3. La religión y las guerras de la monarquía
3. La religión y las guerras de la monarquía
Se puede decir que este carácter propiamente sagrado desapareció con el establecimiento de la monarquía y la creación de un ejército de profesión. Ya no es Yahveh quien marcha delante de Israel para combatir las guerras de Yahveh, sino el rey es quien sale a la cabeza del pueblo y combate sus combates, 1Sam 8:20. Los combatientes no son ya guerreros que se han ofrecido libremente, sino que son profesionales al servicio del rey o soldados reclutados por sus funcionarios. Esta transformación debía originar una crisis; ésta se prepara ya bajo Saúl que infringe los ritos de la guerra santa, ISa15, y se consuma definitivamente bajo David que enrola gran número de mercenarios extranjeros y que decreta para fines militares constituir el censo del pueblo, 2Sa24:1-9. La guerra se ha convertido necesariamente en asunto de Estado, se ha vuelto algo profano.
No obstante, la guerra conservó, por lo menos al principio, ciertos ritos de la guerra santa. En la guerra ammonita el arca acompañaba a las tropas, y Urías (mercenario hitita) observa la continencia, 2Sam 11:11. David «consagra» a Yahveh la plata y el oro de sus conquistas, 2Sam 8:11. Pero estos ritos se han hecho ya accesorios y, si bien se sigue diciendo que «Yahveh da la victoria», 2Sam8:6, ahora es ya David quien la reporta con medios humanos y en quien recae la gloria, 2Sam 12:28.
Sobre la oportunidad de la guerra y sobre la manera de dirigirla no se consulta ya a Yahveh mediante las suertes sagradas, sino que hay profetas que intervienen cerca del rey, 1Re 20:13-14, 1Re20:22, 1Re20:28, o el rey mismo les pide un oráculo, 1Re 22:5-12. Elíseo acompaña a los reyes de Israel y de Judá en su expedición contra Moab y les transmite la palabra de Yahveh, 2Re3:11-19; cf. también 2Re13:15s. Estos profetas emplean el antiguo vocabulario de la guerra santa: Yahveh entrega al enemigo en manos de Israel, 1Re20:13.1Re20:28; 1Re22:6.1Re22:12; 2Re3:18, pero mientras en otros tiempos el jefe mismo de la guerra recibía la inspiración de Dios, los profetas no son ya más que los auxiliares religiosos del rey. En los primeros ambientes proféticos fue donde todavía sobrevivió la idea de la guerra santa, pero, precisamente porque las guerras no eran ya santas, los profetas se oponían con frecuencia al rey: contra los profetas de la mentira que predicen que Yahveh entregará a Ramot de Galaad en manos de Acab, se levanta un verdadero profeta anunciando la desgracia, 1Re 22:19-28. Elíseo se niega a consultar a Yahveh por el rey de Israel, que es, no obstante, el jefe de la expedición contra Moab, 2Re 3:13-14.
En el siglo siguiente, Isaías es el defensor de la antigua concepción de la guerra santa frente a la razón política. Con ocasión del ataque de Aram y de Efraím, anuncia la ruina de los adversarios a condición de que se tenga fe en Yahveh, Is 7:4-9; cuando Senaquerib amenaza a Jerusalén, asegura que Dios salvará la ciudad, Is37:33-35. Condena los preparativos militares, Is22:9-11, y los llamamientos al extranjero, Is31:1-3, porque «Yahveh Sabaot bajará a guerrear sobre el monte Sión y sobre su colina», Is31:4. Contra Asur, Yahveh llega de lejos «en el ardor de su cólera, en medio de un fuego devorador, en un huracán de lluvia y de granizo», Is30:27-30. Contra Egipto, viene montado en una nube; los egipcios flaquean y se baten los unos contra los otros, Is19:1-2. En estos pasajes descubrimos los rasgos de la guerra santa: la certidumbre de la victoria, la fe en Yahveh, la acción guerrera de Dios, que desencadena los elementos e infunde terror a sus enemigos; aquí se percibe el eco del cántico de Débora y de los relatos de la conquista o del período de los jueces. De esta antigua ideología es de donde Isaías y los otros profetas tomaron probablemente la noción del «día de Yahveh», la venida de Yahveh para una batalla victoriosa. Mas estas nuevas «guerras de Yahveh se desarrollan en visión profética y no son ya las guerras de Israel, que se han convertido en guerras profanas. Isaías dice a sus contemporáneos: Vosotros habéis contado con medios humanos, «mas no habéis mirado al Autor ni visto a aquel que lo modela todo desde hace mucho tiempo», Is22:11, o bien: «En la conversión y en la calma se hallaba la salud, en una perfecta confianza estaba vuestra fuerza, pero vosotros la habéis desechado», Is30:15.
