Jesucristo fundó la Iglesia Católica para comunicarnos por ella las ayudas necesarias para ser mejores y salvarnos eternamente
La Iglesia
38. Jesucristo fundó la Iglesia Católica para comunicarnos por ella las ayudas necesarias para ser mejores y salvarnos eternamente
Para ello la hizo depositaria de su doctrina y de todos los medios de salvación.
38,1. Dice la Carta a los Hebreos:«Dios ha hablado a los hombres».
«Dios quiso que lo que había revelado para la salvación de todos los pueblos se conservara para siempre íntegro, y fuera trasmitido a todos los tiempos».
«La Revelación concluyó con los Apóstoles».
La misión de la Iglesia es señalar el camino de la salvación eterna de los hombres por medio de la doctrina de Cristo y los sacramentos por Él instituidos.
Jesucristo estuvo en la Tierra pocos años. Para que su obra redentora pudiese continuar a través del tiempo, dejó una institución que cuidara de su doctrina, y ayudara a los hombres a conseguir la salvación eterna. Como San Pedro y los Apóstoles iban a vivir un número limitado de años, para que la Iglesia durara hasta el final de los tiempos como Cristo prometió ellos necesitaban tener sucesores.
Cristo dio a San Pedro autoridad para «atar y desatar, esto es, obligar en conciencia».
«Jesús ha querido valerse de los hombres, como ministros suyos, para llevar adelante su obra redentora».
38,2. El hombre no puede conocer bien a Dios, si Dios no se manifiesta al hombre. A esta manifestación se le llama Revelación. Por ejemplo, el dogma de la Santísima Trinidad el hombre sólo lo conoce por revelación.
La Revelación es la manifestación que Dios ha hecho a los hombres de Sí mismo y de aquellas otras verdades necesarias o convenientes para la salvación eterna.
«Al revelarse Dios a sí mismo quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas».
«La revelación presupone los hechos y palabras exteriores, que percibimos por los sentidos, pero acontece fundamentalmente en el corazón del hombre. Los hechos exteriores necesitan de una luz interior; el mensaje que desde fuera nos es ofrecido necesita pulsar nuestro corazón con una fuerza que permita a nuestra libertad abrirse con alegría a sus exigencias. Por ello la revelación tiene su expresión correlativa en la fe, que es igualmente don divino».
La doctrina revelada por Dios se encuentra en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que nos ha transmitido las verdades de la fe oralmente.
No todas las verdades de la fe están en la Biblia. Algunas las conocemos sólo por la Tradición. Por ejemplo: todos sabemos que Jesucristo fue soltero, pero esto no está en ningún versículo de la Biblia.
Por eso el principio protestante de «sólo la Escritura» no es válido. Pues además esto supone que cada uno tiene su Biblia para poder leerla e
interpretarla, y esto no fue posible para los cristianos durante 1.400 años, antes de inventarse la imprenta. La imprenta la inventó Guttemberg en
1450.
Los primeros cristianos recibieron la fe por la palabra predicada, no por la escrita. Muchos no sabían leer, y pocos podían tener un manuscrito de la Biblia.
Y, para total seguridad, era necesario dominar la lengua original del autor.
Es decir, resulta evidente que el principio protestante de «solo la Escritura», no es válido. Esta doctrina no está en la Biblia, por lo tanto ellos mismos se contradicen cuando imponen doctrinas que no están en la Biblia.
El Antiguo Testamento se transmitió oralmente de generación en generación. El Pentateuco se transmitió de boca a boca; es absurdo pensar que se transmitió por escrito.
Es verdad, como dice San Pablo, que la Biblia es necesaria, pero eso no excluye que también es necesaria la Tradición.
Si yo digo que el agua es necesaria para vivir, no quiero decir que baste el agua para vivir.
«Escritura y Tradición enlazan directamente con los Apóstoles y gozan de la misma autoridad. (...) La Escritura y la Tradición son las fuentes que nos dan acceso a la Revelación.».
La Biblia y la Tradición proceden de la misma fuente. Son los dos canales por los que nos llega el contenido de la Revelación.
La Biblia y la Tradición están íntimamente unidas y tienden a un mismo fin; por eso los pasajes oscuros de la Sagrada Escritura se iluminan con la Tradición. Esto lo expresa el Concilio Vaticano II con estas palabras: «La Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza acerca de todo lo revelado; por eso la Sagrada Escritura y la Tradición se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción». «La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia».
La Sagrada Biblia nos transmite la palabra de Dios escrita.
La Tradición nos transmite las enseñanzas orales, transmitidas de viva voz de una generación a la siguiente.
«La tradición apostólica era la clave para el canon de los libros inspirados, diciéndonos qué doctrinas deben enseñar (o no enseñar) los libros apostólicos, y diciéndonos qué libros fueron escritos por los apóstoles y sus compañeros.
»Irónicamente los protestantes, que normalmente se burlan de la tradición en favor de la Biblia, ellos mismos están usando una Biblia basada en la tradición».
La Tradición es más amplia que la Escritura. Las dos transmiten lo que proviene de la palabra de Dios; proceden de una misma fuente y son los dos canales por lo que nos llega el contenido de la Revelación. Por tanto entre Escritura y Tradición hay una íntima relación.
Los Apóstoles enseñaron principalmente de palabra, como ellos habían sido enseñados por Nuestro Señor. Cristo no escribió nada. Se limitó a predicar. Y a los Apóstoles no les dijo «escribid», sino «predicad».
Jesús dijo: «El que a vosotros oye, a mí me oye». «Id y haced discípulos de todos los pueblos».Por eso «la fe viene por la predicación».
