia final de una temporada de laxitud moral. Por eso decimos que el pecado venial dispone para el mortal.
56,3. Algunos opinan que al final de la vida, Dios dará a todos la oportunidad de pedir perdón de sus pecados; pero esta posibilidad de la opción final no tiene ningún fundamento en la Biblia.
Por eso es rechazada por teólogos de categoría internacional como Ratzinger, Rahner, Pozo, Alfaro, Ruiz de la Peña, etc.
56,4. Hay, además otros pecados llamados pecados de omisión: «los pecados cometidos por los que no hicieron ningún mal..., más que el mal de no atreverse a hacer el bien, que estaba a su alcance». Jesucristo condena al infierno a los que dejaron de hacer el bien: «Lo que con éstos no hicisteis». A veces hay obligación de hacer el bien, y el no hacerlo es pecado de omisión.
«Se equivocan los cristianos, que pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga a un más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fueran ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época».
«Hoy es muy usual en algunos ambientes hablar de pecado social.
»Pero el pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona.
»Una sociedad no es de suyo sujeto de actos morales.
»Lo cierto es que el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás.
»Pero en el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas pecadoras».
Las estructuras de pecado se deben a los pecados de los hombres.
«Todo pecado es un ultraje a Dios. (...) En un sentido propio y verdadero tan sólo son pecado los actos que de forma consciente y voluntaria van contra la ley de Dios. (...) Por eso, precisamente, el hombre es la única creatura que puede ser pecadora entre los seres que componen la creación visible».
Aunque es cierto que pecados personales generalizados crean un ambiente de pecado, «no se puede diluir la responsabilidad personal en culpabilidades colectivas anónimas»
Hay que sentirse responsables de nuestros pecados que deterioran el ambiente. Hausherr, Profesor del Instituto Oriental de Roma, publicó un libro titulado Le Penthos en el que habla del influjo de algunos pecados en el medio ambiente espiritual del Cuerpo Místico de Cristo.
56,5. Las cosas que principalmente nos incitan y tientan a pecar son: a) el mundo (criterios relajados, costumbres corruptoras, ambientes pervertidos) con sus atractivos, que tienen fuerza seductora para los incautos que se dejan llevar por él. b) El demonio con sus tentaciones: engañando con apariencias de bien.
c) La carne con sus inclinaciones al pecado. La inclinación al pecado se llama concupiscencia. Ésta se concreta en los llamados siete pecados capitales que son: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.
Soberbia es un apetito desordenado a la autoestimación excesiva. Avaricia es una estima desordenada de los bienes materiales. Lujuria es un apego desordenado a los placeres de la sexualidad. Ira es un apetito de venganza. Gula es un apetito desordenado de comer o beber. Envidia es un pesar del bien ajeno o alegría de su mal. Pereza es una negligencia en el cumplimiento de las propias obligaciones.
Dice el Apóstol Santiago: «Cada cual es tentado por sus propias concupiscencias». Y San Juan: El que peca se hace esclavo del pecado». «El que peca se hace hijo de Satanás».
A veces, los malos ambientes pervierten a muchos católicos.
Como dijo Pablo VI, en una solemne alocución: «Muchos cristianos de hoy, en lugar de misionar, son misionados; en lugar de convertir, son convertidos; en lugar de comunicar el Espíritu de Jesús, son ellos contagiados por el espíritu del mundo».
No podemos vencer las tentaciones nosotros solos; pero tenemos la ayuda de Dios, su gracia, que la tenemos a nuestra disposición si la buscamos con la oración y los sacramentos.
Dice San Pablo que Dios no permite al demonio que nos tiente por encima de nuestras fuerzas.
Muchas veces el demonio se vale de los mismos hombres para hacernos pecar. Unas veces con su mal ejemplo. Otras, también con sus palabras.
Es necesario saber luchar contra los malos ambientes, y no dejarse arrastrar al pecado por el respeto humano.
El mejor medio para esto es huir de las malas compañías y juntarse con buenos amigos.
Ocurre con frecuencia que, en un grupo, los más indeseables llevan la voz cantante y dominan a una colección de individuos vulgares y endebles.
