196º El hombre a quien nadie dio amor
Había una vez un viejo que nunca recibió un poco de amor. En toda su vida nunca había aprendido a amar, a vivir con alegría y ni siquiera se decidía a morir. No sabía ni llorar ni sonreír. Todo lo que sucedía en el mundo no le interesaba; ni le hacía triste ni alegre. Nada le asombraba.
Todas sus horas y jornadas las pasaba delante de su choza sin dignarse a mirar el cielo, ni hablar con nadie. A veces algún pasajero le hacía preguntas; era tan viejo que la gente lo creía sabio y quería aprender algo de él. Por ejemplo le preguntaban:
¿Qué tenemos que hacer para alcanzar la felicidad? “¿La felicidad? -respondía- Es un invento de hombres necios”
“¿De qué manera podemos trabajar por los demás y ser útiles a nuestros hermanos?” -le preguntaban algunos jóvenes deseosos de hacer algo bueno. “Quién se sacrifica por la humanidad es un loco”, continuaba a contestar el viejo con una mueca siniestra.
“¿Cómo podemos orientar a nuestros hijos hacia el camino del bien”? le preguntaban ciertos padres. “Los hijos son unos serpientes” los calientas en tu regazo y ellos te van a matar con sus mordeduras venenosas".
Hasta los artistas y los poetas se iban a consultar al viejo a quien todos creían lleno de sabiduría y experiencia. “Enséñanos a expresar las fantasías y sentimientos que tenemos en el alma” le preguntaban.
“Mejor sería que se callaran” les contestaba el viejo.
De a poco, estas respuestas malas y tristes influenciaron al barrio entero. Su pesimismo envenenaba a todos.
Y esto no le gustó a Dios que decidió remediar a esta situación.
Llamó a un niño y le dijo: “Vete junto a aquel pobre viejo y dale un beso“
El niño obedeció, rodeó con sus brazos el cuello del viejo y le estampó un beso húmedo y fuerte en su la mejilla arrugada. Por primera vez el viejo se conmovió. Sus ojos turbios se iluminaron y se humedecieron de lágrimas sus mejillas. Nadie nunca le había dado un beso así.
Y sucedió que abrió sus ojos a la vida y luego murió sonriendo.
Afirman los psicólogos que si un niño no recibe amor desde sus primeros años de vida, difícilmente llegará a dar amor. Le quedará en el alma el deseo irresistible de ser amado y a la vez un rencor por no haber recibido amor. La única manera para que florezca el amor en una persona es amarla de veras superando todas las ingratitudes y obstáculos. Si no se siembre amor, no se cosecha amor.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.