capitulo 04
CAPITULO IV
6.Pero es de temer que todos estos divinos testimonios a favor del libre albedrío y cualesquiera otros, que, por cierto, son muchísimos, se interpreten en forma de no dejar lugar ninguno al auxilio y gracia de Dios en orden a la vida piadosa y honesto peregrinar, recompensados con premio eterno, y que el hombre miserable se gloríe en sí y no en el Señor y en sí ponga la esperanza de bien vivir cuando bien vive y bien obra, o mejor así lo cree, incurriendo por ello en la maldición del profeta Jeremías, que dice: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Entended, hermanos, este profético testimonio. Pues porque no dijo el profeta: «Maldito sea el hombre que pone la esperanza en sí mismo», podría parecer a alguno que fue dicho: «Maldito sea el hombre que pone la esperanza en el hombre», para que nadie confíe en otro sino en sí. Para mostrar, pues, que ni en sí ni en otro debe poner el hombre su esperanza, tras haber dicho: Maldito el varón que confía en el, añade: y pone carne por su brazo. Brazo significa la facultad de obrar, y por carne, la humana fragilidad hemos de entender. Y así, hace apoyo de la carne de su brazo quien para bien obrar fía de su frágil y deleznable poder humano y no espera el auxilio de Dios. Y por eso añadió: y su corazón se aparta de Jehová. Tal es la moderna herejía pelagiana, que, después de haberla mucho combatido, por muy recientes exigencias ante concilios episcopales ha sido presentada. Fue ésta la razón de haberos enviado algo para que lo leyerais. Nosotros, pues, para bien obrar, no fiamos del hombre, ni hacemos apoyo de la carne de nuestro brazo, ni nuestro corazón de Dios se aparta, sino más bien al Señor decimos: Mi ayuda has sido, no me dejes, ni me desampares, Dios de mi salvación.
7. Por tanto, carísimos, como para bien vivir y obrar con rectitud probamos el libre albedrío en el hombre por los citados testimonios de las santas Escrituras, veamos ahora cuáles abonan la gracia de Dios, sin la que nada de bueno podemos hacer. Y en primer lugar, os diré algo de vuestra misma profesión, porque no estaríais reunidos en esta sociedad viviendo en pureza si no hubieseis despreciado el placer conyugal. De aquí que al decir los discípulos al Señor, que estaba enseñando: Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse, les respondió: No todos son capaces de recibir esto, sino a aquellos a quienes es dado. ¿No exhortaba el Apóstol a la libre voluntad de Timoteo cuando le decía: Consérvate puro ? Y en punto a esto, mostró el poder de la voluntad cuando dijo: Pero el que está firme en su corazón, sin tener necesidad, sino que es dueño de su propia voluntad, y ha resuelto en su corazón guardar a su hija virgen. Y, sin embargo, No todos son capaces de recibir esto, sino a aquellos a quienes es dado. Los demás, o no quieren o no llegan a realizar lo que quieren; mas aquellos a quienes es dado, quieren de tal manera, que cumplen su deseo. El que, por tanto, sea por algunos entendido esto, que no lo es por todos, gracia de Dios es y libre albedrío.
8. De la misma honestidad conyugal también dijo el Apóstol: Haga lo que quiera, no peca; que se case; y con todo, también esto es gracia de Dios, pues dice la Escritura: De Jehová viene la mujer prudente. Por eso, el Doctor de los Gentiles mostró ser gracia de Dios la honestidad conyugal, cuya virtud evita los adulterios, y la más perfecta continencia, que ninguna unión busca, recomendando ambas con sus palabras y aconsejando a los cónyuges que no se engañen; y cuando lo hubo hecho, añadió a los corintios: Quisiera más bien que todos los hombres fuesen como yo, quien por cierto se abstenía de toda unión; y a seguida escribe: pero cada uno tiene su propio don de Dios, uno a la verdad de un modo, y otro de otro. ¿Acaso tantos preceptos divinos, para evitar las fornicaciones y adulterios, prueban otra cosa sino la libertad de albedrío? No se mandaría todo eso si el hombre no tuviese propia voluntad con que obedecer a Dios Y sin embargo, don suyo es, sin el que observar los preceptos de pureza no se puede. Por eso, en el libro de la Sabiduría está escrito: Conociendo que nadie puede ser casto si Dios no se lo da y que era parte de la sabiduría conocer de quién es el don. Mas para que estos santos mandatos de pureza no se cumplan, cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Y si alguien dijera: Quiero guardar mi pureza, pero me vence mi pasión», la Escritura le respondería como antes con el libre albedrío: No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal. Y para lograr esto, la gracia de Dios ayuda, porque si falta, nada será la ley y todo el poder del pecado, porque la concupiscencia crece y se vigoriza con la ley prohibente si el espíritu de la gracia no nos ayuda. Esto es lo que dice el mismo Apóstol de los Gentiles: El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Diga, pues, el hombre: «Quiero cumplir la ley, pero la fuerza de mi concupiscencia no puede». Y cuando a su voluntad se apela y se le dice: «No te dejes vencer del mal, ¿qué te aprovechará esto, si falta la gracia auxiliadora? Es el pensamiento del Apóstol; porque habiendo escrito: el poder del pecado la ley, añadió en seguida: Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Luego la victoria sobre el pecado es don de Dios que ayuda al libre albedrío en este combate.
9.Por todo ello, dice el Maestro celestial: Velad y orad, para que no entréis en tentación. Por tanto, orar debe cada uno luchando contra su concupiscencia, para que no caiga en la tentación, es decir, para que ni le atraiga ni seduzca su pasión. No caerá en la tentación si con voluntad buena vence la concupiscencia mala. Mas, con todo, no basta la libre voluntad humana, a menos que la victoria sea por Dios concedida a quien ora para no caer en la tentación. ¿Qué se manifestará más patente que la gracia de Dios cuando se recibe lo que se ha suplicado? Porque si nuestro Salvador dijera: «Vigilad para no caer en la tentación», parecería sólo haber avisado a la voluntad humana; pero al añadir y orad, manifestó que Dios ayuda para no caer en la tentación. Dicho fue al libre albedrío: No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová; y el Señor dijo: Yo he rogado por ti, que tu fe no falte. Es, por consiguiente, el hombre por la gracia ayudado, para que no sin causa su voluntad sea dominada.
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