Ten mucho cuidado de que nadie atente contra la integridad y rectitud de tu personalidad.
Y si alguna vez te integras en alguno de estos grupos, ten la valentía suficiente para hacer un acto de independencia y abandonar el grupo, aunque tal vez la ruptura te traiga algún contratiempo desagradable. No importa. Es decir, esto tiene menos importancia y merece la pena afrontarlo.
La mejor manera de vencer los malos ambientes es tomar desde el primer momento una actitud decidida, clara, inquebrantable. Si ven que contigo es inútil, te dejarán en paz. Pero si ven que vacilas, volverán una y otra vez a la carga hasta tumbarte.
56,6. El respeto humano consiste en obrar mal por vergüenza de obrar bien temiendo al «qué dirán» los demás.
Y dijo Jesucristo: Si alguien se avergüenza de Mí delante de los hombres, Yo lo ignoraré delante de mi Padre
Es una cobardía indigna. Es vergonzoso tenerle miedo a la sonrisa maliciosa de una persona que -por su conducta- es indigna de nuestro aprecio.
En cambio, quien cumple con su deber por encima de todo, consigue la estima de todas las personas buenas, y también el respeto de las que no lo son, que -digan lo que digan por fuera- en su interior no tienen más remedio que reconocer y admirar la superioridad de la honradez y de la virtud.
En tu conducta has de ser valiente cuando otros quieran arrastrarte al mal. Pero no hay que fanfarronear.
Si la timidez y la cobardía desprestigian la virtud, no menos la desprestigia la fanfarronería, que la hace desagradable y antipática a todo el mundo.
Tu conducta ha de ser la de una persona entera, que sabe lo que es cumplir con su deber, pero que no por eso desprecia a los demás, sino que es amable con todos, y todos saben que se puede contar contigo cuando se trata de algo bueno. Si eres persona recta y amable, pronto tendrás quien te siga.
No hay nada tan atractivo como la virtud, cuando ésta es amable y valiente. La mayoría de las personas son imitadoras que siguen a las que entre ellas son capaces de dar ejemplo.
No olvides que tu conducta ejerce influjo en los demás.
Quizás tú no te des cuenta. Pero el buen ejemplo arrastra, a veces, todavía más que el malo.
Muchos no se atreven a ser los primeros y lo están esperando para seguirlo. Los cristianos deben, con su vida ejemplar, dar testimonio de la doctrina de Cristo.
«La transmisión de la fe se verifica por el testimonio... Un cristiano da testimonio en la medida en que se entrega totalmente a Dios, a su obra... Normalmente la verdad cristiana se hace reconocer a través de la persona cristiana».
56,7. También te recomiendo que seas santamente alegre.
Uno de los mejores apostolados es el apostolado de la alegría. Que todo el mundo vea que los que siguen a Cristo son los más felices y alegres.
La bondad no es ñoñería.
Sólo el bueno es verdaderamente alegre. La alegría del pecado es mentira, y su gusto se convierte en tormento.
La felicidad es un don de Dios, y es imposible lograrlo de espaldas a Él. Por eso, es frecuente que el pecador sea en el fondo una persona triste, aburrida, cansada, todo le fastidia, nada le ilusiona...
En cambio, después de hacer una buena confesión, ¿verdad que se siente un alivio y un consuelo especial?
En una tanda de Ejercicios Espirituales a obreros, uno me echó en el buzón un papel que decía: «es tanta la felicidad y alegría que he sentido después de confesarme, que no hay nada para mí en el mundo capaz de compararlo. Es algo fuera de lo material. Me he elevado de tal forma, que he llorado de alegría y de arrepentimiento. No soy digno de tanta felicidad». Textualmente. Al pie de la letra. No he modificado una palabra. Todavía conservo el papel como recuerdo de aquel obrero.
También conservo otro papel que me encontré después de las confesiones de otra tanda de Ejercicios. Dice así: «Padre, estoy rebosante de alegría. Tengo a Cristo en mi alma. En mi vida me he sentido tan feliz como ahora. Usted ha conseguido de mí que encuentre la verdadera felicidad».
