174º El partido de tenis mejor jugado.
Cierto día tuve que jugar un partido de tenis con un contrincante difícil. Ya había perdido el primer set, y estaba perdiendo el segundo. Hasta entonces había hecho un esfuerzo desmesurado para que no me eliminaran y el sudor corría a chorros por la frente. De pronto se me ocurrió pensar en mi apurada situación y en la poca importancia que tenía mi partido de tenis para el bien de la humanidad. Vi claramente que no tenía por qué preocuparme tanto para ganar.
Súbitamente mi atención pasó del futuro al presente. Sin pensarlo comencé a jugar de una forma relajada, sin preocupación. Gané el segundo set y el tercero quedó en empate. Lo que me obligó a seguí jugando. Recuerdo con toda claridad mi sensación de desapego en aquellos instantes a pesar de que el entrenador y el público se habían congregado junto a la pista. Durante la prorroga jugué el mejor tenis de mi vida, ganando todos los puntos sin esfuerzo. Pude concentrarme mejor que nunca porque pensé que no había motivo por angustiarse tanto.
Lo mismo pasa con el cristiano que cree en Dios y sabe que Dios mismo se preocupa de él y por lo tanto le queda toda la fuerza la lucidez y la serenidad para OCUPARSE de sí mismo y de los demás. Si Dios, que es mi papá y se preocupa de mí, ¿por qué tengo que angustiarme? Yo confío totalmente en Dios y nada me va a suceder que sea un verdadero mal para mí.
Si el chofer del colectivo en que estoy viajando, es hábil y experto, ¿por qué tendré que sentarme a su lado para que conduzca bien? Yo me quedaré en mi asiento leyendo, mirando el panorama o también durmiendo. ¿Puede un niño sentirse perdido y angustiado cruzando el tráfico de una ciudad, si su padre lo tiene de la mano? Yo soy como un niño, a quien el papá Dios toma de la mano y lo sostiene cuando amenaza de caer.
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