30 ¿Por qué condenaron a muerte a Jesús?
La figura Jesús de Nazaret se fue haciendo muy controvertida conforme avanzaba su predicación.
Las autoridades religiosas de Jerusalén se mostraban inquietas con el revuelo que el maestro llegado de Galilea para la Pascua había suscitado entre el pueblo. Las autoridades romanas también, ya que, en unos tiempos en los que periódicamente había rebrotes de alzamientos contra la ocupación romana encabezados por líderes locales que apelaban al carácter propio de los judíos, las noticias acerca de este maestro que hablaba de prepararse para la llegada de un «reino de Dios» no resultaban nada tranquilizadoras.
Unos y otros estaban, pues, prevenidos contra él, aunque por diversos motivos.
Jesús fue detenido y su caso fue examinado ante el Sanedrín. No se trató de un proceso formal, con los requerimientos que más tarde se recogerían en la Misná ( Sanhedrin, 4:1) —y que exigen entre otras cosas que se tramite de día—, sino de un interrogatorio en domicilios particulares para contrastar las acusaciones recibidas o las sospechas que se tenían acerca de su enseñanza. En concreto, fue una instrucción previa sobre su afirmación de que destruiría el templo para luego reedificarlo en tres días (cf. Mar 14:58), sobre el halo mesiánico en torno a su persona que provocaba con sus palabras y actitudes y, especialmente, sobre la pretensión que se le atribuía de poseer una dignidad divina.
Más que las cuestiones doctrinales en sí mismas, tal vez lo que realmente preocupaba a las autoridades religiosas era el revuelo que temían provocase contra los patrones establecidos. Podría dar lugar a una agitación popular que los romanos no tolerarían, y de la que se podría derivar una crispación de la situación política, en esos momentos serena gracias a las buenas relaciones de colaboración que había entre el sumo sacerdote Caifás y las autoridades romanas.
Estando así las cosas trasladaron la causa a Pilato, y el contencioso legal contra Jesús se llevó ante la autoridad romana. Ante Pilato se expusieron los temores de que aquel que hablaba de un «reino» podría ser un peligro para Roma.
El prefecto tenía ante él varias fórmulas posibles para afrontar la situación. Una de ellas era la coercitio («castigo, medida forzosa»), que le otorgaba la capacidad de aplicar las medidas oportunas para mantener el orden público. Amparándose en ella podría haberle infligido un castigo ejemplar o incluso condenarlo a muerte para que sirviera como escarmiento.
También podía establecer una cognitio («conocimiento»), un proceso formal en que se formulaba una acusación, había un interrogatorio y se dictaba una sentencia de acuerdo con la ley.
Sin embargo, optó por una cognitio extra ordinem, es decir un proceso en el que el propio prefecto determinaba el procedimiento y él mismo dictaba sentencia. Así se desprende de algunos detalles aparentemente accidentales que han quedado reflejados en los relatos: Pilato recibe las acusaciones, interroga, se sienta en el tribunal para dictar sentencia (Jua 19:13; Mat 27:19), y lo condena a muerte en la cruz por ser «rey de los judíos» según se hizo constar en el titulus crucis, es decir, en el cartel que se fijaba a la cruz indicando el motivo de la condena.
FRANCISCO VARO
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