El célebre poeta mejicano Amado Nervo confesó en su lecho de muerte, y después le decía a sus amigos: «Me he confesado y me siento completamente feliz».
Realmente que la felicidad de la tranquilidad de conciencia no puede compararse a la amargura que deja detrás de sí el pecado.
El placer egoísta, antes de gustarlo, atrae. Pero después desilusiona.
Y si en su satisfacción ha habido degradación, pecado, etc., el vacío que deja en el alma no tiene nada que ver con la felicidad que se siente después de hacer una buena obra donde se ha sacrificado algo.
56,8. El pecado es el peor de los males. Peor que la misma muerte, que sólo es un mal si nos sorprende en pecado. La muerte en paz con Dios es el paso a una eternidad feliz.
Todos los demás males se acaban con esta vida. Sólo el pecado atormenta en la otra.
Muchas personas endurecidas para lo espiritual, viven tranquilamente en el pecado, pero su sorpresa en la otra vida será terrible.
Entonces se darán cuenta de que se equivocaron en lo principal de su vida: salvarse eternamente.
Pero, sobre todo, el pecado es una ofensa a un Dios infinitamente bueno, a un Padre que me ama como nadie me ha amado jamás. Por eso el pecado es un mal que no tiene igual en esta vida.
«El hombre no puede renunciar a sí mismo, no puede hacerse esclavo de las cosas, de los sistemas económicos, de la producción y de sus propios productos» «Hay en el hombre un afán, a veces desmedido, de poseer, de gozar, de ser independiente. Se dan en él: ambición de dinero, hipocresía, injusticias, egoísmo, soberbia, cobardía, mentira. Estos vicios repercuten en la sociedad. Producen malestar, indignación, rebeldía.
»Jesús proclamó la verdad, no pactó nunca con el pecado y la injusticia. Esta actitud de rechazo y denuncia le llevó a la muerte.
»Jesús, al condenar el pecado, quería hacer una llamada a la dignidad del hombre: el hombre, por el pecado, además de rechazar a Dios se hace esclavo de las cosas que valen menos que él».
Dice San Juan Crisóstomo:
- «Cuando te veo vivir de modo contrario a la razón, ¿cómo te llamaré, hombre o bestia?
- Cuando te veo arrebatar las cosas de los demás, ¿cómo te llamaré, hombre o lobo?
- Cuando te veo engañar a los demás, ¿cómo te llamaré, hombre o serpiente?
- Cuando te veo obrar neciamente, ¿cómo te llamaré, hombre o asno?
- Cuando te veo sumergido en la lujuria, ¿cómo te llamaré, hombre o puerco?
- Peor todavía. Porque cada bestia tiene un solo vicio: el lobo es ladrón, la serpiente mentirosa, el puerco sucio; pero el hombre puede reunir los vicios de todos los brutos».
56,9. En la vida son necesarias normas morales.
«Todos los psicólogos insisten en que desde el comienzo de la vida el ser humano necesita de la ley. Nadie madura, ni se humaniza, cuando se deja llevar exclusivamente por sus gustos. (...) Esta misma ley es una exigencia que brota, también, de la dimensión comunitaria de la persona. (...) Su conducta debe tener en cuenta los derechos y obligaciones de cada uno para que sean posibles la convivencia social y el respeto mutuo. (...) Todo grupo que busque una cierta estabilidad y permanencia requiere un mínimo de institucionalización».
Los que rechazan toda moral («prohibido prohibir»), son unos hipócritas, pues ellos quieren imponernos sus normas. Ya dijo Ortega y Gasset: «De la moral, no es posible desentenderse».
A veces, en los medios de comunicación, aparecen personas, cuya vida desordenada es de dominio público, que manifiestan que no se arrepienten de nada: no sé si por ignorancia de la moral o por soberbia redomada. Pretenden que esté bien todo lo que ellos hacen. Sin embargo «la ausencia del sentimiento de culpabilidad no es ningún signo de progreso, sino que revelaría más bien una estructura psicológica deficiente. El fracaso de un proyecto humano o religioso, aunque no sea absoluto y definitivo, tiene que producir en una persona normal ciertas reacciones interiores que no la dejen tranquila e inmutable como si nada hubierta pasado. La culpabilidad, como el dolor o la fiebre en los mecanismos biológicos, hace sentir el mal funcionamiento de la persona y el deseo de una curación eficaz».