Jesús les enseñó muchas cosas que no están en la Sagrada Escritura, pero han llegado hasta nosotros transmitidas de viva voz de generación en generación por la Tradición oral de la Iglesia: San Pablo, escribiendo a los de Tesalónica les dice: «Hermanos, sed constantes y guardad firmemente las enseñanzas que habéis recibido de nosotros, ya de palabra, ya por escrito». «Cuando recibisteis la palabra de Dios, que nosotros predicamos, la aceptasteis no como palabra de hombre, sino cual realmente es palabra de Dios, que obra en vosotros los creyentes».
A Timoteo le dice: «Conserva viva la doctrina que has oído de mí». «Lo que has oído de mí, trasmítelo a otros, para que a su vez lo enseñen a otros».
San Pablo alaba «a los que conservan las tradiciones tal como él las transmitió».
Todo esto está indicando que la doctrina evangélica se trasmite por la predicación oral, es decir, por la tradición.
Hay que distinguir entre la Tradición Apostólica, con mayúscula, objeto de fe, y las tradiciones humanas, con minúscula, que no afectan a la fe: son costumbres.
Cuando decimos «Sagrada Tradición» entendemos las enseñanzas de Jesús y, después de Él, de los Apóstoles a quienes envió a enseñar.
Estas enseñanzas han sido entregadas a la Iglesia Es necesario para los cristianos creer y seguir firmemente esta Tradición, lo mismo que la Biblia. Dijo Cristo: «El que os escucha a vosotros me escucha a mí; y el que os rechaza a vosotros, a mí me rechaza» La Iglesia está protegida por el Espíritu Santo, que la preserva de todo error.
La Sagrada Escritura está contenida en la Biblia.
La Biblia consta de setenta y tres libros divididos entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.
La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos constituyen la lista de los Libros Santos. Esta lista integral es llamada "Canon de las Escrituras". Canon viene de la palabra griega "kanon" que significa «medida, regla». El Canon comprende para el Antiguo Testamento cuarenta y seis escritos, y veintisiete para el Nuevo. Éstos son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, los dos libros de Samuel, los dos libros de los Reyes, los dos libros de las Crónicas, Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester, los dos libros de los Macabeos, Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el
Cantar de los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, y Malaquías, para el Antiguo Testamento. Para el Nuevo Testamento, los Evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas de Pablo a los Romanos, la primera y segunda a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, la primera y segunda a los Tesalonicenses, la primera y segunda a Timoteo, a Tito, a Filemón, la Epístola a los Hebreos, la Epístola de Santiago, la primera y segunda de Pedro, las tres Epístolas de Juan, la Epístola de Judas y el Apocalipsis.
Lo que divide estas dos colecciones de libros es la Persona de Jesucristo. Lo que se escribió antes de Él, es el Antiguo Testamento. Lo que se escribió después de Él, es el Nuevo Testamento.
Para facilitar la búsqueda de los pasajes, el texto se ha dividido en capítulos, y dentro de éstos se han numerado los párrafos (versículos). Estas divisiones son posteriores a los evangelistas. La división en capítulos se debe a Esteban Langton, en el siglo XIII, y la división en versículos a Roberto Estienne, en el siglo XVI.
Los salmos tienen dos numeraciones debido a la diferente numeración de la Biblia hebrea y la griega, en las que se dividen en dos los salmos 9 y 147, respectivamente.
Jesucristo ha encargado a la Iglesia la interpretación y vigilancia sobre la Sagrada Escritura y Tradición, para evitar el error.
Por eso no se pueden leer todas las traducciones de la Biblia, sino sólo aquellas que tienen aprobación eclesiástica, y por lo tanto nos consta que no contienen errores.
Hay pasajes de la Biblia que son difíciles de entender, como advirtió San Pedro.
Por eso dice Vittorio Messori que «para el católico corriente, el creyente de la calle, es más importante leer un catecismo que la Biblia, pues lo entenderá mejor».
«Para descubrir lo que el autor sagrado quiere afirmar hay que tener en cuenta la forma de pensar y de hablar de su tiempo». «El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la Palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado. Por mandato divino y con asistencia del Espíritu Santo, la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad; y de este único depósito de la fe saca lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer»
La libre interpretación de la Biblia de los protestantes da lugar a multitud de interpretaciones equivocadas y opuestas entre sí, pues no todo el mundo está preparado para conocer los géneros literarios de los distintos pasajes bíblicos, ni para entender la lengua en que se escribió el texto bíblico original. Hay que tener en cuenta los modos de pensar y de expresarse que se usaba en tiempos del escritor. Por eso hace falta un magisterio entendido, que oriente con autoridad en la interpretación bíblica. Dijo Cristo que, «la verdad nos hará libres». Quien está en la verdad objetiva pisa firme, se siente seguro. Quien piensa que la verdad es relativa, que cada cual tiene su verdad, está en un error. La verdad tiene un valor absoluto. Quien no se ajusta a la verdad objetiva está en un error. La verdad objetiva no depende de nuestro parecer ni de nuestros deseos. Por deseo de ser conciliador y tolerante, no puedo decir que la verdad es el término medio de dos opiniones distintas. Si uno dice que la capital de España es Madrid y otro que es Barcelona, yo no puedo decir que es Zaragoza porque está equidistante entre Madrid y Barcelona.
Hay valores absolutos, como la verdad y el bien.
Hay que tener criterios sobre lo indiscutible y lo opinable, la intransigencia y la tolerancia.
Hay muchas cosas opinables: el café negro es mejor, ¿amargo o dulce?
