06 ¿De Dónde viene y donde se halla la falsedad?
DE DÓNDE VIENE Y DONDE SE HALLA LA FALSEDAD
9. R.– Dios, en cuyas manos nos hemos puesto, sin duda nos asistirá y librará de estos cepos, con tal que creamos y le invoquemos con devoción.
A.– Nada más grato que hacer esto en tales aprietos, pues nunca me he encontrado con tanta niebla. Dios, Padre nuestro, que nos exhortas a la oración y concedes lo que se te pide, de modo que cuando te rogamos vivimos mejor y somos mejores: escúchame, porque voy tanteando en estas tinieblas; dame tu diestra, socórreme con tu luz y líbrame de los errores; que con tu dirección llegue a mí mismo y a Ti. Así sea.
R.– Concéntrate, pues, y presta mucha atención.
A.– Dime, te ruego, si se te ocurre algo, para que no nos perdamos.
R.– Estate atento.
A.– Otra cosa no hago.
10. R.– Discutamos primero con seriedad qué es lo falso.
A.– Me maravillo si no puede definirse así: lo que no es tal como parece.
R.– Atiende antes y preguntemos a los sentidos. Pues lo que los ojos ven no se llama falso, si no tiene alguna apariencia de verdad. Por ejemplo: el hombre a quien vemos en sueños no es verdadero hombre, sino falso, porque tiene semejanza de verdadero. Pues ¿quién viendo en sueños un perro dice que ha visto un hombre? Luego aquél también es perro falso, por tener parecido con el verdadero.
A.– Así es como dices.
R.– ¿Y si a uno que está despierto, un caballo le parece un hombre? ¿No se engaña al percibir alguna apariencia de hombre? Pues si sólo percibe la forma de caballo, no puede parecerle hombre.
A.– De nuevo concedo.
R.– Llamamos también falso árbol al pintado, y falsa la cara reflejada en el espejo, y falso el movimiento de las torres vistas cuando se navega, y falsa la rotura de un remo en el agua; todas esas cosas se llaman falsas por ser semejantes a las verdaderas.
A.– Lo admito.
R.– Así también nos engañamos con los gemelos, con los huevos, y los sellos impresos con un mismo anillo y otras cosas semejantes.
A.– Completamente de acuerdo, lo concedo.
R.– La semejanza, pues, de las cosas en lo que toca a los ojos, es origen de la falsedad.
A.– No puedo negarlo.
11. R.– Toda esa multitud de objetos, si no me engaño, puede dividirse en dos géneros: uno lo forman las cosas iguales y otro las desiguales. Iguales llamo a dos cosas cuando se parecen entre sí, como los gemelos o las impresiones de un anillo. Mas en cosas desiguales, el objeto menos bueno se dice semejante a lo mejor. ¿Quién, mirándose en el espejo, dirá con razón que se parece a la imagen, y no al contrario, que la imagen se parece a él? Y este género consta en parte de las impresiones que recibe el alma, y en parte de las semejanzas que se ven en la naturaleza. Y lo que el alma experimenta o recibe en los sentidos, como el movimiento ilusorio de las torres que están quietas, o dentro de sí misma por medio de imágenes sensoriales, como ocurre en los que sueñan y tal vez en los alienados. Y respecto a las semejanzas que se ven en la misma realidad, unas son de la naturaleza, otras son expresión y hechura de seres animales. La naturaleza produce semejanzas inferiores por generación o por reflexión. El primer caso tiene lugar en los padres, que engendran hijos semejantes; el segundo, en toda clase de espejos. Pues aunque los hombres fabrican espejos, no son ellos los que producen las imágenes que resultan. Las obras de los seres animados están en las pinturas y otras ficciones del mismo género; y allí también puede incluirse lo que hacen los demonios, si realmente lo hacen. Mas en cuanto a las sombras de los cuerpos, no está fuera de la verdad decir que son semejantes a los cuerpos y como cuerpos falsos, y toca a los ojos el juzgar de ellas, y deben colocarse en el género de semejanza por resultado que tiene lugar en la naturaleza, porque resulta de oponer a la luz un cuerpo que proyecta una sombra en la parte opuesta. ¿Tienes algo que oponer a esto?
A.– Nada, pero espero ansiosamente ver adónde me llevas por estos caminos.
12. R.– Ten paciencia hasta que los demás sentidos nos informen y digan que la falsedad está en la verosimilitud. En lo tocante al oído, casi las mismas semejanzas valen, como cuando oímos a alguien que nos habla, pero sin verlo, y atribuimos la voz a otro por parecérsele. Y en las cosas inferiores, tenemos el ejemplo del eco, o el del zumbido de los mismos oídos, o en la imitación del grito del mirlo o del cuervo, que dan algunos relojes, o en los sonidos que creen percibir los que sueñan y deliran. Y las que llaman los músicos falsas vocecillas confirman nuestras aserciones, como veremos después, y basta observar que aun aquellas inflexiones imitan las voces verdaderas. ¿Sigues el hilo de mi discurso?
A.– Con mucho gusto, porque no me cuesta trabajo entenderte.
R.– Para no detenernos, pues, aquí, ¿te parece que se puede distinguir un lirio de otro por el olor, o por el sabor la miel de tomillo de un enjambre de la miel de tomillo de otro, o con el tacto la suavidad de las plumas de cisne de las de ganso?
A.– No me parece.
R.– Y cuando soñamos que estamos oliendo, gustando o tocando tal o cual objeto, ¿no nos engaña la semejanza de una imagen, que cuanto más imperfecta es más irreal?
A.– Verdad dices.
R.– Luego se ve claro que en todas las cosas, sean iguales o desiguales, se engañan los sentidos por el atractivo de las semejanzas; y si no nos engañamos por suspender el juicio o por reconocer las diferencias, aun con todo, se llaman falsas las cosas por cierta semejanza que tienen con las verdaderas.
A.– No hay lugar a duda.
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