Hay personas que han perdido el sentido del pecado y rechazan la doctrina de la Iglesia cuando señala que una cosa es pecado. Dicen: «Yo no veo que eso sea pecado; además lo hace todo el mundo».
Eso no prueba nada.
Las cosas no se convierten en buenas por ser frecuentes: drogas, terrorismo, violaciones, etc.
Además la opinión de la mayoría no cambia la realidad observada por un entendido.
Hoy los famosos del arte, del deporte o del espectáculo se presentan como pedagogos de la sociedad. La tribuna se la facilitan los medios de comunicación: la revista, el micrófono o la cámara. Ellos hablan de todo, y de todo pontifican: sobre política, sobre religión, sobre moral, sobre la educación de los hijos, sobre las relaciones sexuales prematrimoniales, etc. Y el modelo, naturalmente, es lo que ellos hacen.
Que un experto dé su opinión sobre lo que entiende, es razonable. Pero que el famoso de turno dogmatice de lo que no sabe, es lamentable.
Decía Pascal: «Algunos justos se consideran pecadores, pero muchos pecadores se consideran justos». Dicen: «No tengo que arrepentirme de nada». Su soberbia les ciega.
La moral no puede cambiar con las modas de cada época.
Hoy está de moda permitir el aborto; pero siempre será una injusticia condenar a muerte a una persona inocente.
Hoy está de moda la democracia; pero la verdad y el bien no dependen de lo que diga la mayoría. Son valores absolutos.
Una minoría de entendidos vale más que una mayoría que no lo es.
Si se trata de la salud, vale más la opinión de tres médicos que el resto de un grupo mayoritario formado por una peluquera, un carpintero, una profesora de idiomas, un arquitecto, etc.
Lo mismo si se trata de pilotar un avión o de moral.
La democracia sólo es válida cuando todos los que opinan entienden del tema, por ejemplo en una consulta de médicos. Pero no basta la opinión de la mayoría, si ésta no entiende del tema.
Para saber si es verdad que la Tierra da vueltas alrededor del Sol, no lo sometes a votación en una tribu de la selva amazónica, que desconocen el tema.
Aunque todo el mundo dijera que el agua de tal fuente es potable, porque no ven en ella ningún microbio, si el encargado de la Salud Pública, ayudado de su microscopio, dice que el agua está contaminada, no se puede beber, aunque la gente no vea en ella nada malo.
La democracia mal empleada puede ser funesta. En frase de Francisco Bejarano «los ignorantes son muchísimo más numerosos que los sabios y los votos de unos y otros valen lo mismo».
La Iglesia tiene una especial asistencia de Dios para llevar los hombres a la salvación, es decir, para señalar lo que es bueno o es malo.
«Someter una cuestión ética a votación, no garantiza la bondad moral de la solución vencedora. (...) Una actuación es ética o no lo es, independientemente de las opiniones personales de los votantes».
Sobre la democracia Ortega y Gasset tiene estas ideas:
«Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. (...) Vivimos bajo el brutal imperio de las masas. (...) La soberanía del individuo no cualificado. (...) En nuestro tiempo domina el hombre-masa; es él quien decide. (...) Las masa populares buscan pan, y el medio que emplean es destruir la panaderías».
«Es una falacia muy extendida hoy día, que es demagógica y falsa: “el pluralismo democrático exige el relativismo ético”. Como si el respeto a la libertad de los demás se fundase en que no existe una verdad y un bien objetivos sobre las cosas y la naturaleza humana. Esto es un error. (...) Lo que nunca se puede hacer es utilizar la coacción y la violencia para imponer mi concepto de la verdad y lo bueno. Pero si no defiendo lo que yo considero que es bueno y verdadero, estaría siendo injusto con la gente que me rodea. (...) La democracia no es un mecanismo para definir lo que es verdadero o falso, bueno o malo. Creer que la votación popular es lo que define la bondad o malicia, la verdad o falsedad real de las cosas es un error. Convertir la democracia en el sustituto de la capacidad racional de hombre para conocer la verdad es una falacia. (...) La democracia no implica relativismo ético. El respeto a la libertad de conciencia no implica ocultar la verdad o el bien objetivo de las cosas. (...) Tenemos el derecho y la obligación de defender lo bueno y lo verdadero ante la sociedad para procurar que la verdad y el bien se reflejen en las leyes».