Pero hay cosas indiscutibles: el todo es mayor que su parte.
Por eso la verdad es intransigente: las matemáticas afirman que 2x3=6.
No aceptan 2x3=5, ni 2x3=7
El error es tolerante, indiferente: lo mismo le da 2x3=6 que 2x3=5 que 2x3=7.
Pero lo mejor no es siempre el término medio.
Si uno prefiere la leche fría y otro la prefiere caliente es posible que los dos acepten la leche templada, a la temperatura ambiente.
Pero si uno dice que la capital de España es Madrid y otro que es Santander, no vale decir que será Burgos que está entra las dos ciudades. A veces la verdad está en un extremo.
Sin embargo, la caridad es tolerante: acepta la persona equivocada, aunque rechace el error, porque el error no tiene derechos.
Y el fanatismo es intransigente: el fanático es capaz de matar al que no piensa como él.
Hay valores que son relativos porque depende del punto de vista. Una ficha de dominó puesta de pie es blanca o negra según desde donde se mire.
O del modo de mirar: un tablero de ajedrez para uno puede ser una tabla blanca con cuadros negros, y para otro una tabla negra con cuadros blancos.
Una medicina es buena para un niño si es dulce, pero para un médico lo será si cura. Para un comerciante un artículo es bueno si le da dinero, pero para el comprador será bueno si es barato y eficaz. Etc., etc.
Cuando se trata de valores subjetivos cada uno puede tener su verdad. Pero cuando se trata de valores objetivos, la verdad objetiva es la misma para todos.
Por ejemplo: uno puede dormir mejor con la ventana de la habitación abierta y otro con ella cerrada. La temperatura ideal para dormir puede variar según las personas. Pero las temperaturas de la evaporación del agua y su solidificación son siempre 100º y 0º centígrados respectivamente.
Ha dicho el Cardenal Ratzinger: «La tolerancia que todo lo acepta se despreocupa de la verdad».
Frente a los múltiples errores, hay una verdad objetiva.
Verdad subjetiva es lo que a mí me parece. Verdad objetiva es lo que responde a la realidad.
Frente a la verdad objetiva no somos libres. Tenemos obligación de someternos a la verdad objetiva.
Todos los médicos tienen obligación de decir que el órgano de la visión es el ojo, ninguno puede decir que vemos por la nariz.
Todos los químicos del mundo tienen la obligación de decir que el agua es HO, ninguno puede decir que es ClNa.
Todos los matemáticos del mundo tienen obligación de decir que _ es la relación de la circunferencia a su diámetro, una constante, que en el sistema decimal es 3,141592... y no 8,2432...
Si a un niño le dan un mapa con todas las ciudades de Europa para que señale las capitales de cada nación, y él elige las ciudades que más le gustan por su nombre, esto no cambia la verdad. Las capitales seguirán siendo las que son independientemente del parecer del niño.
La verdad no me permite opinar libremente lo que yo prefiera.
La verdad orienta la libertad, no la quita. Como las vías del tren que orientan la ruta del tren, pero no le impiden avanzar, sino que le ayudan. Un tren fuera de la vía, se despeña.
Subordinar la verdad a mi libertad es ridículo. La mentira no interesa a nadie con sentido común: queremos café de verdad, no agua sucia; medicinas de verdad, no pócimas ineficaces; amistad de verdad, no traidores.
Todo esto es indiscutible para una persona normal.
Lo mismo pasa con la verdad religiosa. El bien de la libertad religiosa no es el tener libertad para elegir el error, sino elegir libremente la verdad sin sentirse coaccionado.
La manipulación que con frecuencia ofrecen los medios de comunicación nos dificulta conocer la verdad objetiva. Nos presentan atractivo o razonable lo que quieren inculcarnos: modos de presentar el aborto y la eutanasia. Nos llevan a donde quieren engañados. Nos vencen sin convencernos. Otra cosa es que nos convenzan con razones. Esto sería recto.
Para no dejarnos engañar hay que tener claras las ideas y los auténticos valores. Saber distinguir entre lo relativo y lo absoluto. Hay cosas que varían según el punto de vista: el color de la ficha de dominó. O que depende de las circunstancias: ahora mismo aquí son las doce del mediodía, y en Miami son las seis de la mañana. Pero hay verdades invariables en todas las circunstancias.
Estas tertulias de televisión donde todos opinan, y al final no se saca ninguna conclusión, más que aclarar lo que hacen es confundir.
Hoy vivimos un exceso de información. Es imposible leer todo lo que me llega. Hay que seleccionar. Si es malo no estar informado, también lo es estarlo demasiado. No toda información es fiable, ni recta. Hay que tener criterio.
Vivimos una sociedad donde prevalece la información. Se ha dicho que sólo existe aquello de lo que se informa. Pero no se debe informar de todo. La palabra «censura» tiene mala prensa, pero es necesario establecer un modo de autocontrol en la medios de comunicación para no divulgar lo que puede hacer daño: pornografía, incesto, paidofilia, crueldad, nombre del testigo que ha denunciado al terrorista, etc.
Todas estas ideas sobre la información se las oí a Alfonso López Quintás, académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, en su magnífica conferencia durante el TERCER CONGRESO DE CATÓLICOS EN LA VIDA PÚBLICA que organizó el CEU de Madrid.
Allí habló también el profesor italiano Rocco Buttiglione del cual son estas ideas: Dice Santo Tomás que el hombre es un ser libre e inteligente. Para poder decidir tiene que ser libre, y para poder juzgar tiene que ser inteligente. Pero para que el juicio sea verdadero tiene que estar bien informado. Si la información está equivocada. también lo estará el juicio y la decisión. El exceso de información que recibimos hace difícil el seleccionar lo verdadero y lo importante. Hay mucha información manipulada. Si no está permitido contaminar el ambiente físico, peor es contaminar el ambiente moral.
