Capítulo 4. La Iglesia en la frontera: población, desarrollo, sida y ecología
Preguntas desafiantes
¿Qué tiene la Iglesia en contra de los preservativos, que son un instrumento de prevención eficaz para evitar el contagio de enfermedades?
¿Por qué la Iglesia se desentiende del sida, «la peste del siglo XX», y deja morir a millones de africanos sin mover un dedo por salvarles, solo porque prefiere aferrarse a sus dogmas?
El planeta no puede mantener las actuales tasas de crecimiento demográfico.
¿Por qué la Iglesia no colabora con las políticas de control de natalidad de las
Naciones Unidas y de los países desarrollados para evitar la superpoblación?
¿No sería mucho mejor ser menos y que todos puedan vivir en condiciones verdaderamente humanas, en lugar de mantener multitudes en situaciones de pobreza extrema?
La Iglesia católica, guiada hoy por un papa latinoamericano, es una religión del sur del mundo. En las últimas décadas se ha producido un auténtico vuelco: a principios del siglo XX, solo el 25 por ciento de los católicos vivía fuera de Europa y América del Norte; un siglo más tarde, el 67 por ciento de católicos vive ahora en África, Asia y América Latina.
El Anuario Estadístico de la Iglesia de 2015 dice que en 2013 había 1.253.926.000 católicos, con un aumento de 25.305.000 con respecto al año anterior; y el porcentaje de católicos en la población mundial había aumentado un 0,19 por ciento, situándose en un 17,68 por ciento. Crece en todos los continentes, pero no al mismo ritmo: primero en América (+15.051.000) y África (+7.637.000), seguidos por Asia (+2.161.000), Europa (+285.000) y Oceanía (+171.000).
El cambio irá a más. Si se cumplen las proyecciones de la ONU para 2050, siete de los diez países con más católicos estarán en esos continentes. La población de los países ricos cae en picado, mientras que la del hemisferio sur seguirá creciendo. Alrededor del 95 por ciento de este crecimiento tendrá lugar en países en vías de desarrollo, tal y como está sucediendo ya: más del 90 por ciento de los menores de veinticuatro años vive en el hemisferio sur. Además, mientras las comunidades católicas del norte crecen vegetativamente, en el sur se dan, por lo general, muchas más conversiones.
En esas coordenadas, la Iglesia ocupa un lugar único para dar voz a las opiniones y las prioridades de los más pobres del mundo. Cada vez levanta la voz más a menudo sobre temas como el control demográfico, el medio ambiente o la educación, donde se producen los mayores desequilibrios entre la ideología y los intereses egoístas del Norte opulento y el Sur necesitado. Así se refería el papa Benedicto XVI en el 2009: «Es indiscutible que a veces el llamado “primer” mundo ha exportado, y sigue exportando, residuos espirituales tóxicos que contagian a las poblaciones de otros continentes, en especial las africanas». Y el papa Francisco, volviendo de Manila en enero de 2015, defendió la libertad de los países en desarrollo de resistirse a la «colonización ideológica» que busca imponer el control de la natalidad como precio a pagar para poder recibir ayuda al desarrollo.
Sin embargo, cuestiones como el crecimiento demográfico, el control de la natalidad, la pobreza, el desarrollo y el sida se plantean a menudo en sentido contrario: como una Iglesia «colonial» que impone a los más vulnerables malas prácticas y doctrinas contrarias a sus intereses. Los presupuestos que subyacen a este marco, impulsado por la ética de la autonomía del Norte, son que la sobrepoblación es la causa de la pobreza, y que las mujeres de países en vías de desarrollo necesitan «empoderarse» y tener menos hijos por medio del control de la natalidad. Este argumento se refuerza con advertencias sobre la incapacidad del planeta para soportar semejante crecimiento demográfico.
Este enfoque domina la mentalidad de los organismos de las Naciones Unidas, y tiene uno de sus más famosos defensores en Melinda Gates, esposa del multimillonario fundador de Microsoft, Bill Gates. Su fundación invierte ingentes sumas de dinero en promover la anticoncepción en los países en vías de desarrollo, y se ha propuesto –así lo ha declarado abiertamente– facilitar en 2020 el acceso a métodos anticonceptivos artificiales (incluida la esterilización y el aborto) a 120 millones de mujeres.
Melinda Gates, que es una católica que discrepa de la Iglesia en este tema, cree que tales métodos son más «modernos» y eficaces que los naturales. Aunque ella y otros defensores de la anticoncepción lo plantean como una opción que «permite a las mujeres decidir» cuántos hijos van a tener, los mensajes de los programas educativos financiados por el Norte rico trasladan un mensaje claro: que haya menos niños (pobres) es el pasaporte a un futuro mejor. Esta doctrina «neo-Malthusiana», como el papa Francisco la describe, refleja un arraigado pesimismo sobre el planeta y la población.
El choque entre la visión del mundo de la Iglesia y la de los organismos del Norte rico ha sido particularmente evidente en la cuestión de la pandemia del sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida), la mayor amenaza para África desde la trata de esclavos. Según los datos de ONUSIDA relativos a 2014, unos 25,8 millones de africanos subsaharianos son portadores del virus, lo que representa casi el 70 por ciento del total de infectados por el VIH (virus de inmunodeficiencia humana) en el mundo (36,9 millones).
Desde 2000, unos 38,1 millones han muerto de enfermedades relacionadas con el sida: 1,8 millones en 2014. La pandemia ha diezmado la población, acabando en muchas zonas con la mitad de la población activa y dejando a los abuelos a cargo de sus nietos huérfanos.
En los países occidentales es opinión mayoritaria que, si el uso generalizado del preservativo contribuyó a reducir las tasas de transmisión del VIH entre los hombres homosexuales en EE.UU. y Europa Occidental en la década de los ochenta, la «solución» al sida en África debe ser la misma. Sin embargo, el VIH en África tiene diferentes características, y un sinfín de pruebas ha mostrado la ineficacia de las campañas que animan a la gente a tener «sexo seguro».
La Iglesia tiene una propuesta alternativa: promover una conducta sexual responsable, y luchar contra el estigma del sida y la pobreza. Su proposición no se basa solo en razones morales, sino en el profundo conocimiento de la realidad africana sobre el terreno. Para la mente occidental secular, sin embargo, esa propuesta parece la idea de unos dogmáticos indiferentes al dolor que quieren imponen sus doctrinas religiosas. Por eso, acusan a los católicos de «contribuir a la propagación del virus», «sacrificar vidas inocentes a expensas del dogma» e, incluso, «ser directos responsables de la muerte de millones de africanos».
