Valores culturales
Celina Lértora (Argentina), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet)
América Latina › Diversidad cultural y lingüística
Los valores y su clasificación. El concepto filosófico de valor tiene numerosas connotaciones y sobre él se han gestado muchas teorías y matices. Más allá de estas disputas generales –como objetivismo vs. subjetivismo, universalismo vs. relativismo, axiología formal vs. axiología material, origen inconsciente vs. origen consciente, etc.– la noción se asume en forma intuitiva para designar preferencias asumidas –a veces con fundamentos teóricos, otras por creencias, cosmovisiones, tradiciones– por un individuo o por un grupo. En general todas las teorías coinciden en la pluralidad de valores, su polaridad (positivo o valor y negativo o contravalor) en
su interdependencia y jerarquía, aunque disientan en la estructuración de la pirámide axiológica. Münsterberg adoptó una clasificación simplificada en tres grupos: lógicos, éticos y estéticos; Rickert le añadió tres más: eróticos, religiosos y místicos. Una clasificación más sistemática y compleja es la de Scheler, para quien los valores básicos son los que sirven de fundamento y posibilitan a los superiores. En la base de esta pirámide están los valores de lo agradable y lo desagradable, luego los valores vitales, los espirituales (la belleza, la justicia, el conocimiento), los religiosos (lo sagrado). Para Scheler, los valores morales no constituyen un grado propio, sino que el valor moral consiste en la realización de un valor cualquiera en sacrificio de un valor inferior, de tal modo que la preferencia por los valores determina el valor moral de los actos (mayor cuanto más alto es el valor objetivo preferido). Nicolai Hartmann propuso una tabla que consta de las siguientes categorías: valores instrumentales, valores propios que a su vez son: vitales y espirituales (estos por su parte incluyen lo bueno, lo bello y lo verdadero).
Los valores culturales. A estas elaboraciones filosóficas, la tópica y la praxis de las distintas disciplinas y campos de acción humana se han agregado otros valores cuya ubicación en las categorías anteriores puede parecer difusa. Tal es el caso de los valores culturales, cuya caracterización depende, obviamente, de qué se entienda por cultura. Sin entrar en esta cuestión, podemos aceptar que la esfera de la cultura, como ámbito de la acción específicamente humana, se acopla (no necesariamente se opone) a la naturaleza dada, generando un objeto cuyo valor agregado –por así decirlo– es precisamente ser producto de la acción humana consciente y libre. Los objetos culturales pueden ser objetos naturales transformados o bien objetos no naturales como el lenguaje, los mitos, las creencias religiosas, etc. En todos los casos, lo propio del objeto cultural es que encarna un valor (o eventualmente un disvalor) y cada grupo humano, en la medida en que, diferenciándose de otros, elabora una propia cultura, produce objetos culturales diferentes, susceptibles también de diferentes apreciaciones axiológicas. Surge así el problema de los valores culturales dentro de una cultura y el de la valoración de las distintas culturas. La percepción de una escala de valores compartida es un elemento identitario en una comunidad determinada. Esta comunidad tiende a rechazar –y por tanto a minusvalorar– expresiones culturales distintas a la propia. Una comunidad cultural, puesta en relación con otra, enfrenta un proceso de acercamiento y eventual simbiosis de valores que en cierto modo puede verse como un peligro para su identidad, produciéndose una especie de “tensión superficial” que
impide o dificulta la introducción de elementos exógenos eventualmente disolventes. Por eso en cierto sentido una diferencia axiológica es normal en sociedades pluriculturales. Sin embargo, el pluralismo cultural, o sea, la existencia (y la defensa) de la diversidad cultural, puede ser a su vez un valor dentro de la esfera de los valores espirituales, así como la biodiversidad se considera un valor dentro de la esfera de los valores vitales. Así lo ha reconocido recientemente la Unesco, en la Convención sobre Diversidad Cultural.
