169º Aquel hombre sirvió a Leonardo para retratar a Jesús y a Judas.
El gran Leonardo da Vinci había aceptado pintar el comedor del convento de Santa María de las Gracias en Milán con un gran fresco que representara la última cena de Jesús con sus apóstoles. Quería que esta pintura fuera su obra mayor y por eso trabajaba con calma y atención excepcionales. Por eso, no obstante la impaciencia de los frailes del convento, el trabajo progresaba con mucha lentitud.
Para representar el rostro de Jesús Leonardo había buscado, por meses, el modelo que tuviera todas las condiciones necesarias, un rostro que expresara fuerza y dulzura a la vez, espiritualidad y bondad intensa.
Finalmente lo encontró y dio a Jesús el rostro de un joven abierto y bueno que había encontrado en la ciudad.
Años después, Leonardo volvió a dar vueltas y vueltas por la ciudad, pero ahora visitaba los barrios bajos de Milán, por las tabernas más sospechosas y ambiguas. Necesitaba encontrar un rostro para pintar al apóstol traidor, Judas. Después de noches y noches transcurridas en medio de borrachos y malhechores de toda laña, Leonardo encontró al hombre que necesitaba para su Judas. Lo llevó al convento y se puse a retratarlo. Estaba por comenzar cuando vio en los ojos de aquel hombre brillar una lágrima. "¿Por qué lloras?" - le preguntó - Leonardo mirando atentamente aquel hombre. "Yo soy aquel joven que le sirvió para pintar el rostro de Jesús", le respondió.
Los rasgos del rostro son un reflejo del alma. Decía Abraham Lincoln, que a los cuarenta años un hombre es responsable de la cara que tiene.
Cuando nos presentaremos delante de Jesús al final de nuestra vida, no será necesario sumar y restar todas las acciones buenas o malas que hayamos cometido; bastará al juez divino mirarnos en la cara para ver si en algo nuestro rostro tiene alguna semejanza con él. En base a esto seremos juzgados.
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