El paso del tiempo ha tumbado esos planteamientos. Las cifras muestran de manera cada más evidente que el enfoque «cuantos más preservativos, mejor» delataba una falsa, incluso colonialista, mentalidad. Por otro lado, los programas de abstinencia, que apelan a los valores culturales y religiosos tradicionales –profundamente arraigados en los pueblos del mundo en vías de desarrollo– tienen un probado historial de éxito a la hora de frenar la propagación del virus.
La estrategia inicial del programa ONUSIDA se basó en una fatídica interpretación errónea de las realidades africanas. El antropólogo de Harvard Edward C. Green atribuye este desastre a la mentalidad de los expertos en salud, en su mayoría europeos y estadounidenses, que asesoran a los gobiernos en sus políticas de lucha contra el sida.
Las críticas a la Iglesia parten de una intención positiva, que todos deberíamos compartir: el nivel de pobreza existente hoy en el mundo es escandaloso, es urgente salvar vidas, y las mejores soluciones han de incluir los deseos de las culturas locales.
Resulta por eso verdaderamente irónico que se acuse a la Iglesia de resistirse a la anticoncepción artificial occidental imponiendo un dogma desde fuera, cuando es justo lo contrario. Cuando la Iglesia habla sobre estas cuestiones, lo hace con la autoridad que nace del profundo conocimiento de las realidades locales. Ninguna otra organización tiene tanta presencia en aldeas remotas y en las barriadas más pobres; ninguna participa con tanta intensidad en las tareas de prevención y en el tratamiento de la enfermedad en el África subsahariana y otros países en desarrollo; ninguna organización de la sociedad civil puede igualar la actividad de la Iglesia entre los pobres.
Por el contrario, los programas de control de natalidad financiados y administrados por las burocracias internacionales parten de ideas y planteamientos alejados de la vida real y de la cultura de los pobres. Más aún, esos programas son impuestos desde fuera, para instar a los países pobres a tener menos hijos, y además distraen recursos de las verdaderas necesidades de esos países.
«Con esos 4.600 millones de dólares nos regalan miseria», escribió la nigeriana Obianuju Ekeocha en su Carta abierta de una mujer africana a Melinda Gates. «Veo que nos regalarán maridos infieles. Veo que nos regalarán calles vacías de inocentes voces infantiles. Veo que nos regalarán enfermedades y muertes prematuras. Veo que nos regalarán una jubilación sin el cuidado tierno y amoroso de nuestros hijos. Por favor, Melinda, escucha el grito sincero de una mujer africana y por misericordia canaliza tus fondos para pagar por lo que REALMENTE necesitamos».
Intención positiva
Millones de personas en África están infectadas del sida, o corren tal riesgo de infectarse que tarde o temprano morirán por culpa del virus. La prioridad debe ser salvar vidas. La explosión demográfica del mundo en vías de desarrollo está generando una gran presión sobre los recursos. La gente necesita una vía para salir de la pobreza. Las mejores soluciones son aquellas que surgen del horizonte cultural de los involucrados.
La Iglesia y el sida
Helen Epstein, periodista americana de origen judío, señala que «las Iglesias católica y protestante llevan a cabo programas ejemplares contra el sida en África desde la década de los ochenta». Ninguna organización ha estado más cerca ni más involucrada con las comunidades afectadas por el sida que la Iglesia católica. Y ninguna organización ha sido más eficaz en esa lucha.
Junto con las Iglesias protestantes, los católicos estuvieron en primera línea de fuego tan pronto como comenzó la epidemia, respondiendo a la necesidad de aliviar el sufrimiento y acompañar en la muerte, y al mismo tiempo educando a la familia humana sobre cómo prevenir la propagación del virus. Hoy en día, a solas o en asociación con otros, desempeña un rol vital y creciente en la respuesta global al VIH en los países en vías de desarrollo: ayuda a las personas a evitar la infección; proporciona las pruebas para el diagnóstico, y ofrece cuidados médicos y espirituales a los contagiados; trabaja en las comunidades para luchar contra la estigmatización y la discriminación; cuida a las personas afectadas (especialmente a las viudas y a los huérfanos); acompaña a las personas infectadas a «vivir positivamente»; y aboga en defensa de los intereses de los infectados por el virus.
Los programas católicos contra el sida trabajan a través de las estructuras diocesanas y parroquiales ya existentes: no vienen de «fuera». La Iglesia no es una ONG que proporciona un servicio para los extranjeros; la Iglesia es el pueblo. El obispo Kevin Dowling, expresidente de la oficina para el sida de la Conferencia de los Obispos Católicos del Sur de África (COCSA), observa cómo la respuesta de la Iglesia «está íntimamente ligada a su misión en el mundo: una respuesta que debe estar basada y revelar actitudes evangélicas esenciales, valores como la compasión, la solidaridad, la atención a las personas vulnerables, la lucha por la justicia y el compromiso con la superación de las estructuras injustas de la sociedad».
Dejando de lado sus otras muchas cualificaciones para pronunciarse sobre este asunto, el número y el alcance de sus programas significan que la Iglesia merece ser reconocida como la voz líder en el mundo en la lucha contra el sida. En todo el mundo, las instituciones católicas atienden a más del 25 por ciento de todas las personas afectadas por el virus; la cifra se eleva al 75 por ciento en el continente africano; y, en sus áreas más difíciles y remotas, cerca del 100 por cien.
Tal como la Iglesia ha señalado desde hace mucho tiempo, mientras que el uso del preservativo puede ser eficaz para reducir la transmisión del VIH en subgrupos de alto riesgo identificables (prostitutas, homosexuales), tiene el efecto contrario en la población en general, donde la mayor disponibilidad y uso de los preservativos causan un aumento en las tasas de infección.
Medicinas para todos
El documental Iglesia, sida y preservativos, producido por ROMEreports en 2006, dio a conocer otra intervención de la Iglesia, desconocida para muchos. Porque, en los países pobres, el problema sigue siendo el precio de las medicinas. Aquí no tienen dinero para comprar el cóctel de medicinas que bloquea el desarrollo del virus. Y las patentes médicas impiden fabricarlos o que se rebaje el precio.
Los países en vías de desarrollo emprendieron entonces una auténtica guerra contra el monopolio de las patentes, propiedad de gigantes farmacéuticos como GlaxoSmithKline, porque –en el caso del sida– ese monopolio suponía una condena a muerte para millones de enfermos en países sin recursos.