Hay verdades absolutas y verdades relativas. La temperatura de 0º es frío para un andaluz, pero no lo es para un noruego que vive a 20º bajo cero. Pero hay verdades absolutas, como el valor de ∏ (3,14159265...) o la fórmula del agua (HO).
Hoy hay gente que defiende el relativismo universal de la verdad. Pero sus afirmaciones relativistas van contra ellos. Dicen:
- «No hay verdades absolutas». Luego esto que dices tampoco lo es.
- «Nadie puede conocer la verdad». Luego tú tampoco.
- «No seas dogmático con tus afirmaciones». Es lo que haces tú con las tuyas.
- «No pretendas imponerme tu verdad». Es lo que quieres hacer tú con la tuya.
La verdad objetiva es dogmática, invariable. El error es libre. Para encontrar la verdad hay un sólo camino. Para equivocarse hay muchísimos.
En la estación del ferrocarril un sólo tren me lleva a mi destino. Todos los demás me pierden.
¿Qué diríais de una maestra de escuela que al preguntar a los niños cuántos son 2+2 y uno le dice 22, otro 20, otro 10, otro 4. Y ella da por buenas todas las respuestas. Y cuando el que dijo 4 protestó de que sólo él acertó, ella le responde que no hay que ser intransigente ni dogmático, que todas las opiniones son buenas, que cada uno puede tener su opinión. ¡Evidentemente esa maestra es inepta para enseñar matemáticas! Pues si esto es así en las matemáticas, es mucho más importante cuando se trata de las verdades referentes a la salvación eterna.
Hoy algunos cambian la verdad objetiva por la opinión personal («eso para mí no es pecado»), la belleza estética por la moda (moda de pantalones tejanos sucios y rotos), y la bondad ética por el placer (libertinaje sexual). Pero siempre quedará en pie que los tres grandes valores del ser son la verdad, la belleza y el bien.
Incluso en cosas accidentales no siempre podemos cambiarlas a nuestro capricho.
El orden de las letras del abecedario es el que es, y yo no puedo alterarlo a mi capricho, aunque en absoluto podría ser otro. Pero así está establecido para todos. No depende de la voluntad de cada uno.
La fe es libre, no en el sentido de que dé lo mismo creer que no creer; sino que al no ser axiomática no se impone a la razón, sino que ésta queda en libertad para aceptarla o rechazarla a pesar de que sea razonable. Aunque la fe sea oscura. Ya lo dice la Biblia: La fe es garantía de lo que se espera y convicción de las realidades que no se ven.
Es oscura, porque no es evidente. Sin embargo es cierta porque son verdades reveladas por Dios, que no puede engañarse ni engañarnos.
Y los motivos de credibilidad la hacen razonable.
Puede ser interesante mi libro Motivos para creer editado por Planeta, o mi otro libro de conferencias. Pedidos a:
Apartado 2564, 11080-Cádiz (España). Tel.: 956·222·838. FAX: 956 205 810. Correo electrónico (e. mail): pedidos@spiritusmedia.org
38,3. «Dogma es una verdad revelada por Dios y propuesta como tal por el Magisterio de la Iglesia a los fieles con obligación de creer en ella». «Se apoya en la autoridad de Dios, por eso tenemos obligación de creerla».
A veces la Iglesia define algunas verdades dogmas de fe. No es que esas cosas empiecen entonces a ser verdad. Son verdades que siempre han existido; pero que su creencia ha empezado a ser obligatoria al definirse.
La definición de una doctrina no es su invención, sino la declaración autoritativa de que ha sido revelada por Dios, es decir, que forma parte del conjunto de verdades que constituyen la Revelación cristiana.
Algunas veces la aparición de nuevos errores obliga a la Iglesia a definir y declarar más lo que siempre ha sido verdad, pero que las circunstancias del momento reclaman aclaración.
Los dogmas no son verdades que la Iglesia impone arbitrariamente. Son iluminaciones de la verdad objetiva. No son muros para nuestra inteligencia. Son ventanas a la luz de la verdad.
Algunos dicen: «La vida es movimiento. Estancarse es morir. Las ideas petrificadas no hacen avanzar a la humanidad». Esto es verdad sólo en parte. Hay verdades definitivas -y los dogmas lo son- que cambiarlas no es avanzar sino retroceder. Quien quiera cambiar que «la suma de los ángulos de un triángulo vale dos rectos», no avanza, sino que retrocede al error.
El norteamericano Fukuyans, de origen japonés, pretende que la Iglesia Católica renuncie a declarar que su doctrina es la verdad absoluta, y se vuelva tolerante contentándose con ser una opinión más en la sociedad, igual que las otras. Esto es tan ridículo como pedirle a un químico que sea tolerante y acepte que el agua es NHen lugar de HO; o pedirle a un matemático que sea tolerante y acepte que ∏ es 8,2014 en lugar de 3,1416.
Herzason dice que aceptar dogmas carentes de demostración es una aberración. Yo le preguntaría si ha exigido a su padre la prueba de paternidad. Sólo el proponérselo sería una gran ofensa para sus padres. Es decir, que él ha caído en su propia trampa. Creer un dogma es fiarme del que lo dice.
El contenido de los dogmas es inmutable, pero la formulación de ese contenido se puede desarrollar para acomodarse mejor al modo de hablar de los tiempos.
