226º El aprecio puede cambiar a un gerente difícil a soportar.
En una de sus reuniones de reflexión bíblica, los miembros del grupo se quejaban de que el gerente de la empresa, donde trabajaban, era un tipo imposible a aguantar. Decían que era el hombre más argel que se podía imaginar. Yo, que orientaba el grupo en su oración y actividad apostólica, le sugerí que intentaran demostrarle su aprecio y vieran qué ocurría. Lo hicieron y... nada ocurrió. Les dije que insistieran en tratarlo amigablemente, que le sonrieran, le saludaran y fueran siempre gentiles con él.
Después de cuatro meses, nada había cambiado y los del grupo comenzaron en desanimarse. Pero le insistí a que no dejaran de seguir con el método que les había indicado. Al años siguiente algo se notó: el gerente empezó a reaccionar positivamente. Primero les devolvió el saludo; después de un tiempo empezó a sonreírles y a los dieciocho meses era un hombre diferente.
El persistente amor de ellos disolvió la armadura de egoísmo de aquel gerente y lo convirtió en un nuevo ser. Fue hermoso. Tomó tiempo y dedicación, pero los protagonistas se dieron cuenta que no sólo ellos sino también el gerente tuvo que hacer un esfuerzo notable para superar su forma de ser y cambiar...
La venida de Jesús a la tierra fue un gesto de apreciación. No merecíamos nada: "Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. ¡Qué prueba más grande del amor de Dios por nosotros!" ( Rom 5:8) No esperó que nosotros mereciéramos ser amado, sino que nos amó y su amor nos hizo amables. Podemos decir con toda verdad que Dios no nos ama porque somos amables sino que somos amables porque Dios nos ama. Es el amor de Dios que nos hace preciosos a sus ojos.
Así, aquel grupo, se realizó lo que Dios hizo con nosotros, fueron la amabilidad de los dependientes, su constancia a apreciar aquel gerente, que lo cambió totalmente.
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