India y Brasil lucharon duramente en la Organización Mundial del Comercio para romperlo. Y en esa guerra encontraron en el Vaticano su aliado más decidido. El cardenal mexicano Javier Lozano Barragán, entonces presidente del Pontificio Consejo para la Salud, bajó a la arena: «Los derechos de propiedad sobre las patentes son legítimos y justos, pero, como toda propiedad privada, tienen sus límites. Por eso, anunciamos a todos que la propiedad privada tiene un sentido social también en cuanto a las patentes».
Esa intervención animó a varias multinacionales a disminuir sus precios. A consecuencia de esa mediación, los costes del cóctel descendieron notablemente: en el año 2000, costaba 15.000 dólares al año por paciente; después, las multinacionales lo vendían a 1.000 dólares en África, mientras que en EE.UU. y Europa seguían vendiéndolo a 15.000 dólares (y algunas farmacéuticas indias consiguieron bajarlo a 150 dólares).
Esa rebaja mejoró la situación, pero no la resolvió: hoy recibe tratamiento médico el 41 por ciento de los enfermos de sida, pero, en África, solo 1 de cada 10 pacientes tiene acceso al tratamiento médico; y, sin medicamentos, el sida sigue siendo mortal. Por eso, en 2003 Juan Pablo II abrió un fondo especial de donaciones para enfermos de sida, llamada Fundación El Buen Samaritano, que compra antirretrovirales a GlaxoSmithKline a un precio especial, 220 dólares por persona y año, y los distribuye a pacientes de 18 países pobres.
«Pedimos dinero a mucha gente –comentaba el cardenal Lozano–, diciendo:
“Ayúdenos a ayudar a tus hermanos con sida”. No importa si son o no católicos; lo
que sí importa es que están enfermos, y tenemos que ayudarles. Por eso les
mandamos dinero. Al principio, mucha gente –incluidos algunos católicos– me
criticaron, diciendo que era un idiota por no ir a la raíz del problema, que es la
prevención. Mi respuesta fue: si me encuentro con alguien que ha sido atropellado
por cruzar la carretera sin mirar, ¿realmente esperas de mí que le recuerde el código
de circulación?».
Gobiernos de países desarrollados han ofrecido miles de millones de dólares al fondo, siempre que promoviese programas de prevención basados en la distribución de anticonceptivos. Pero el Vaticano no los ha aceptado. Prefiere mantenerse libre e independiente, para no dejarse condicionar luego por una gran empresa o un líder político.
Iglesia y preservativos
Vayamos por partes, empezando por aquellos casos en los que el preservativo se ha demostrado eficaz a la hora de reducir el riesgo de infección.
En primer lugar, en las relaciones entre personas del mismo sexo. Aquí el preservativo tiene eficacia, porque el virus se difunde a través del semen, las secreciones vaginales y la sangre. La tasa de contagio en relaciones homosexuales es más alta, porque el coito anal suele ser más traumático, y el recto contiene vasos linfáticos extremadamente desarrollados que reabsorben casi todo.
La Iglesia no se opone al preservativo en estos casos. Lo que dice la Iglesia –lo vimos en el capítulo anterior– es que esas relaciones sexuales llevan a la infelicidad propia y ajena. El uso del preservativo es casi una anécdota: como si –y perdonen el ejemplo– alguien atracara un banco fumando un habano: está claro que no se puede fumar en espacios públicos, pero lo fundamental es «lo otro». En una relación homosexual, no tiene relevancia moral alguna el uso de preservativos. En ese contexto, la Iglesia ni fomenta el preservativo ni se opone: sencillamente, dice que el comportamiento homosexual es contrario a la dignidad de la persona y les hace daño como personas. Son libres de hacer caso omiso a la voz de la Iglesia; pero, si lo hacen, no necesitan el consejo de la Iglesia sobre cómo realizarlo.
El segundo caso es en el ámbito de la prostitución. Aquí el preservativo también se ha demostrado eficaz, por razones obvias (aunque estudios médicos realizados en España muestran que la infección de sida en las prostitutas está más vinculado al uso de drogas por vía intravenosa que a la propia promiscuidad sexual). Pero a quien vende su cuerpo para alimentar a sus hijos o a sus padres, la Iglesia no dice que no use preservativos. Estos casos no se resuelven apelando a la doctrina católica sobre la contracepción, ya que esta se refiere exclusivamente a la sexualidad en el matrimonio. (De hecho, la anticoncepción aparece en el Catecismo de la Iglesia Católica en el apartado sobre la fecundidad del matrimonio, dentro del epígrafe «El amor de los esposos»).
El acto sexual entre una prostituta y quien le paga no es un acto conyugal: no realiza una entrega amorosa y fecunda. Es una transacción comercial en la que se vende la propia intimidad y dignidad por unos euros (o tantas veces es fruto del tráfico de personas, donde la libertad brilla por su ausencia), y su significado no es unitivo ni procreativo. El preservativo no justifica la acción, a lo sumo protegerá a los participantes de los virus con que hayan podido haberse contagiado en anteriores relaciones promiscuas. Lo que ahí se busca es otro bien: evitar la enfermedad y la muerte, no evitar una nueva vida.
Benedicto XVI intervino en este debate en noviembre de 2010, cuando relató el caso de una prostituta que prefería usar preservativos para evitar contagiar a alguien. El papa interpretó este acto de cautela como el posible comienzo de un viaje hacia el despertar de la moralidad. Es decir, el pontífice consideró «prudente» (es decir, virtuoso) el uso del preservativo en ese caso. Días más tarde, la Congregación para la Doctrina de la Fe confirmó ese juicio moral, y añadió que, «si alguien, practicando la prostitución y estando además infectado por el VIH, se esfuerza por disminuir el peligro de contagio, a través incluso del uso del profiláctico, ese comportamiento puede constituir un primer paso en el respeto por la vida de los demás, si bien el mal de la prostitución sigue conservando toda su gravedad». Pero nada tiene que ver con la contracepción, como lo prueba el hecho de que la palabra alemana que usó el papa en esa entrevista fue «prostituto», en masculino.
Cuando la Iglesia se ha pronunciado sobre el preservativo, lo ha hecho en el contexto del amor humano verdadero. Como escribe con desparpajo el moralista argentino Eduardo Volpacchio, afincado en Uganda, «la Iglesia no tiene ningún interés, ni nada que decir acerca de un pedazo de goma. En tanto y en cuanto ese pedazo de goma sea un instrumento que afecte la vida sexual, sí tendrá algo que decir, en cuanto que afecte la moralidad de los actos (los haga anticonceptivos o difunda la promiscuidad)».