Valores culturales e identidad comunitaria. La gran diversidad de los aspectos que configuran la cultura en todas sus manifestaciones hacen difícil trazar un mapa de los valores culturales, sobre todo porque algunos sectores que pueden incluirse en la cultura en sentido amplio, tienen autonomía axiológica, como la belleza, el conocimiento, lo religioso. Tal vez una línea posible sea considerar los valores culturales más en relación con la comunidad en cuyo seno se produce que con los individuos productores o consumidores de objetos culturales. En este sentido, los valores culturales serían ante todo un patrimonio comunitario vinculado a la identidad, histórica y actual, de determinada sociedad. Por tanto, la salvaguarda de esos valores es derecho y deber de los representantes de dicha comunidad, quienes deben operar ad intra y ad extra de la misma, en procura de su conservación. En el seno de la sociedad, los valores fundamentales son aquellos que la mayoría considera como condición necesaria de la existencia plena de ella misma, por ejemplo su estructura societaria (familia, parentesco, comunidades intermedias, lengua, cosmovisión, etc.). La conservación de estos valores fortalece la comunidad, la pérdida axiológica la hace vulnerable y eventualmente deletérea. Otros valores son importantes como complemento de los anteriores, pero no necesariamente son condición de existencia o de conservación comunitaria, por ejemplo la libertad, la autodeterminación, la independencia. Es claro que también en este aspecto debe tenderse a la cuestión de grado. Una pérdida absoluta de libertad y autonomía de hecho acaba con la sociedad como unidad diferenciada de otras con las cuales eventualmente se mixtura, mientras que una modificación leve en los regímenes tradicionales de estructuración social, aunque no consentido sino impuesto, puede no tener tales consecuencias. Además, hay valores culturales que tienen anclaje en la esfera de los valores vitales, y pueden ser considerados en cierto modo como mixtos. Así, por ejemplo, la calidad de vida o la vida digna están suponiendo la vida biológica, y quien atente contra valores vitales directamente (como en una guerra con pretensión de cierto grado de exterminio)
impedirá consecuentemente los valores culturales fundados en la vida.
Los valores en conflicto. Uno de los problemas más graves que afronta la conservación y salvaguarda de los valores culturales en las sociedades plurales y/o globalizadas es, por una parte, la coexistencia de valoraciones opuestas y, por otra, la dificultad de decidir, en caso de necesidad, qué valor será preterido en función de mantener otro. Por lo que hace al primer punto, asistimos al problema de valoraciones enfrentadas en el seno de una misma sociedad sobre cuestiones que atañen a aspectos esenciales de la consideración de la personalidad humana. Por ejemplo, puede haber confrontación entre el valor libertad y el valor seguridad, ya que para conseguir mayores índices de seguridad social son necesarios controles que de algún modo limitan u obstaculizan la libertad; entonces se enfrentan quienes prefieren la libertad y quienes prefieren la seguridad. Del mismo modo, en situaciones en que no es posible asegurar dos valores, puede haber dificultades para consensuar una acción determinada. La perplejidad teórica ante esta realidad puede expresarse en dos conocidos adagios latinos: “primum vivere, deinde filosofare” y “non propter vitam vivere perdere causas”. El primero es expresión de las preferencias de acuerdo con la pirámide de valores fundantes y fundados; los valores que son fundamento y condición de los otros deben ser preferidos: entonces los valores vitales básicos deben ser antepuestos –en una situación de elección sin tercera alternativa– a los valores derivados o fundados, como serían los culturales. El segundo adagio afirma la tesis contraria: hay valores cuya salvaguarda es tan esencial a la identidad que sin ellos la existencia pierde sentido: no tiene sentido vivir sin un objetivo vital. Los mártires serían el ejemplo de este tipo de opinión, desde los cristianos que se arrojaban a los leones hasta los bonzos que se autoinmolan o los pacifistas que se dejan matar por ejércitos de ocupación. En todo caso, desde el punto de vista sociológico, es claro que este tipo de opciones heroicas, por así decirlo, no son moralmente exigibles a la mayoría de los miembros de una sociedad, sino que se constituyen como acciones supererogatorias y modélicas, más por la afirmación axiológica que exhiben que como modelo real a ser imitado multitudinariamente.
Valores culturales y universalismo. El conflicto latente entre diversos valores culturales es un aspecto de la tensión vital de las sociedades y en una visión realista no puede pretenderse su total eliminación. Pero sí es posible y deseable buscar mecanismos para atenuar los choques axiológicos y evitar las disputas desgastadoras y disolventes. Las acciones ad extra incluyen todos los recursos
de que dispone una sociedad para defender sus valores así como defiende su existencia. Por eso, en cierto sentido, las declaraciones de derechos, ahora de índole universal, pueden ser consideradas, en su conjunto, como mecanismos de reconocimiento de estos valores y como legitimación de las medidas tomadas en su defensa. El hecho de que estas declaraciones no sean directamente operativas es sin duda una limitación considerable, pero no puede negarse que es un gran paso adelante en el reconocimiento de que el pluralismo cultural es él también un valor en sí mismo y que como tal debe ser salvaguardado.
Referencias Luis Villoro, Estado plural, pluralidad de culturas, México, Paidós, 1998.
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