Por esto mismo es tan sorprendente que las reglas de la guerra santa recibiesen su más clara y más completa expresión al final de la monarquía, en la redacción del Deuteronomio. Éste recogió muchos elementos antiguos, y este arcaísmo justifica el que antes lo hayamos utilizado para describir las prácticas de la guerra santa. Y el pasado es una garantía para el futuro: «Yahveh, vuestro Dios, que marcha a vuestra cabeza, combatirá por vosotros, tal como se lo habéis visto hacer en Egipto», Dt1:30. «Recuerda, pues, lo que Yahveh, tu Dios, hizo al faraón y a Egipto entero... lo mismo hará Yahveh, tu Dios, contra todos los pueblos a los que temes afrontar», Dt7:18-19. «No es por la rectitud de tu conducta y por la sinceridad de tu corazón por lo que entras en posesión de su país, sino que por razón de su perversidad Yahveh, tu Dios, desposee a esas naciones en provecho tuyo», Dt9:5. «Nadie podrá resistiros, Yahveh, vuestro Dios, hará que se os tenga miedo y temor en toda la extensión del país que pisarán vuestros pies», Dt11:25. «Sed fuertes y manteneos firmes, no temáis, pues Yahveh, tu Dios, marcha contigo», Dt31:6. Y el libro se cierra con las bendiciones de Moisés, un viejo canto penetrado de un hálito guerrero y que concluye así:
¡Dichoso tú, Israel! ¿Quién es semejante a ti,
pueblo vencedor por Yahveh,
cuyo escudo es tu ayuda
y cuya espada es tu gloria?
Tus enemigos te adulan,
pero tú huellas sus espaldas.
Cuando el Deuteronomio fue redactado bajo Josías, estaba ya muy lejos el tiempo de las conquistas y de los triunfos militares y ya no había ocasión de aplicar prescripciones sobre el asedio de ciudades extranjeras, Dt 20:10-20, o sobre la ejecución del anatema, Dt2:34-35; Dt3:6-7; Dt7:2-5. No obstante, este renuevo de la idea de la guerra santa, transformada por reflexión teológica, se relaciona con una situación concreta: en el reinado de Josías, el renacimiento del espíritu nacional y el sacudimiento del yugo asirio infundieron gran esperanza en el corazón del pueblo y hasta se puede pensar que estos textos del Deuteronomio inspiraban al rey cuando intentó oponerse a la marcha de Nekao, 2Re23:29; 2Cr 35:20s. Fue sólo una llamarada que se extinguió con el desastre de Meguiddó. Jeremías, contemporáneo de los acontecimientos, no hace la menor alusión a la guerra santa en su predicación, siendo sorprendente el contraste con Isaías. Las últimas guerras de Judá, la resistencia desesperada contra los caldeos, contadas en el libro de Jeremías y en el de los Reyes, no tienen ya asomo, de carácter religioso. Es que Yahveh ha abandonado el campo de Israel, su cólera ha decidido castigar a su pueblo, 2Re23:27; 2Re24:3.2Re24:20, combate contra él, Jer 21:5, da sus órdenes a los caldeos «para que ataquen, tomen e incendien a Jerusalén», Jer 34:22. No se puede imaginar nada más contrario a la antigua ideología de la guerra santa.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.