El Magisterio de la Iglesia puede ir mejorando el modo de expresar las verdades que creemos. Toda formulación dogmática puede ser mejorada, ampliada y profundizada.
Pero ninguna formulación dogmática del futuro puede contradecir el sentido de anteriores formulaciones, sino solamente completar lo que ya ha sido expresado por ellas.
Otras veces un estudio cada vez más profundo nos hace progresar en nuestro conocimiento de la Revelación, y nos hace ver más claramente verdades que antes no parecían tan claras.
La Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, penetra cada vez más profundamente en el contenido de la Revelación Divina, descubriendo nuevos aspectos en ella implícitos, como son los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Asunción.
La Revelación fue un hecho histórico, y no puede crecer el número de verdades reveladas contenidas en el depósito de la Revelación que es la Sagrada Escritura y la Tradición, porque este depósito, quedó cerrado con la muerte del último Apóstol.
«Ninguna verdad puede añadirse a la fe católica que no esté contenida, explícita o implícitamente, en este depósito revelado. (...) Lo único que cabe es una mayor explicación de los dogmas, pero conservando el mismo sentido, que es definitivo e indeformable una vez definido por la Iglesia».
Sí puede y debe crecer continua y armónicamente nuestro conocimiento del dogma, pasando de lo implícito a lo explícito.
Y la Iglesia, al crecer con el tiempo los conocimientos humanos, puede aprobar infaliblemente este progreso.
No es esto crear nuevas verdades reveladas: es descubrir lo que se encerraba en el viejo legado de los Apóstoles. Lo mismo que las estrellas del firmamento descubiertas últimamente existían mucho antes, pero nosotros hasta ahora no las hemos conocido.
«No podemos decir que nuestras formulaciones de fe sean las mejores posibles. Están sujetas a perfeccionamiento. Pero sin contradecir nunca u olvidar el sentido primitivo».
«Los enunciados dogmáticos, aun reflejando, a veces, la cultura del período en que se formulan, presentan una verdad estable y definitiva».
Para que una cosa sea dogma de fe es necesario que haya sido revelada por Dios, y que la Iglesia así lo declare. Bien sea por una declaración solemne o por la enseñanza de su Magisterio Ordinario.
«Pero el ámbito de las verdades de fe es mucho más amplio que el de las verdades expresamente definidas. Hay verdades que llamamos ‘de fe divina’ porque se encuentran en la Sagrada Escritura o en la Tradición, que han de ser igualmente creídas, pero que no han sido nunca definidas, como es el caso de la resurrección de Cristo.
Nadie ha negado en la historia esta verdad; y por eso la Iglesia no ha sentido la necesidad de definirla».
El Depósito de la Revelación Pública acabó con la muerte del último Apóstol. Cualquier otra revelación es enteramente privada, y no puede tener valor, a no ser que esté de acuerdo con la única Revelación Pública que Dios ha hecho a los Apóstoles.
«La fe cristiana no puede aceptar ‘revelaciones’ que pretenden corregir la Revelación de Cristo. Es el caso de ciertas religiones no cristianas, y también de ciertas sectas recientes».
La Revelación ha terminado pero «nosotros debemos usar nuestra inteligencia para explorar el dato revelado, deduciendo verdades que a primera vista no aparecen claramente explícitas en el mismo, pero que no por eso dejan de estar contenidas virtualmente en él. (...) La garantía de lo que así descubrimos está en la Iglesia, portadora de toda la Tradición cristiana e intérprete autorizado de la Escritura Santa. (...) Es función del Magisterio definir los contenidos de la Revelación. (...) La teología no debe suplantar al Magisterio. (...) La última palabra la tiene el Magisterio».
«Algunos teólogos que critican la doctrina del Magisterio de la Iglesia, después quieren que sus opiniones personales sean doctrina infalible».
A propósito de esto dijo el Papa Pablo VI a los participantes en el Primer Congreso Internacional de Teología del Concilio Vaticano II, el 1º de Octubre de 1966: «Los teólogos deben investigar el dato revelado para iluminar los artículos de la fe; pero sus aportaciones quedan sujetas a la enseñanza del Magisterio auténtico. (...) Su preocupación ha de ser proponer la verdad universal creída en la Iglesia bajo la guía del Magisterio más que sus ideas personales».
Al Magisterio de la Iglesia hay que obedecerle, no sólo cuando se trata de verdades de fe, sino también cuando se refiere a opiniones que pueden desorientar al pueblo de Dios; pues también en estos casos está protegido por la autoridad recibida de Dios, cosa que el teólogo, como tal, no tiene, por mucha ciencia que tenga.
Por eso dice el Sínodo de los Obispos de 1967: «No les corresponde a ellos la función de enseñar auténticamente».
La Conferencia Episcopal Española ha hecho una llamada a «la responsabilidad de los teólogos» para que acaten los planteamientos de la encíclica Veritatis Splendor sobre las cuestiones fundamentales de la moral y su enseñanza. En el documento titulado Nota sobre la enseñanza de la moral alude a los teólogos «que disienten públicamente de la enseñanza del Magisterio. (...) Es necesario evitar esta actitud que empobrece y esteriliza el trabajo teológico y lo vuelve contraproducente para la misión evangelizadora de la Iglesia».
«Los que ejercitan el Magisterio de la Iglesia son exclusivamente el Papa y los Obispos, porque a ellos solamente ha confiado Jesucristo la potestad de enseñar».
«Fuera de los legítimos sucesores de los Apóstoles (que son el Papa y los Obispos) no hay otros Maestros de derecho divino en la Iglesia de Cristo». Cuando el Papa habla en una encíclica enseña como auténtico Maestro y no como un doctor más. Por eso no es válido apelar a la autoridad de otro teólogo para sostener lo contrario de lo que el Papa ha enseñado.