En una relación conyugal en que se use el preservativo con finalidad anticonceptiva, la Iglesia señala que es inmoral, de la misma manera que cualquier otro anticonceptivo. En el caso del sexo extramatrimonial, la acción depende del acto en sí mismo considerado, una unión sexual vaciada de su contenido. La Iglesia es pro-vida, pero provida porque quiere que el acto sexual tenga toda su potencialidad expresiva estando abierta a la vida. «Sería absurdo pensar –dice Volpacchio– que la Iglesia deseara que de cada acto sexual naciera una vida. Quien conozca con precisión la doctrina católica nunca pensará que la Iglesia exige a los adúlteros que en su infidelidad cuiden mucho la apertura a la vida de sus adulterios. La cualidad moral del adulterio no cambia mucho por la apertura o no a la vida. La Iglesia desea y fomenta la fidelidad matrimonial y desaconseja con todas sus fuerzas el adulterio. Pero no está entre sus tareas enseñar cómo ser mejor o peor adúltero».
Por último, la Iglesia se opone a la distribución masiva de preservativos porque con ella se fomenta la promiscuidad. Si bien disminuye mucho las posibilidades de contagio de enfermedades de transmisión sexual, puede dar una falsa sensación de inmunidad, que fomente la promiscuidad de manera que, a la larga, haga más probable estadísticamente el contagio que pretende evitar. Por eso, sin negar el grado de eficiencia que pueda tener, la Iglesia sostiene que la propaganda y distribución masiva del preservativo no es la solución a las enfermedades de transmisión sexual.
Ahora bien, si se trata de campañas de salud pública dirigidas a públicos restringidos por ser colectivos de riesgo (prostitutas, por ej.), el uso del preservativo no afecta en nada a la valoración moral de los actos: es un tema de salud pública procurar que no se difundan enfermedades. Pero la Iglesia no participará en campañas sobre prostitución, ni siquiera con la buena intención de hacerla más saludable.
No estamos ante distinciones maniqueas propias de una mentalidad retorcida. Son situaciones moralmente complejas, donde la búsqueda del bien –verdadero objetivo de la moral– es muy difícil. Quienquiera que se enfrente a decisiones morales difíciles tendrá siempre el apoyo pastoral de la Iglesia. Pero el objetivo de dicha ayuda sería guiar a las personas hacia lo que es correcto y, además, eficaz.
Sida y preservativos
Si prestamos atención a los hechos, no a las ideologías, lo único que se ha demostrado eficaz para combatir el sida en África ha sido la tríada fidelidad, monogamia y abstinencia.
El preservativo no puede solucionar el problema del sida en África. El sida es «una tragedia que no se puede superar solo con el dinero o con la distribución de preservativos. Al contrario, se corre el peligro de aumentar el problema», dijo el papa Benedicto XVI a los periodistas en su viaje a Camerún en marzo de 2009. Sus declaraciones causaron un aluvión de críticas. Pero los datos en ese mismo país corroboraron dramáticamente la verdad de sus palabras: entre 1992 y 2001, la venta de preservativos en Camerún pasó de 6 a 15 millones y la tasa de infección por VIH se triplicó, del 3 al 9 por ciento.
Edward C. Green, profesor en Harvard y uno de los expertos mundiales en el sida, dijo que el papa «de hecho tiene razón». James Shelton, de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional, opinaba lo mismo, y escribió en el Lancet que «el uso de preservativos, como medida aislada, tiene un impacto muy limitado en epidemias generalizadas». Todavía ningún país africano ha resuelto una epidemia generalizada mediante la distribución de preservativos.
En un artículo en la revista Science, diez expertos sobre el sida criticaron la manera en la que se destinó el presupuesto de 3.200 millones de dólares de ONUSIDA en promoción del preservativo, cuando la «reducción del número de parejas» era la clave para frenar el sida, tal y como la Iglesia ha venido defendiendo todo este tiempo.
Helen Epstein, de la Universidad de California en San Diego, ha demostrado cómo la «concurrencia» sexual (tener muchas parejas de larga duración) era la razón por la que las tasas de infección por VIH habían aumentado escandalosamente en África a pesar del uso extendido del preservativo. En África, la principal razón por la que el virus se ha disparado es la prevalencia de múltiples parejas estables de larga duración, que actúan como una autopista para el virus. «El sida es común en África no porque los africanos tengan muchas parejas sexuales, sino porque son proclives a tener un pequeño número de parejas de larga duración de forma simultánea. Esto les sitúa a ellos y a su/s parejas en una vasta red activa de relaciones sexuales altamente propicia a la transmisión del VIH». Por eso, las campañas anticonceptivas como la financiada por Melinda Gates solo exacerban el problema. Los preservativos pueden ser efectivos en la reducción del contagio del virus en encuentros sexuales ocasionales, pero rara vez se usan en relaciones largas y estables, que son el contexto en el que suceden la mayoría de los contagios de VIH en África.
La reducción del número de parejas –o, como la Iglesia pide, fidelidad y monogamia en el matrimonio–, contrariamente a lo que se pensaba, ha sido realmente efectiva. En Zimbabue y Kenia, por ejemplo, la tasa de prevalencia del VIH empezó a disminuir a finales de los años noventa debido a que el número de parejas simultáneas disminuyó.
Sin embargo, en Botsuana, Sudáfrica y Lesoto, donde no hubo dicha disminución en el número de parejas en los noventa, sino que se promovió el preservativo como el principal método de prevención, las tasas de VIH se dispararon.
Importantes estudios epidemiológicos respaldan el enfoque de la Iglesia. Green –un científico agnóstico– ha sido uno de los muchos expertos que ha defendido desde hace años que la fidelidad era la clave para combatir el virus: «Puesto que las evidencias apuntan hacia la alta prevalencia y la mortífera naturaleza de las relaciones simultáneas múltiples, debemos reorientar la prevención y la investigación para fomentar cambios de comportamiento; en especial, la reducción del número de parejas y la exclusividad sexual».
