03 Si habrásiempre falsedad y percepción sensible
SI HABRÁ SIEMPRE FALSEDAD Y PERCEPCIÓN SENSIBLE, SÍGUESE QUE NUNCA DEJARÁ DE EXISTIR ALGÚN ALMA
3. R.– Ahora te propongo esta cuestión: según tu parecer, ¿siente el cuerpo o el alma?
A.– Creo que el alma.
R.– Y el entendimiento, ¿crees que pertenece al alma?
A.– Sin duda alguna.
R.– ¿Sólo al alma, o tal vez también a alguna otra cosa?
A.– Fuera del alma no veo ningún sujeto inteligente, exceptuando a Dios.
R.– Examinemos ahora esta cuestión: si alguien te dijese que esta pared no es pared, sino un árbol, ¿qué pensarías?
A.– Pues que le engañaban los sentidos, o a mí los míos, o que él llamaba «árbol» a lo que se llama «pared».
R.– Y si a él se le muestra la pared con apariencias de árbol y a ti con figura de pared, ¿no podrán ser verdaderas ambas cosas?
A.– De ningún modo, porque una misma cosa no puede ser árbol y pared a la vez. Y aunque a cada uno de nosotros se presente en esa forma singular, uno de los dos padecemos error de imaginación.
R.– ¿Y si no es árbol ni pared y os engañáis los dos?
A.– También pudiera suceder eso.
R.– No se te había ocurrido esa suposición.
A.– Es verdad.
R.– Y si reconocéis que es cosa diversa de lo que parece, ¿seréis víctima de error?
A.– No.
R.– Luego puede haber una apariencia engañosa, sin que origine un error.
A.– Admito esa posibilidad.
R.– En resumen, pues, yerra no el que ve apariencias engañosas, sino el que asiente a ellas.
A.– Conforme con lo que dices.
R.– Pero lo falso, ¿por qué es falso?
A.– Porque es diferente de lo que parece.
R.– No habiendo, pues, alguien a quien parezca, no hay falsedad.
A.– Concluyes bien.
R.– Luego la falsedad no está en las cosas, sino en el sentido, y no se engaña quien no asiente a cosas aparentes. Una cosa, pues, somos nosotros y otra los sentidos, porque, engañándose ellos, podemos evitar el error nosotros.
A.– Nada tengo que objetarte.
R.– ¿Y acaso cuando se engaña el alma te atreverás a decir que no hay falsedad en ti?
A.– ¿Cómo voy a decir yo tal cosa?
R.– Ahora bien: no hay sentidos sin alma ni falsedad sin sentidos. El alma, pues, es causa o cooperadora de la falsedad.
A.– Las premisas anteriores me obligan a aceptar la consecuencia.
4. R.– Ahora respóndeme: ¿Te parece posible que alguna vez no haya falsedad o error?
A.– ¿Cómo me lo va a parecer, siendo tan difícil el hallazgo de la verdad, que sería más absurdo decir que es imposible lo falso que lo verdadero?
R.– ¿Crees que quien no vive puede sentir?
A.– De ningún modo.
R.– Por consiguiente, el alma es inmortal.
A.– Muy pronto me introduces en este gozo: vamos despacio, te ruego.
R.– Si están bien concatenadas tus concesiones, no hay lugar a duda, según veo.
A.– Muy pronto me parece, te repito. Por lo cual me inclino más a creer que he sido imprudente en algunas afirmaciones que profesar con certeza la inmortalidad del alma. Con todo, desarrolla esta conclusión y muéstrame el enlace de todas las proposiciones.
R.– Has reconocido que no puede haber falsedad sin los sentidos y que siempre habrá falsedad; luego siempre habrá sentidos. Es así que no puede haber sentidos sin un alma; luego el alma es inmortal, pues no puede sentir sin vivir. Vive, pues, siempre el alma.
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