«Los fieles católicos han de aceptar las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia con obediencia religiosa, sabiendo que les obliga en conciencia».
«La misión del Magisterio de la Iglesia es velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad».
La Iglesia se compone de Pueblo de Dios y Jerarquía: pluralidad en los súbditos y autoridad que unifica mirando por el bien común de todos, pues hay que armonizar el pluralismo en lo accidental con la unidad en lo esencial.
No son dos Iglesias, sino dos partes de una única Iglesia. Separar estas dos partes sería la muerte de la Iglesia; como es la muerte de una persona separar el cuerpo del alma.
Un católico tiene que aceptar todos los dogmas de fe revelados por Dios. No puede rechazar ni uno. O se es católico del todo, o se deja de ser católico. No se puede ser «casi católico», lo mismo que no se puede estar «casi vivo», porque eso es estar muerto. Si «casi» me toca la lotería, no tengo derecho a cobrar el premio: o me toca el número entero o no me ha tocado. El «casi» me toca, no vale.
«Esta sumisión al Santo Padre es exigida también a los sacerdotes y teólogos. Quienes instruyen a otros en la fe, tienen que enseñar el mensaje auténtico de la Iglesia. El católico tiene derecho a ser enseñado por un sacerdote que esté de acuerdo con el Papa». Quien desobedece a la Jerarquía Eclesiástica desobedece al mismo Jesucristo. Él nos dijo: «El que a vosotros escucha, a Mí me escucha; el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia. Y el que me desprecie a Mí desprecia a Aquél que me ha enviado».
La fe de la Iglesia está condensada en el Credo de los Apóstoles. Se le suele llamar símbolo, que es una profesión de fe abreviada.
El Credo de los Apóstoles fue retocado por los Concilios de Nicea y Constantinopla para aclarar la doctrina revelada frente a las herejías que entonces empezaban a aparecer.
En los Apéndices tienes las dos fórmulas.
«El Romano Pontífice y los Obispos, como maestros auténticos, predican al Pueblo de Dios la fe que debe ser creída y aplicada a las costumbres. A ellos corresponde también pronunciarse sobre las cuestiones morales que atañen a la ley natural y a la razón».
38,4. La Iglesia es nuestra Madre que procura nuestro bien, no sólo en esta vida, sino también en la otra.
La Iglesia es nuestra Madre, pues en su seno somos engendrados como «hijos de Dios» y Ella nos alimenta espiritualmente, y nos ayuda a crecer para que estemos maduros para el «Reino de los cielos».
La doctrina que la Iglesia enseña es santa, y haría el mundo mejor si los hombres le hiciesen caso.
Pero, desgraciadamente, son muchos -también entre los que se dan el nombre de cristianos- los que la desobedecen por seguir sus pasiones y egoísmos.
La Iglesia ilumina al mundo con la luz contenida en el mensaje de Cristo. Si hay quien rechaza esta luz, no es por culpa de la Iglesia, sino de los hombres que la rechazan.
La virtud y el camino del cielo son a veces costosos a nuestra naturaleza caída en el pecado. Pero ya dijo Jesucristo que el camino del cielo no es fácil, ancho y cuesta abajo, sino que es estrecho, costoso y cuesta arriba. Lo que mucho vale, mucho cuesta
Con todo, a pesar de los pecados de los malos cristianos, la santidad de la Iglesia y su doctrina queda en pie, porque son muchos los que por ella se han hecho santos. No son las manzanas podridas caídas del árbol, sino las que cuelgan de sus ramas, las que dicen que el árbol es bueno.
La Iglesia siempre condena el pecado, aunque no pueda privar de la libertad de pecar.
Cuando la Iglesia manda o prohíbe, no pretende de ninguna manera molestarnos ni hacernos la vida menos agradable. La Iglesia en todo busca nuestro bien, por eso prohíbe lo que nos daña, aunque nos gustaría hacerlo. Tampoco los buenos padres que educan bien a sus hijos les conceden todo lo que ellos quieren.
«Hay que obedecer las leyes de la Iglesia con toda fidelidad porque están dadas con la autoridad de Cristo, que Él comunicó a los Apóstoles».
La Iglesia Católica es la institución que más ha contribuido al progreso moral de la humanidad. Ella regeneró al individuo, libertándolo de la esclavitud; regeneró a la mujer, devolviéndole su dignidad; regeneró la familia, exigiendo para ella todos los derechos que le corresponden; regeneró la sociedad, transformando el Estado déspota y tirano en el Estado que recibe su autoridad de Dios y que sólo puede ejercerla en bien de sus súbditos.
La Iglesia Católica es Madre de la civilización occidental. Ella ha inspirado la arquitectura medieval, la pintura del Siglo de Oro, la escultura de todos los tiempos y hasta las grandes obras musicales.
Es imposible enseñar historia, arte o pensamiento prescindiendo de la Iglesia.
La Iglesia fundó los primeros hospitales, asilos y orfanatos de la Historia.
Las primeras escuelas de Europa nacieron a la sombra de los conventos de religiosos, y las universidades más célebres han sido fundadas por Papas. De las cincuenta y dos universidades europeas anteriores anteriores a 1400, cuarenta fueron fundadas por los Papas. Así París, Montpellier, Oxford, Cambridge, Heidelberg, Leiptzig, Colonia, Varsovia, Cracovia, Vilna, Lovaina, Roma, Padua, Bolonia, Pisa, Ferrara, Alcalá, Salamanca, Valladolid, etc.