Uganda es el ejemplo clásico: la prevalencia del VIH descendió del 21 al 9,8 por ciento en la década de los noventa, tras haberse reducido en un 65 por ciento el número de parejas sexuales ocasionales. Este cambio de comportamiento surgió a raíz de una campaña que se centró en las comunidades y que fue respaldada por el gobierno, en colaboración con las Iglesias. El cambio de comportamiento –según un informe de Stoneburner y Low-Beer publicado por la revista Science en 2004– fue un factor decisivo. «El rasgo diferenciador de Uganda es la reducción del número de parejas sexuales ocasionales y, por tanto, una contracción de las redes sexuales».
Este enfoque es el más efectivo, el más realista y el que más probabilidades de éxito tiene. No hay alternativa. Como declararon los obispos católicos de África en 2009: «El problema no puede resolverse distribuyendo profilácticos. Pedimos a todos los que estén interesados de verdad en detener la transmisión sexual del HIV/sida que reconozcan el éxito obtenido por los programas que aconsejan la abstinencia entre los no casados y la fidelidad entre los casados. Este modo de proceder no solo ofrece la mejor protección contra la difusión de esta enfermedad, sino que además está en armonía con la moral cristiana».
El paternalismo de Occidente
Las pruebas son evidentes en todos los países. La inexplicable renuencia a traducirlo en políticas internacionales destinadas a la reducción del número de parejas solo se entiende por la reticencia de los liberales occidentales a promover programas que sugieren comportamientos morales (fidelidad, permanencia) que contradicen frontalmente sus propios valores.
Lo mismo sucede con la mayoría de los medios de comunicación, principal plataforma de la ética de autonomía y de los intereses del Norte opulento: la necesidad de cambios de conducta es a día de hoy la propuesta principal de la opinión científica; pero los medios de comunicación occidentales ignoran la evidencia y tardan en aceptarlo. Por eso, el cardenal nigeriano John Onayiekan comentó en 2016 que está demostrada la eficacia del programa ABC: A de abstinencia fuera del matrimonio; B de fidelidad («be faithful») dentro de él; y C de condón, como tercer elemento. Y se preguntaba:
«¿Por qué entonces todos los recursos y energías se dedican a la C, y en cambio
no se ve ningún plan de acción respecto a la A y la B? La Iglesia dedica mucho
esfuerzo en esos dos aspectos, como si eso no requiriera dinero; mientras que los
gobiernos de los países occidentales esperan que aceptemos C para inundarnos con
toneladas y toneladas de preservativos (…), y, para más inri, con mucha frecuencia
los que mandan a África son defectuosos: tienen un 50 por ciento menos de eficacia
de los que se venden en Europa».
Si realmente se quiere acabar con el sida, sostenía el cardenal, la ayuda médica y financiera debe confiarse a los que trabajan en el campo, a las ONG y organizaciones religiosas de los distintos credos que han demostrado fehacientemente su compromiso con África, y evitar que desaparezcan por la corrupción de los gobiernos locales.
Según el padre Michael Czerny, exdirector de la Red Jesuita Africana contra el sida, «la promoción del preservativo como estrategia para reducir las infecciones por VIH en la población general se basa en probabilidades estadísticas y una credibilidad intuitiva. Goza de buena aceptación en los medios de comunicación occidentales y entre los creadores de opinión. Lo que no tiene es respaldo científico».
Por otra parte, las campañas sobre el uso de preservativos transmiten un pesimismo implícito acerca de los africanos: les considera seres ansiosos y egoístas, incapaces de autocontrol y de ir más allá de la satisfacción inmediata. Además, es una actitud ajena a los valores tradicionales africanos que los organismos internacionales imponen a los africanos y que representa, según el padre Czerny, un «racismo subconsciente».
Si se quiere ayudar a los africanos a superar la enfermedad, hay que dejarles que lo hagan a la africana, sin el paternalismo interesado de Occidente y de los organismos internacionales, donde reina una burocracia cada vez más hostil a la religión. «Soy testigo –escribió en 2014 el político español Jaime Mayor Oreja, con amplia experiencia internacional– de que, a mayor relativismo, más hostilidad hacia la religión (…). Las organizaciones más relativistas son aquellas organizaciones que están más alejadas de la gente, de los valores de la persona, y que tienen su máxima expresión en las Naciones Unidas. No tendría que ser así, pero, cuanto más internacionalizada está una institución, más poderoso es el avance del relativismo».
La Iglesia católica en el sur de África dirige programas que apelan a los valores tradicionales de la sociedad africana. La Iglesia cree que la mejor forma de enfrentarse al virus es a través de la «humanización de la sexualidad», basada en la fe en Dios y el respeto a uno mismo y a los demás, en contraposición a la «banalización de la sexualidad» implícita en las campañas que promueven el uso del preservativo. Sus programas de prevención son muy eficaces a la hora de enseñar a los jóvenes a rechazar proposiciones sexuales y abstenerse hasta el matrimonio. Gran parte de la efectividad de los programas contra el VIH de la Iglesia se debe a su enfoque en las comunidades, que dependen de una larga red de voluntarios con sólidos valores y la voluntad de ayudar al prójimo.
Son datos sólidos. Pero van después del marco adecuado. Precisamente sobre el sida Francisco dio otro ejemplo de reformulación. En su vuelo de regreso a Roma, después de viajar a Kenia, Uganda y República Centroafricana en 2015, un periodista alemán le preguntó si, a causa de la epidemia de sida, no sería el momento para que la Iglesia cambiara su «no» al preservativo. El Papa respondió:
«La pregunta me parece demasiado reduccionista. Me parece también una
pregunta parcial. Sí, es uno de los métodos. La moral de la Iglesia se encuentra,
pienso, en este punto, frente a una perplejidad. O el quinto o el sexto mandamiento:
la vida o que la relación sexual esté abierta a la vida. Pero este no es el problema. El
problema es más grande. Esta pregunta me hace pensar en la que le hicieron a Jesús
una vez: “Dime, maestro, ¿es lícito curar el sábado?”. Es obligatorio curar. Esta
pregunta es si es lícito curar. La malnutrición, el trabajo esclavo, la explotación, la
falta de agua potable… Esos son los problemas. No hablemos de si se puede usar
esta tirita o no para esa herida. El gran problema, la injusticia social, la injusticia del
medio ambiente. A mí no me gusta bajar a preguntas, a reflexiones tan casuísticas
cuando la gente muere por falta de agua, de pan, de hábitat».
Francisco no aceptó el planteamiento del periodista –se salió de su marco–, y de ese modo reflejó de manera elocuente la postura de la Iglesia, junto a Jesús y frente a los fariseos de cualquier época.
