13 Donde se colige la inmortalidad del alma
DONDE SE COLIGE LA INMORTALIDAD DEL ALMA
23. Sobre tu pregunta: «¿Cómo es posible que lo que va unido a un sujeto permanezca dejando de existir éste?», te diré que es absurdo y falsísimo sostener que puede subsistir una cosa faltándole el soporte, al que va ligada indefectiblemente su existencia.
R.– Luego hemos llegado adonde queríamos.
A.– ¿Qué me dices?
R.– Lo que oyes.
A.– ¿Luego se colige ya la inmortalidad del alma?
R.– Clarísimamente, si lo que me has concedido es verdad, a no ser que sostengas que el alma, aun después de muerta, sigue siendo alma.
A.– Lejos de mí asentar tal proposición, pues al perecer, deja de ser alma. Ni me aparta de esta sentencia lo que han dicho grandes filósofos, a saber: que todo principio vivificante, doquiera se halle, no puede ser sujeto de muerte. Pues aunque la luz, entrando donde quiera, ilumina un lugar, y por la maravillosa fuerza de los contrarios no admite en sí tinieblas, sin embargo puede apagarse, quedando a obscuras el lugar. Así, lo que resistía a la oscuridad, sin admitirla de algún modo en sí, extinguiéndose, da lugar a su contrario, como podía haberle dado retirándose. Por lo cual temo que la muerte sobrevenga al cuerpo, como la oscuridad a un lugar, sea retirándose de él el alma igual que una luz o extinguiéndose allí mismo. No hay, pues, seguridad alguna contra la muerte corporal, y ha de desearse cierto género de muerte con que se separe el alma viva del cuerpo para ir a un lugar donde no pueda morir, si es posible esto. Y si ni aun esto puede ocurrir, porque el alma se enciende en el mismo cuerpo, como una luz, sin poder subsistir sola en otra parte, y toda muerte consiste en la extinción del alma o de la vida en el cuerpo, entonces habrá de escogerse, según lo permite la humana condición, un género de vida tranquila y segura, lo cual no sé cómo puede lograrse, siendo el alma mortal. Dichosos mil veces los que lograron la certeza por convicción propia o autoridad ajena de que no se debe temer la muerte, aun cuando sea mortal el alma. Pero yo, desgraciado, no he podido conquistar esta certeza con ningún razonamiento ni autoridad.
24. R.– ¡Deja todo lamento! Inmortal es el alma humana.
A.– Pero ¿cómo lo demuestras?
R.– Con las premisas que tú me has concedido muy cautamente.
A.– No recuerdo haberte hecho ninguna afirmación imprudente; con todo, hazme un resumen, te ruego; veamos adónde hemos llegado con tantos rodeos, ni quiero ya que me interrogues más. Para sintetizar el resumen de mis concesiones ya no hacen falta preguntas. ¿O es que quieres retardar mi gozo por el éxito de nuestro discurso?
R.– Te daré gusto, pero atiéndeme con mucha vigilancia.
A.– Habla ya, atento estoy, ¿a qué me atormentas?
R.– Si lo que pertenece a un sujeto permanece siempre, necesariamente ha de permanecer el sujeto donde se halla. Es así que toda disciplina está en el alma como en un sujeto. Luego es necesario que subsista siempre el alma, si debe subsistir la disciplina. Mas la disciplina es la verdad, y la verdad, según se demostró al principio de este libro, es inmortal. Luego siempre ha de permanecer el alma, y no puede llamarse mortal. Luego sólo podrá con fundamento rechazar la inmortalidad del alma quien no admita la verdad de las proposiciones arriba sentadas.
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