Europa ha llegado a lo que es por el cristianismo. Si permitimos que se descristianice, se derrumbará. Ya lo dijo Dostoieski: «El occidente ha perdido a Cristo y por eso perecerá».
«Dios no concede a nadie privilegios de validez eterna. Si un pueblo deja de cumplir su voluntad, el Señor llama a otro pueblo y le confía esa misión, dejando que el anterior baje a la tumba que él mismo se cavó».
Algunos censuran las riquezas de la Iglesia.
Es verdad que el Museo Vaticano vale mucho dinero. Pero eso no se puede vender. Es patrimonio de la humanidad, aunque esté en manos de la Iglesia.
Lo mismo que el gobierno español no puede vender el Museo del Prado para remediar una situación económica ruinosa.
El Museo del Prado es propiedad de todas las generaciones de españoles, no sólo de la nuestra.
Por otra parte la Iglesia contribuye mucho a remediar las necesidades de la humanidad. A parte de lo que hacen privadamente los católicos y las Órdenes Religiosas, el Vaticano, en 1966, dedicó setecientos millones a ayuda humanitaria
Y en el Vaticano hay más de cien organizaciones que se dedican a repartir limosnas a los pobres de todo el mundo.
«En el último ejercicio, el Óbolo de San Pedro ha recogido
52. 456.054,37 dólares. Según ha podido saber «Zenit», en este año, Juan Pablo II ha destinado 1.720.000 dólares a las poblaciones afectadas por calamidades y para proyectos de promoción cristiana; 1.313.000 dólares para las comunidades indígenas, mestizas, afroamericanas y campesinos pobres de América Latina; 1.800.000 dólares para la lucha contra la desertización y la carencia de agua en el Sahel. La gran mayoría de las ayudas del Papa son cantidades menos consistentes, de miles o cientos de miles de dólares, que no sólo pretenden ofrecer un remedio concreto, sino también estimular la solidaridad y caridad».
En 1999 el Vaticano dio treinta millones de dólares en ayudas.
Y este mismo año 1999 Caritas Internacional destinó ochenta y dos millones de dólares para auxiliar a las víctimas de sesenta y cuatro situaciones de emergencia en el mundo.
Cáritas Española invirtió en 1998 más de 19.000 millones de pesetas en la lucha contra la pobreza.
Hay quienes dividen a los católicos en «conservadores» y «progresistas».
Esta división es muy simplista. Todos debemos ser, al mismo tiempo, conservadores y progresistas. Debemos conservar la verdad y ser fieles a ella. Pero también debemos progresar en la profundización de su conocimiento.
Si no conservamos bien la verdad, se corrompe; como un alimento mal conservado.
Pero también debemos avanzar en su conocimiento.
Lo funesto sería avanzar por un camino equivocado: terminaríamos en el error
«Hoy está de moda el ser contestatario.
»Sin embargo al Papa le corresponde vigilar la doctrina y la buena marcha de la Iglesia.
»Oponer nuestro criterio al Magisterio de la Iglesia, ridiculizar toda ascética de renuncias desde la mortificación voluntaria del cuerpo hasta la renuncia del propio criterio, etc., es desconocer los valores cristianos que son locura para el mundo, pero que tienen la consistencia de la sabiduría de la cruz.
»No podemos olvidar que el camino de la Encarnación terminó en el Calvario. Un cristianismo sin cruz, será muy humano, pero no es el de Jesús».
«Hay muchos -incluso cristianos- que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. Muchos a quienes la predicación de la cruz parece una necedad. Muchos que huyen de la cruz como el diablo; para quienes la palabra “mortificación” es ininteligible; para quienes la penitencia es algo que pertenece a lo que reputan mentalidad estrecha y un tanto supersticiosa del pasado. Éstos, generalmente, si es que no lo han perdido, tienen considerablemente atrofiado el sentido del pecado y de la responsabilidad, y además demuestran una ignorancia del cristianismo comparable tan sólo a su propia falta de solidaridad con el que es el “primogénito de los hermanos” y cabeza del Cuerpo al que, por ser cristianos, pertenecen. (...) Hay una relación muy precisa y directa entre la capacidad de amor y la capacidad de sufrimiento. Quien no es capaz de sufrir, no es capaz de amar. Si los santos han deseado ardientemente el sufrimiento es porque su amor a Cristo les llevaba a padecer con Él. Si nosotros no lo deseamos, antes al contrario, lo rehuimos, es síntoma de que todavía nos queremos demasiado a nosotros mismos. Acaso nos fuera muy útil examinar, de vez en cuando, el estado de nuestro amor a la cruz para poder atisbar el grado de amor de Dios que encerramos en nuestra alma».
Algunos dicen: «Cristo, sí; Iglesia, no».
Pero ya dijo San Agustín: «No puede tener a Cristo por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre».
«No se puede ser de Cristo sin serlo de la Iglesia, que es el ‘Cuerpo Místico de Cristo’ de quien Él es la cabeza».
«A Cristo nos incorporamos en y por su Iglesia; y sólo dentro de ella la vida de Cristo se hace de verdad vida nuestra».
Por eso el Concilio Vaticano II llama a la Iglesia «sacramento universal de salvación».
El Cardenal Newman que era anglicano y se convirtió al catolicismo decía: «quien rechaza a la Iglesia se equivoca»; y añade, «hace inútil para sí lo que Dios puso para bien nuestro».
La frase «fuera de la Iglesia no hay salvación» es de San Cipriano en lucha contra los movimientos de escisión que se daban en su comunidad
Quien conociendo a la Iglesia la rechaza, compromete su salvación, dice el Concilio Vaticano II.