Las personas no son el problema
El caso del sida es uno de los ejemplos que ilustran los peligros de la «dictadura del relativismo» (Benedicto) y de la «colonización ideológica» (Francisco). Los esfuerzos bienintencionados por erradicar la pobreza y la enfermedad pueden causar un gran daño cuando se acometen basándose en los estrechos prejuicios de los países ricos y su ética de la autonomía. Ese mismo dogmatismo subyace en la idea fija de los organismos internacionales, que repiten hasta la saciedad que la causa de la pobreza es la superpoblación y que la única forma de salir de ella es teniendo menos hijos.
«Si no tienes petróleo, tu futuro está en manos de la planificación familiar», tuvo el descaro de decir el ministro noruego de desarrollo Heikki Holmas a los representantes de los países en desarrollo en la conferencia de Londres de 2012. La inauguración corrió a cargo de la mujer más rica del planeta, Melinda Gates, quien dijo que el objetivo de su campaña era «aumentar la demanda de anticonceptivos» porque «la transición de un país de renta baja a uno de renta media sucede cuando las parejas tienen menos hijos».
En esa afirmación hay muchas presunciones sin base alguna: algunas erróneas y simplistas, y otras verdaderamente siniestras. Una de ellas es que el crecimiento demográfico ralentiza el crecimiento económico. Es cierto que algunos países muy pobres tienen poblaciones muy numerosas, y la demografía puede ser un desafío para el desarrollo. Pero esta relación no es causal: desde el siglo XIX el mundo ha experimentado un rápido crecimiento de la renta per cápita que ha ido de la mano del espectacular crecimiento de la población. Además, varios de los países con mayores tasas de crecimiento económico y ahorro son aquellos con poblaciones más numerosas. El rápido crecimiento demográfico no ha sido un obstáculo para el rápido crecimiento económico, ni en el pasado (Estados Unidos) ni en el presente (India). Al contrario, es considerado beneficioso para la economía. Pero también sucede lo contrario: en la rica Europa, con una tasa de natalidad muy por debajo de la tasa de sustitución (2,1 hijos por mujer), las perspectivas a largo plazo son desalentadoras. El colapso demográfico, que comenzó en la década de los setenta con bajas tasas de natalidad, ha llevado al envejecimiento de la población y al desplome del número de trabajadores, que son una bomba de relojería para muchos países, y muy en particular para España e Italia.
Lo que suele suceder es que, a medida que la renta per cápita aumenta, la fertilidad desciende. Pero la idea de que una población más numerosa reduce la renta per cápita es un mito conocido como maltusianismo, que toma su nombre de Thomas Malthus, que en el siglo XVIII sostenía que, sin guerras, epidemias y hambrunas, el número de personas sobrepasaría la producción de alimentos. Su profundo pesimismo sobre la capacidad del planeta para soportar el crecimiento demográfico ha sido refutado a lo largo de la historia una y otra vez. Los economistas han demostrado que, a pesar del crecimiento de la población, el mundo es un lugar mejor, y no hay ninguna razón para pensar que no seguirá siendo así.
Cuando el libanés Edouard Saouma dejó su puesto de director general de la FAO (agencia de Naciones Unidas para la alimentación), que había ocupado durante dieciocho años, en una entrevista publicada en Le Monde expuso sin velos la situación alimentaria mundial, más influida por la política que por la misma agricultura. La situación había mejorado en las últimas décadas: «Se producen actualmente más cereales que en 1975, y sobre superficies menores, de modo que los rendimientos del arroz y del trigo han aumentado cerca del 50 por ciento, los del maíz más del 35 por ciento y los de las leguminosas un 30 por ciento. Progresos comparables se han registrado en los sectores ganadero, forestal y pesquero. Así, la acuicultura, que hace veinte años estaba apenas comenzando, proporciona hoy alimentación, empleos e ingresos a millones de personas. Estos logros capitales muestran que la producción alimentaria mundial ha crecido más deprisa que la población: el suministro de calorías por habitante ha aumentado alrededor del 10 por ciento anual desde mediados de los años 70. Tenemos excedentes alimentarios aunque la población del mundo se ha duplicado».
La clave del desarrollo ha sido y sigue siendo los seres humanos. Somos la solución, no el problema. Desde la perspectiva moderna, el crecimiento de la renta per cápita en los últimos 150 años no tiene mucha relación con la población y, más bien, fue debido a la acumulación de capital humano y físico y a la aparición de nuevas tecnologías. Destacados investigadores señalaron en 2010 en un artículo en el American Economic Review: «Las poblaciones numerosas fomentan una mayor especialización y una mayor inversión en educación, transmitida en parte en ciudades más grandes y más importantes».
El tópico del crecimiento demográfico no sostenible es un fantasma basado en datos antiguos. Hoy los expertos hablan de una segunda transición demográfica conocida como la «Nueva Demografía». En algún momento del siglo XXI el mundo comenzará a despoblarse; un fenómeno ya visible en Europa occidental y Japón. El panorama esbozado por la ONU, suponiendo que la tasa de fertilidad se mantenga en un 1,85 –muy por debajo de la tasa de sustitución de 2,1–, estima una población mundial de 2,3 billones en 2300, un pronóstico bien distinto al de los 9 billones que aseguran los partidarios del control poblacional.
Sea cual sea el futuro de la población mundial, no podemos olvidar el escándalo de la verdadera pobreza en muchas partes del mundo a día de hoy. En las economías pobres y agrícolas, con capital limitado, pocas infraestructuras y tecnología rudimentaria, las poblaciones numerosas van de la mano de la baja renta per cápita.
El problema –decía el director de la FAO en la entrevista citada– es que, para asegurar su desarrollo y financiar sus importaciones, África debe contar fundamentalmente con sus exportaciones de materias primas: café, té, cacao, algodón, etc. Pero la demanda de estos productos en los países desarrollados está ampliamente cubierta y apenas aumenta.
Por si fuera poco, los precios no dejan de bajar desde hace quince años: «Los precios –explicaba Saouma– son fijados por los negociantes en plazas extranjeras, sin que los países productores puedan intervenir. El juego de la especulación provoca una fuerte inestabilidad de los precios, los cuales no dejan de bajar en términos reales. Cuatro multinacionales controlan el comercio del café en el mundo, y una sola el del té. En cuanto al azúcar, hay un acuerdo, pero el refinado debe hacerse en Europa. No se desea que se cree valor añadido en el Tercer Mundo. Hay una voluntad declarada de mantener bajos los precios de las materias primas para no provocar inflación en los países desarrollados. En diversas ocasiones los países en desarrollo han pedido que se celebre una conferencia sobre las materias primas, pero es un tema tabú».
