128º Si este ladrillo es tuyo... quédate con él.
En un viejo libro del siglo IV, en el que se cuentan las vidas de los santos Padres del desierto, leo la historia de aquellos dos anacoretas que vivían juntos y jamás habían tenido una discusión. Un día uno de los dos dijo a su compañero: "Yo creo que, al menos una vez en la vida, tú y yo deberíamos tener una discusión como las tiene todo el mundo. Así sabríamos qué es eso de pelear.
A lo que su compañero respondió: "Si tu quieres, tengámosla, Pero lo malo es que yo no sé cómo empezar". "Muy sencillo - dijo el primero - Voy a poner un ladrillo entre nosotros y después diré: "Este ladrillo es mío" Y tú me contestarás: "No, me pertenece a mí" Esto llevará a polemizar y a disputar".
Colocaron, pues, el ladrillo entre ambos. Y el primero dijo: "Esto es mío". El segundo respondió: "No, estoy seguro de que es mío". Pero el primero insistió: "No es tuyo, es mío, siempre ha sido mío". A lo que, esta vez, respondió el segundo: "Está bien, si te pertenece, tómalo". Y así fue como los dos monjes no lograron pelearse.
Esta ingenua narración deja en ridículo todas nuestras disputas porque demuestra que al menos el 99% nuestras riñas surgen por tonterías que carecen de toda importancia.
Nos dice también que mayor parte de nuestras discusiones surgen de afanes de posesión. Si se borraran del diccionario las palabras 'mío' y 'tuyo' se acabaría la mayor parte de las polémicas entre los hombres.
La tercera conclusión es la de aquel viejísimo refrán que cuenta que 'dos no riñen si uno no quiere'. El segundo de nuestros monjes lo entendía muy bien. Comenzó a discutir, pero se cansó en seguida. Se dio cuenta de que la paz con su compañero valía mucho más que el aclarar quién de los dos tenía razón sobre la propiedad del ladrillo. Y así, cediendo, pareciendo ser derrotado, ganó. Ganó la amistad, que valía mas que un millón de ladrillos.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.