Hoy abunda en la Iglesia el tipo de contestatario que adopta una postura de protesta ante todo. Uno no puede evitar pensar en aquello del Evangelio: «Ven la paja en el ojo ajeno y no ven la viga en el propio». ¿No sería mejor que corrigieran sus defectos antes de protestar de los ajenos?
Uno de los contestatarios más famosos de nuestro tiempo es Hans Küng.
Vittorio Messori asistió a una rueda de prensa que él ofreció para presentar uno de sus libros. Hans Küng dijo, entre otras cosas, que la Iglesia Católica debía aceptar los sacerdotes casados, las mujeres sacerdotes, los divorciados vueltos a casar, el aborto libre...
Un pastor protestante se levantó y le dijo:
- Todas esas reformas que pide Vd. a la Iglesia Católica las tenemos los protestantes desde hace mucho tiempo, y sin embargo nuestros templos están más vacíos que las iglesias católicas.
Hans Küng no le contestó.
Algunos reniegan de la Iglesia porque dicen que hay católicos malos.
Según eso tampoco pueden ser protestantes porque también los hay malos. Y, consiguientemente, ni budistas, ni españoles, ni franceses, ni siquiera hombres, porque también hay hombres malos. Absurdo.
Si la Iglesia Católica es la única en el mundo fundada por Cristo-Dios, ella será la única verdadera, aunque todos los católicos fueran malos.
Hoy es frecuente un tipo de católico «por libre» que vive al margen de la Iglesia, prescinde de la Institución, del Magisterio, etc.
Esto es tan absurdo como si uno dijera que él se siente español, pero ni saca carnet de identidad, ni está en el censo, ni el registro civil, ni nada.
Éste será un apátrida, pero no un español.
Es verdad, que lo principal es el corazón, pero hay que institucionalizar la situación.
A veces se oye decir: «Yo soy católico, pero no practico». Esto no es coherente. Quien pertenece a una asociación, si es coherente, cumple su reglamento. De poco sirve afirmar que se es católico de corazón, si después las obras no son de católico. Como si uno que se las da de católico, luego se casa sólo por lo civil. Esto es un contrasentido. Por eso la Iglesia Católica a ése le prohíbe la comunión eucarística. Toda ideología, para que sea sincera, exige un compromiso de vida. Las afirmaciones deben estar confirmadas por las obras. Sería ridículo decir: «yo soy escritor, pero nunca he escrito ni una línea»; o «yo soy futbolista, pero jamás he dado una patada a un balón».
Una auténtica vivencia religiosa debe contener cuatro cosas: a) un credo: sistema de verdades; b) una ética: valores morales;
c) unos ritos: comportamientos; d) una respuesta social: compromiso. Son necesarias las cuatro cosas. Quien olvida alguna de ellas tendrá una vivencia religiosa deforme.
Monseñor Elías Yanes dijo en el Sínodo celebrado en Roma en Octubre de 1994: «Algunos mantienen una actitud hacia el Magisterio de la Iglesia como si se tratase de una amenaza de la cual defenderse. Esta actitud debilita o rompe la comunión eclesial, destruye el fervor de la fe y de la caridad, y esteriliza la acción evangelizadora. El Magisterio es un don de Dios a su Iglesia que debemos recibir con gratitud y humildad. El testimonio de fidelidad al Magisterio de la Iglesia debe manifestarse con especial claridad en la catequesis, en la enseñanza de la teología, en las publicaciones y en los medios de comunicación». «Ni ha existido ni existirá nunca otro catolicismo que el preceptuado, sostenido y defendido por La Santa Sede. El acatamiento a los mandamientos del Papa es la primera señal del católico».
38,5. Hoy se habla mucho de libertad. Como dijo Juan Pablo II, «la libertad no consiste en hacer lo que nos gusta, sino en tener el derecho de hacer lo que debemos».
«La libertad está condicionada por el deber. La libertad absoluta es la absoluta anarquía».
Dice José Ortega y Gasset: «No se puede hacer sino lo que cada cual tiene que hacer».
Libertad es la facultad de poder practicar el bien sin ningún obstáculo exterior ni interior a nosotros mismos.
La facultad de poder hacer el mal, no es libertad sino depravación, libertinaje y esclavitud a las pasiones.
Dice el psicólogo Enrique Rojas: «No eres más libre cuando haces lo que te apetece, sino cuando eliges aquello que te hace más persona».
La grandeza del hombre está en poder elegir entre el bien y el mal. Pero ahí radica también su responsabilidad que le hace merecedor de premio o castigo. Dice San Pablo: «Cada cual recibirá lo que mereció durante su vida mortal, conforme a lo que hizo, bueno o malo».166
El 22 de mayo de 1986 la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe del Vaticano, publicó una Instrucción sobre Libertad cristiana y liberación, donde dice: «La auténtica libertad no lo es para hacer cualquier cosa, sino para hacer el bien. La Verdad y la Justicia constituyen la medida de la auténtica libertad. El hombre cayendo en la mentira y en la injusticia en lugar de realizarse se destruye (nº26). La libertad se manifiesta como una liberación del mal moral (nº27). El pecado del hombre es la causa radical de las tragedias que marcan la historia de la libertad (nº37). El desconocimiento culpable de Dios desencadena las pasiones que son causa del desequilibrio y de los desórdenes que afectan la esfera familiar y social (nº39). Las comunidades de base y otros grupos cristianos son una riqueza para la Iglesia universal, si son fieles a las enseñanzas del Magisterio, al orden jurídico y a la vida sacramental (nº69)».
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.