Un problema político, no de producción alimentaria. ¿Qué hacemos al respecto? El Catecismo dice: «Las naciones ricas tienen una responsabilidad moral grave respecto a las que no pueden por sí mismas asegurar los medios de su desarrollo, o se les ha impedido realizarlo por trágicos acontecimientos históricos». Dicho de otra forma, la Iglesia cree que los países ricos deberían aumentar la disponibilidad de recursos a los pobres, mientras que los ricos creen que los países pobres deberían reducir el número de seres humanos que hacen uso de sus escasos recursos.
La idea de que las mujeres negras del hemisferio sur son víctimas de su propia fertilidad –que es la causa de su pobreza– tiene un claro tinte racista y colonialista. En la encíclica Sollicitudo rei socialis, san Juan Pablo II condenó la manera en la que los gobiernos y los organismos de los países ricos llevaban a cabo «campañas sistemáticas contra la natalidad, por iniciativa de sus Gobiernos, en contraste no solo con la identidad cultural y religiosa de esos países, sino también con la naturaleza del verdadero desarrollo». El papa añadía que «se trata de una falta absoluta de respeto por la libertad de decisión de las personas afectadas, hombres y mujeres, sometidos a veces a intolerables presiones, incluso económicas, para someterlas a esta nueva forma de opresión». Era consciente de que eran las poblaciones más pobres del mundo las que sufrían este maltrato. Pudo ver que detrás de esas campañas de control de la natalidad había «un cierto racismo, o la aplicación de ciertas formas de eugenismo, igualmente racistas».
El papa Francisco lo llama «colonización ideológica» y no le falta razón: es una actitud autoritaria y coactiva. El problema es una estrechez de miras que ve la vida como algo hostil al desarrollo y que se traduce en una asignación de los recursos distinta de la que realmente sería necesaria.
Las personas que trabajan en el terreno llevan tiempo condenando cómo se ignoran enfermedades comunes, que cuestan céntimos tratarlas, mientras que se destinan millones de dólares a los anticonceptivos. Brian Knopp relata lo siguiente:
«Una mujer keniana que entra a un hospital con el útero infectado por un DIU,
que algún doctor colocó sin su consentimiento tras su último parto, puede llegar a
morir por la falta de quirófanos limpios y bien equipados. Pero, si lo que desea es
una ligadura de trompas, los planificadores demográficos occidentales le
acompañarán hasta un quirófano nuevo, limpio y bien equipado destinado a tal
efecto. Y dejan a los hospitales de la Iglesia recogiendo los platos rotos».
En la mencionada Carta abierta a Melinda Gates, Obianuju Ekeocha describió cómo las necesidades reales de su remota comunidad rural podrían ser transformadas invirtiendo en lo que la gente verdaderamente necesita: ante todo, una buena atención prenatal, neonatal y pediátrica. Las mujeres no mueren porque tengan muchos hijos, sino porque no reciben la atención postparto necesaria. Piden maternidades con unidades de neonatología. Y, si una mujer quiere espaciar los nacimientos, se le puede enseñar el método de planificación familiar natural, que cuesta muy poco y no tiene efectos secundarios contra la salud.
La nigeriana prosiguió pidiendo a Gates que creara guarderías para niños pequeños donde pudieran recibir alimento y ser educados mientras sus padres trabajan, programas de castidad para mujeres jóvenes para contrarrestar los mensajes promiscuos de los medios de comunicación occidentales, microempresas que ayudaran a las mujeres a formarse y tener acceso a préstamos, así como que ayudara a las vacías arcas de las ONG que protegen a las mujeres del tráfico sexual, la prostitución, los matrimonios forzados, la explotación infantil, la violencia doméstica y los delitos sexuales. «Tus 4.600 millones de dólares pueden ser una buena herencia para África y también para otras zonas pobres del mundo. Pero, por favor, que sea una herencia que traiga vida, amor y sonrisas al mundo necesitado».
«La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo», escribe Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate. Esta visión permite que las políticas públicas y los esfuerzos de instituciones y particulares se centren en las verdaderas necesidades de los pobres, en lugar de defender los intereses coloniales de los ricos. «Fomentando la apertura a la vida, los pueblos ricos pueden comprender mejor las necesidades de los que son pobres, evitar el empleo de ingentes recursos económicos e intelectuales para satisfacer deseos egoístas entre los propios ciudadanos y promover, por el contrario, buenas actuaciones en la perspectiva de una producción moralmente sana y solidaria, en el respeto del derecho fundamental de cada pueblo y cada persona a la vida».
La Iglesia no pide ingenuamente la luna: hacer más no solo es necesario, sino que es posible. En 25 años, desde 1990 hasta el 2015, el número de personas en pobreza extrema ha pasado de casi dos mil millones a 836 millones; y de ser el 47 por ciento de la población de los países en vías de desarrollo, hoy son el 14 por ciento. El informe de Oslo en 2015 sobre los Objetivos del Milenio establecidos por la ONU en el 2000 ha mostrado que la movilización colectiva ha producido «la iniciativa contra la pobreza más exitosa de la historia». Ciertamente, según comentó entonces el secretario general de Naciones Unidas, los resultados presentan un éxito parcial, porque quedan aún muchas lagunas en la lucha contra la desigualdad. «Sin embargo –glosó Ban Ki-moon– los Objetivos del Milenio nos han enseñado que los gobiernos, las empresas y la sociedad civil pueden trabajar juntos, innovar y transformar el mundo».
Precisamente por eso, la voz de la Iglesia se levanta en defensa de esos 836 millones, porque es completamente realista conseguir un mundo más humano, mientras que las soluciones antinatalistas son deshumanizadoras. El único obstáculo es la voluntad de los poderosos de la tierra.
Ecología integral
La Iglesia conoce la vida de los pobres del mundo mejor que cualquier organismo o agencia internacional. Por eso el papa Francisco pidió en septiembre de 2013 «un desarrollo auténtico e integral», que busque «condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado». Ya en la Populorum progressio, el beato Pablo VI describió lo que la gente quería: «hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más».
