15 Conocimiento del Alma y confianza en Dios
CONOCIMIENTO DEL ALMA Y CONFIANZA EN DIOS
27. R.– Acabemos, si te place, este primer libro, para emprender en el segundo algún camino conducente a nuestro fin. Pues siendo tal tu estado de ánimo, no se ha de dejar el ejercicio moderado.
A.– No permitiré se acabe este libro si antes no me descubres algo de la proximidad de la luz a que aspiro.
R.– Tu Médico te complace, pues no sé qué vislumbre me invita y presiona para guiarte en tu deseo. Escucha, pues, atento.
A.– Llévame, te ruego; arrebátame adonde quieras.
R.– ¿Dices que quieres conocer a Dios y al alma?
A.– Tal es mi único anhelo.
R.– ¿Nada más deseas?
A.– Nada absolutamente.
R.– ¿Y no quieres comprender la verdad?
A.– ¡Como si pudiera conocer estas cosas sino por ella!
R.– Luego primero es conocer a la que nos guía al conocimiento de lo demás.
A.– No me opongo a ello.
R.– Veamos, pues, primeramente, si las dos palabras diferentes, lo «verdadero» y la «verdad», significan dos cosas o una sola.
A.– Parecen ser dos cosas. Porque una cosa es la castidad y otra el casto, y en este sentido se pueden multiplicar los ejemplos. También una cosa es la verdad y otra lo que se llama verdadero.
R.– ¿Y cuál de estas dos te parece más excelente?
A.– Sin duda, la verdad, porque no hace el casto a la castidad, sino la castidad al casto. Igualmente, todo lo verdadero lo es por la verdad.
28. R.– Y dime: cuando acaba su vida un hombre casto, ¿piensas que acaba la castidad?
A.– De ningún modo.
R.– Luego tampoco, cuando muere algo verdadero, fenece la verdad.
A.– Pero ¿cómo lo verdadero puede morir? No lo entiendo.
R.– Me maravillo de tu pregunta. ¿No vemos perecer miles de cosas ante nuestros ojos? O tal vez piensas que este árbol es árbol, pero no verdadero, o que no puede morir? Pues aun sin dar crédito a los sentidos y respondiéndome que no sabes si es árbol, no me negarás que, si es árbol, es un árbol verdadero, porque no se juzga eso con los sentidos, sino con la inteligencia. Si es un árbol falso, no es árbol; si es árbol, necesariamente es verdadero árbol.
A.– Estoy de acuerdo.
R.– ¿Y qué respondes a esto? Los árboles, ¿pertenecen al género de cosas que nacen y fenecen?
A.– Tampoco puedo negarlo.
R.– Luego se deduce que cosas verdaderas pueden morir.
A.– No digo lo contrario.
R.– ¿Y no crees que, aun feneciendo cosas verdaderas, no fenece la verdad, como con la muerte del casto no muere la castidad?
A.– Todo te lo concedo; pero me intriga saber adónde quieres llevarme por aquí.
R.– Sigue escuchando.
A.– Atento estoy.
29. R.– ¿Aceptas por verdadero aquel dicho: «Todo lo que existe, en alguna parte debe existir»?
A.– No hallo nada que oponer a él.
R.– ¿Confiesas, pues, que existe la verdad?
A.– Sí.
R.– Luego indaguemos dónde se halla; pero no está en ningún lugar, pues no ocupa espacio lo que no es cuerpo, a no ser que la verdad sea un cuerpo.
A.– Rechazo ambas hipótesis.
R.– ¿Dónde piensas, pues, que estará? En alguna parte se halla la que sabemos que existe.
A.– ¡Ah!, si supiera dónde se halla, no buscaría otra cosa.
R.– ¿Puedes saber, a lo menos, dónde no está?
A.– Si me ayudas con tus preguntas, tal vez daré con ello.
R.– No está, ciertamente, en las cosas mortales. Porque lo que está en un sujeto no puede subsistir si no subsiste el mismo sujeto. Mas hemos concluido que la verdad subsiste, aun pereciendo las cosas verdaderas. Luego no está en las cosas que fenecen. Existe la verdad, y no se halla en ningún lugar. Luego hay cosas inmortales. Pero nada hay verdadero si no es por la verdad. De donde se concluye que sólo son verdaderas las cosas inmortales. Y todo árbol falso no es árbol, y el leño falso no es leño, y la plata falsa no es plata, y todo lo que es falso no es. Pero todo lo no verdadero es falso. Luego ninguna cosa puede decirse en verdad que es, salvo las inmortales. Pondera bien este breve razonamiento, por si contiene tal vez algún paso insostenible. Pues si fuera concluyente habríamos logrado casi todo nuestro intento, según se verá mejor en el siguiente volumen.
30. A.– Te lo agradezco; y al amparo del silencio, discutiré con diligencia y cautela contigo, y, por tanto, conmigo, estos argumentos, aunque mucho temo se interpongan algunas tinieblas, que me halaguen con su deleite.
R.– Cree firmemente en Dios y arrójate en sus brazos cuanto puedas. No quieras depender de ti mismo, sal de tu propia potestad y confiesa que eres siervo de tu clementísimo y generosísimo Señor. El te atraerá a sí y no cesará de colmarte de sus favores, aun sin tú saberlo.
A.– Oigo, creo y obedezco como puedo, y le ruego con todo mi corazón aumente mi capacidad y fuerza, a no ser que tú exijas de mí algo más.
R.– Me contento con eso ahora; después harás lo que mandare Él mismo una vez que se te muestre.
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