114º Una sonrisa por encima del muro le bastaba para ser feliz todo el día.
Raul Follerau solía contar una historia emocionante. Visitando una leprosería en una isla del Pacífico, le sorprendió que, entre tantos rostros apagados, hubiera un leproso que había conservado unos ojos claros y luminosos que aún sabían sonreír.
Cuando preguntó qué era lo que mantenía a este pobre leproso tan unido a la vida, alguien le dijo que observara su conducta al comenzar el día. Y vio que, apenas amanecía, aquel hombre acudía al patio que rodeaba el campo de los leprosos y se sentaba enfrente del alto muro de cemento que lo rodeaba. Y allí esperaba. Esperaba hasta que, a media mañana, tras el muro, aparecía durante unos minutos una cara de mujer que le sonreía. Entonces el hombre comulgaba con esa sonrisa y sonreía él también. El rostro de mujer desaparecía pronto pero el hombre, iluminado, tenía ya alimento para seguir soportando una nueva jornada y para esperar a que la mañana siguiente regresaría el rostro sonriente. El rostro de su mujer, que venía a verlos todos los días daba sentido a su vida.
Cuando le arrancaron de su pueblo y le trasladaron a la leprosería, la mujer le siguió hasta el poblado más cercano. Y acudía cada mañana para continuar expresándole su amor. "Al verla cada día - comentaba el leproso - yo sé que todavía vivo"
La sonrisa es la más barata de las ayudas que podemos dar y es la que tacañamente tenemos dificultad a dar. Lo que más necesita el niño es leche y amor. ¿Y los adultos? de tantas cosas necesitan, pero sobre todo de amor. Cuando alguien se siente rechazado, y cae en la cuenta de que nadie lo necesita ni le manifiesta su amor, entonces se hunde en la peor de las depresiones, capaz a veces de llevarlo al suicidio.
¿Cuesta tanto una sonrisa? Sí, cuesta nada más y nada menos que saber desprenderse de sí mismo, olvidar todos los sinsabores de la vida e interesarse del otro que quizás esté esperando un signo de amistad.
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