«No todo lo ordenado democráticamente tiene la garantía de ser justo»
dices.
Hoy está de moda el relativismo moral. A veces se oye decir:
«No hay verdades absolutas»: luego tampoco es verdad lo que tú
«Nadie puede conocer la verdad»: luego tú tampoco.
«Todas las generalizaciones son falsas»: luego ésta también.
«No seas dogmático»: luego tú tampoco.
«No me impongas tu verdad»: luego tú tampoco la tuya.
Hoy es frecuente un concepto peyorativo del sentimiento de culpabilidad.
Es cierto que en algunas ocasiones puede ser algo patológico, cuando no responde a causas objetivas.
Pero es perfectamente lógico que el que ha hecho algo malo tenga después remordimientos y sentimientos de culpabilidad. Lo mismo que la fiebre es consecuencia de la enfermedad, y el dolor de la herida.
El que después de hacer algo malo no tiene remordimientos ni sentimientos de culpabilidad es porque tiene el alma acorchada, lo cual es gravísimo.
«Cada uno de nosotros está obligado a obedecer a su conciencia». «Es a la conciencia a la que le corresponde la decisión última sobre el comportamiento moral del hombre».
La conciencia es el juicio moral de la inteligencia. Conciencia «es la capacidad fundamental del hombre de determinar sus obligaciones para con Dios».
«Hay algo en nuestra propia intimidad que nos dice “debes” o “no debes”. Hay una ley grabada en nuestra naturaleza, ley que no hemos impuesto nosotros mismos, de obrar el bien y evitar el mal».
Pero esta conciencia debe estar bien formada, porque el hombre puede engañarse a sí mismo considerando bueno lo que le gusta o conviene.
Por eso la Autoridad de la Iglesia, que es objetiva e independiente, señala lo que es bueno o malo.
Dice el Papa Juan Pablo II en su encíclica Veritatis splendor: «Existen normas objetivas de moralidad, válidas para todos los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Tenemos que amoldar nuestra conciencia a la enseñanza de Cristo y de la Iglesia».
«Es cierto que hay que seguir la conciencia, pero sin olvidar que ella no es la creadora de la norma moral, y que el Magisterio ha sido instituido para iluminar la conciencia».
La conciencia bien formada se ajusta al Magisterio de la Iglesia. Si lo ignora, se equivoca. Como un juez que desconoce la legislación: su sentencia puede ser equivocada. Y si su ignorancia de la leyes es culpable, él será responsable de su equivocación.
La conciencia no es autónoma.
«No es una fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo.; al contrario, en ella está grabado profundamente un principio de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con los preceptos y prohibiciones en los que se basa el comportamiento bueno».
«La conciencia es el juicio acerca de la licitud o ilicitud de una acción concreta del individuo. Es la norma subjetiva de la moralidad. Mientras que la norma objetiva suministra una información general sobre el carácter moral de las acciones humanas».84
Dijo Pablo VI el 13 de febrero de 1969: «La conciencia es intérprete de una norma superior, pero no es ella quien crea la norma».
«La función de la conciencia moral no es crear la ley, sino aplicarla a las circunstancias concretas de cada momento».
«Las cosas son como son, y no como a nosotros nos gustaría que fueran. Una mentira apoyada por la mayoría, no deja de ser mentira. El que no asume la realidad tal cual es, se hace daño a sí mismo y engaña a los demás».
Una conciencia equivocada no crea valores.
«La conciencia no obliga por sí misma, sino en cuanto refleja la verdad, porque es un instrumento de la verdad. Es la verdad la que obliga a través de la conciencia. (...) La conciencia no nace de la arbitrariedad, sino de su vínculo con la verdad. (...) La verdad no es algo que se crea, sino algo que se descubre».