Conseguir un mundo mejor no consiste en que los países ricos inviertan más en ayuda al desarrollo. Requiere una conversión por parte de las naciones que dominan el mundo y la economía. «Un sistema económico centrado en el dios dinero necesita también saquear la naturaleza, para sostener el ritmo frenético de consumo que le es inherente», declaró el papa Francisco en una reunión con campesinos sin tierras y trabajadores de la economía sumergida en octubre de 2014. Luego, añadió: «El acaparamiento de tierras, la deforestación, la apropiación del agua, los agrotóxicos inadecuados, son algunos de los males que arrancan al hombre de su tierra natal. El cambio climático, la pérdida de la biodiversidad, la deforestación ya están mostrando sus efectos devastadores en los grandes cataclismos que vemos».
Cada vez más los papas ven los daños al planeta –como la desaparición de la capa de ozono y el aumento de la temperatura en todo el mundo como consecuencia del efecto invernadero, por ejemplo– como síntomas de un estilo de vida que ha de ser cuestionado por materialista y centrado en sí mismo. El problema ecológico no se puede solucionar a menos que la sociedad moderna «revise seriamente su estilo de vida», dijo san Juan Pablo II, como indispensable para superar la crisis ecológica. En la Centesimus Annus pidió «importantes cambios en los estilos de vida consolidados, con el fin de limitar el despilfarro de los recursos ambientales y humanos, permitiendo así a todos los pueblos y hombres de la tierra el poseerlos en medida suficiente».
Cada año se pierden millones de hectáreas de selva, se pone a muchas especies al borde de la extinción, y los recursos hídricos renovables escasean. Para el año 2030, solo quedará el 10 por ciento de los bosques que un día cubrieron la tierra, provocando la pérdida de muchas especies y aumentando los niveles de dióxido de carbono. La protección del Amazonas se ha convertido en una cruzada nacional en la Iglesia brasileña.
El papa Francisco está impulsando la idea del «ecologismo integral» como la clave para abordar asuntos interrelacionados, como la ecología humana, el desarrollo y el medio natural, y en 2015 le ha dedicado la encíclica Laudato si’ («Alabado seas») al cuidado del planeta, «la casa común». Apunta a que las señales que nos manda la naturaleza sugieren que la humanidad ha recogido más de lo que ha sembrado. ¿Qué tiene que cambiar en una cultura económica que antepone el dinero y el beneficio a las personas? ¿Es convincente afirmar que son las familias numerosas la causa de la pobreza, o que la pobreza puede «solucionarse» convenciendo al pobre de tener menos hijos?
No podemos salvar el medio ambiente si no solventamos las profundas injusticias que hay en la distribución de los bienes del planeta. La ecología integral busca respetar la esencia divina de la naturaleza del mismo modo que la de las relaciones humanas, de manera que luchar contra el cambio climático y el desbocado capitalismo mundial está en la misma línea que la oposición a los anticonceptivos, el aborto y la negativa al matrimonio. Para erradicar la pobreza y muchos otros males sociales que afectan de manera desproporcionada a mujeres, niños y ancianos, tenemos que apoyar el matrimonio y la familia, y atender las necesidades de los pobres.
«Los entornos sociales, al igual que los entornos naturales, necesitan protección», dice el papa Francisco. El imperativo moral de cuidar el medio ambiente es el mismo que promueve las condiciones sociales y culturales necesarias para que prosperen los matrimonios y las familias. Las personas vivimos en entornos –natural, social y económico– y es necesaria una administración de estos hábitats para que prosperen los que viven en ellos. Todo tiene su orden: primero, las personas. Así se explica que el Papa, de quien nadie duda que defiende el medio ambiente a capa y espada, criticara a los que aman a sus mascotas y permanecen indiferentes hacia el sufrimiento de los hermanos: «Cuántas veces vemos gente muy unida a los gatos, a los perros, y después no ayudan con el hambre del vecino, la vecina… ¡Eso no va!».
La respuesta a los desafíos sociales de nuestra era no está en la ética de la autonomía, que ha llevado a la destrucción de la familia y el planeta. Solo con una ética basada en la vida y la solidaridad conseguiremos un mundo mejor y más justo.
MARCOEXISTENTE
Los esfuerzos de la Iglesia por imponer sus dogmas sexuales en países pobres han llevado a la propagación del sida, puesto que se opone a que se lleven a África las políticas anticonceptivas que funcionaron en Europa y Estados Unidos. El gran enemigo del futuro del hombre es la sobrepoblación del planeta, y la única alternativa es controlar la población, principalmente en los países en vías de desarrollo.
REFORMULACIÓN
Ningún organismo tiene tanta presencia entre los pobres como la Iglesia católica, que defiende sus intereses ante los intentos de los países ricos de persuadir a los pobres de tener menos hijos. Las propuestas de la Iglesia en la lucha contra el sida no solo promueven lo que es moralmente correcto, sino que sus programas son más eficaces que los de Naciones Unidas, y además son respetuosos con los valores y las culturas locales. Desde su opción por los pobres, la Iglesia acusa a la economía mundial de estar demasiado orientada a cumplir con los deseos materialistas de los ricos y no con las necesidades de los pobres. La Iglesia promueve una «ecología integral» capaz de responder a los aspectos interconectados de la «ecología humana», el desarrollo y el medio ambiente.
MENSAJESCLAVE
La Iglesia goza de una posición única para expresar las opiniones e intereses de los más pobres del mundo y habla en su nombre con autoridad. Las políticas de prevención del sida auspiciadas por la Iglesia –que promueven el comportamiento sexual responsable y, sobre todo, la reducción del número de parejas sexuales– nacen de planteamientos morales y del conocimiento pegado al terreno de la realidad del sida en África. Los mayores expertos en la materia lo han confirmado. El despliegue masivo de recursos de los países ricos para instar a los países pobres a tener menos hijos es una distracción de las verdaderas necesidades de esos países. Los esfuerzos bienintencionados de los países ricos por erradicar la pobreza y la enfermedad pueden causar graves daños cuando se basan en suposiciones estrechas de miras inspiradas en la ética de la autonomía. El mismo dogmatismo subyace en la idea fija de los organismos internacionales de que la causa de la pobreza es la superpoblación. La Iglesia cree que los países ricos deberían promover un comercio internacional justo, que no bloquee el crecimiento de las economías en desarrollo, en lugar de reducir el número de seres humanos. La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. No son las familias numerosas la causa de la pobreza, ni la pobreza puede «solucionarse» convenciendo al pobre de tener menos hijos. Lo que tiene que cambiar es la cultura económica en la que se antepone el dinero y el beneficio a las personas y las peticiones de los consumidores de los países ricos a las necesidades básicas de los países más pobres. El cambio climático es la consecuencia más evidente. Para abordar estos temas interconectados necesitamos una «ecología integral».
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