Según Balmes,en El Criterio,«la verdad en las cosas es la realidad. La verdad en el entendimiento es conocer las cosas tales como son. La verdad en la voluntad es quererlas como es debido, conforme a las reglas de la sana moral. La verdad en la conducta es obrar por impulso de esta buena voluntad. La verdad en proponerse un fin es proponerse el fin conveniente y debido, según las circunstancias. La verdad en la elección de los medios es elegir los que son conformes a la moral y mejor conducen al fin. Hay verdades de muchas clases, porque hay realidad de muchas clases. Hay también muchas clases de conocer la verdad. No todas las cosas se han de mirar del mismo modo, sino del modo que cada una de ellas se ve mejor. Al hombre le han sido dadas muchas facultades; ninguna es inútil; ninguna intrínsecamente mala».
Hay actos que son malos porque están prohibidos (circular por una calle en sentido contrario al señalado por la flecha).
Pero también hay actos que son malos en sí mismos, porque van contra la dignidad de la persona humana (la calumnia).
Éstos se llaman actos intrínsecamente malos89.
«La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas».
Todos debemos preocuparnos de tener una conciencia bien formada. Pero algunas personas, por distintas razones, tienen una conciencia escrupulosa. Deben buscarse un sacerdote de su confianza, y dejarse dirigir por él. Ten en cuenta que el sacerdote es una persona preparada para estos temas, y además imparcial. Si él ve que eres culpable, te pide arrepentimiento y te perdona.
Pero si él ve que son escrúpulos irresponsables, no los quiere fomentar.
La solución está en que te fíes de lo que te dice el sacerdote, más de lo que tú sientas.
Hay que dejar claro que los escrúpulos, generalmente, pueden curarse, si la persona escrupulosa es dócil a los consejos de su director espiritual.
«La conciencia errónea no siempre está exenta de culpabilidad».
«Sólo la ignorancia invencible está exenta de culpabilidad».
Sólo la conciencia equivocada por error involuntario e inadvertido está libre de culpa. Pero en cuanto se descubra el error hay que rectificar.
«La conciencia errónea puede ser culpable de modo directo (cuando no se quiere saber para poder pecar libremente) o «in causa» (cuando no se ponen los medios debidos para formarla). En ambos casos esta conciencia errónea no excusa de pecado, incluso puede agravarlo».
La conciencia no está bien formada si no se atiende al Magisterio de la Iglesia, como dijo Juan Pablo II en el Segundo Congreso Internacional de Teología Moral.
«La Iglesia, a través de su Magisterio ordinario y extraordinario, es la depositaria y maestra de la verdad revelada. (...) Difícilmente se podrá hablar de rectitud moral de una persona que desoiga o desprecie el Magisterio eclesiástico: «el que a vosotros oye, a Mí me oye; y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia». Por lo tanto, para un cristiano, si no hay unión con la Jerarquía, no hay posibilidad de unión con Cristo. Ésta es la fe cristiana, y cualquier otra posibilidad queda al margen de la fe».
«Hay cristianos que viven habitualmente en estado de condenación, (...) sin que les importe nada, incluso encontrándose a gusto en esta terrible situación. Cristianos que, cuando se confiesan, apenas sienten pena de haber ofendido a Jesucristo, sino que miden su amor a Dios por el miedo que experimentan ante el pensamiento del infierno. Cristianos que no saben valorar la Pasión de Cristo, que viven como si no les importara su complicidad con la muerte del Señor, que se quedan fríos e indiferentes ante el dolor de la Madre Dolorosa».
«Una conciencia que no quiera buscar la verdad objetiva sería una conciencia moralmente culpable».
El célebre moralista Häring dice: «Los psiquiatras y los psicólogos de profundidades han logrado disipar completamente sentimientos de culpabilidad, explicándolos como meros restos neuróticos de ansiedades reprimidas de infancia. (...) Yo no me opongo a la psicoterapia, como tal, sino a una psicoterapia que niega absolutamente la culpa».
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